La tribuna

Aborto y toros

Aborto y toros
Antonio Rivero Taravillo
- Escritor

Una cosa es el derecho, otra la religión, y una tercera la ética. Suelen confundirse en mayor o menor grado según las civilizaciones. Se puede estar en contra del aborto y, al mismo tiempo, a favor de su despenalización o, dicho de otro modo, de no querer abrumar con la pena de cárcel a quien ya de por sí sufre una desgracia, haya sido esta interiorizada o no: la pérdida (la terrible pérdida causada por voluntad) de un hijo. Asunto bien diferente sería multar, tocar en el bolsillo a quien se muestra tan egoísta con desprecio de la vida humana. Y no una cualquiera, sino la de un vástago. Que sea legal no quiere decir que sea ético; que lo recoja el ordenamiento jurídico no dice nada de su moralidad.

Es la hipocresía de quien se apiada (bien hecho) de los niños de Gaza y opuestamente ve como lo más natural que se elimine aquí en España a aquellos que aún no han nacido. La hipocresía, también, de quienes son antitaurinos (lo cual puede ser igualmente razonable) pero defienden el sacrificio de los fetos en ese otro ruedo que es el vientre de una mujer encinta. En una situación comprometida se suele recurrir al aborto por escurrir el bulto, por comodidad, por pereza ¿pero es lícito acabar con una vida cuya andadura ha comenzado? Algo está claro: se puede ser un cínico, alguien que hace de su capa un sayo y no se siente obligado a dar explicación de sus actuaciones, pero no se puede ser al mismo tiempo entonces contrario a las masacres de niños y a la fiesta de los toros y dejar, sin embargo, la vía abierta al aborto, llamado eufemísticamente “interrupción voluntaria del embarazo” como si esta fuera una interrupción con posibilidad de corrección, como la de los cuatro corazones con enmienda y marcha atrás de Enrique Jardiel Poncela. Cuando se produce un aborto, este es irreversible, no como una tormenta que cae en el tercero de la tarde (pero volverá a escampar, a diferencia de lo que acontece con la mujer que ha abortado, que si da a luz será ya a otro feto, a otro individuo, señalando con ello el carácter único de cada persona).

A lo largo de la temporada taurina se han estado viendo protestas ante las plazas, voces que no pueden ocultar el momento de auge de la fiesta. Unas pancartas rezaban “Alzad la voz por los sin voz”, refiriéndose a los toros (mejor es “Alzad la voz por los que no la tienen”). No voy a hacer aquí una apología de la tauromaquia (habría que ser para ello aficionado), pero sí mostrar la doblez o cuando menos la contradicción de pedir alzar la voz por los que no la tienen (los toros) y callar ante la sangría constante de los embriones, de quienes la tendrán (los bebés en ciernes), en números de decenas de miles anuales. Se puede estar a favor del aborto por numerosos motivos (a los que se podrá contraponer otros), pero ¿se puede estar al mismo tiempo en contra de las corridas? ¿Es más criminal matar a un toro que a un nasciturus?

Hay una supuesta superioridad moral en el animalismo. Sería más congruente si viniera respaldada por un respeto hacia la vida en todas sus formas, incluida la humana. ¿Es normal que quienes tanto gritan contra los festejos en la Feria de Bilbao estuvieran tan calladitos cuando no hace tantos años antes ETA asesinaba a mansalva? ¿Es lógico defender a los astados y pasar olímpicamente de la suerte de los bebés como algo que no nos concierne? ¿Es solamente porque el toreo es un entretenimiento o una actividad recreativa? ¿No lo es también acaso el sexo? Choca que en una época en la que se defiende la vida desde la ecología exista ese divorcio y se proteja toda forma de vida del perro al toro salvo, precisa, paradójicamente, la humana.

Luis Cernuda calificó a la existencia española de estúpida y cruel como su fiesta de los toros, en oposición a Federico García Lorca, Fernando Villalón, Rafael Alberti o Gerardo Diego, partidarios de la tauromaquia. En esto, la opinión es, o debe ser libre. Sin embargo, el derecho a la vida de un feto no es relativo. Se ha impuesto la frivolidad de despreciarlo.

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