Cohetes rocieros

Han llegado los días de terror para los niños y niñas TEA. También para nuestras aterradas mascotas

Con lo que tiene de urdimbre, mitad destino y mitad austeriano azar (de Paul Auster, recién fallecido), la vida nunca me llevó por los caminos del Rocío. Jamás me atrajeron las diligencias que emprenden su ruta pentecostal con destino al herido edén de Doñana. Debe ser que mi contribución al volkgeist andaluz es simplemente nula. Eso sí, incluso para el no creyente la misteriosa lengua de fuego de pentecostés resulta atractiva. El Espíritu Santo puede invocarlo uno como la energía celeste que cruza el oscuro cielo de la noche que somos. Dice en un salmo el poeta Luis Rosales aquello de “De noche, iremos de noche, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra”. El sacerdote y escritor Pablo d’Ors compara la busca de Dios con la fuente, a Jesús con el camino y al espíritu divino con la energía que nos ayuda a abrevar en el insondable gozo.

El fuego de pentecostés me atrae por lo que el cristianismo tiene de mística lumbre bajo la gracia. Pero, sin ánimo de ofender, no la concibo a través del Rocío y, ni mucho menos, observando la andaluzada que conlleva entre disfraces rocieros, jacas y bueyes, carriolas, cante, baile y salves aflamencadas. Uno, en fin, quisiera apreciar la estética devocional y etnográfica por la Blanca Paloma. Prefiero probar el fervor mariano de otra forma, da igual si embelesado frente a la preciosa Annunciata di Palermo de Antonio de Messina que ante la pintura mural de la Virgen de Rocamador en la iglesia de San Lorenzo. Entre ser bautizado en el Vado de Quema o en una iglesia brutalista del franquismo tardío, prefiero lo segundo y me siento así más cerca de la imantación de las aguas divinas del Jordán.

Cierto es que las ordenanzas municipales contra los ruidos han aplacado el terrorismo cohetero. Pero lo peor de la comitiva rociera sigue siendo la salva de cohetes con que los impunes romeros anuncian sus misas de maitines y su salida hacia la aldea. Cuando nos creíamos ya a salvo con su partida, de nuevo estalla su cohetería anunciando pavorosamente que están de vuelta ya por los altozanos del Aljarafe. El citado Pablo d’Ors, fundador también de la red de meditadores Amigos del Desierto, suele decir que no existe peor terrorismo hoy que el ruido. Han llegado los días de terror para los niños y niñas TEA (trastornos del espectro autista). También para nuestras aterradas mascotas, lo que nos induce a votar, en un rapto psicótico, al mismísimo Pacma. Bajo el atroz retumbo de su cohetería, uno delira y llega a imaginar que los rocieros a caballo son lo más parecido al quinto jinete del Apocalipsis. Piedad, por favor.

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