La gran huella borrada: el colosal patrimonio romano que Jaén perdió en el siglo XX

Jaén Retro

Vista del histórico Acueducto del Carmen a su paso por la Senda de los Huertos.

Imagínese, por un instante, otra Jaén. Una ciudad donde la Senda de los Huertos estuviera coronada por la silueta serena de un acueducto milenario; donde bajo el asfalto y las fachadas del barrio de la Magdalena se conservaran intactas las bóvedas húmedas de unas termas públicas del siglo I; donde las laderas de Santa Catalina no solo albergaran un castillo, sino un paisaje de villas suntuosas cuyos suelos narraran, en teselas de color, los mitos olímpicos.

Esa ciudad existió. Se llamó Auringis y, más tarde, Municipium Flavium Aurgitanum. Y la pérdida de su monumental patrimonio no fue el lento desgaste del tiempo, sino una demolición deliberada ejecutada a lo largo del siglo XX. Este es el relato de un expolio institucionalizado: el borrado sistemático de la memoria, perpetrado a golpe de especulación urbanística, desidia administrativa y burocracia cómplice. Lo que desapareció bajo el nuevo Jaén —aquellos acueductos, termas, trazados urbanos— no fue solo piedra antigua. Fue una parte esencial de la identidad jienense, amputada a plena luz del día en lo que solo puede calificarse como un crimen contra la memoria colectiva.

Los cimientos de una ciudad opulenta

La destrucción del siglo XX resulta más comprensible —y más trágica— si se conoce lo que existió antes. El Jaén romano no fue un asentamiento secundario, sino una capital regional cuya importancia resonaba ya en las crónicas de la República.

207 a. C. El historiador Tito Livio registra un hecho militar de primer orden: Lucio Cornelio Escipión conquista Orongis, "una de las plazas más opulentas y fortificadas de la región». La toma de esta ciudad íbera, afirma, "se consideró tan importante como la de Cartagena". De este modo, Jaén irrumpe en la historia escrita como el botín de guerra más codiciado.

El trauma de la conquista fue profundo. La ciudad, maltrecha y alejada de las principales vías de comunicación, permaneció durante casi un siglo sumida en un letargo periférico. Su destino, sin embargo, cambiaría para siempre con un simple decreto imperial.

74 d. C. El emperador Vespasiano concede el ius Latii —el derecho latino— a Hispania. Este acto administrativo fue la chispa: Orongis se transforma en el Municipium Flavium Aurgitanum. No fue un mero cambio de nombre; fue el nacimiento jurídico de una ciudad romana de pleno derecho. Comienza entonces una metamorfosis que se prolongaría siglos: el antiguo oppidum íbero se dotó de foro, templos, termas, villas señoriales y una infraestructura hidráulica colosal. Piedra a piedra, alzaron una capital floreciente. Dos mil años después, quienes heredaron su suelo decidieron que aquellos cimientos sobraban.

La Jaén romana: una ciudad hidráulicamente avanzada

La Jaén romana —articulada en torno al barrio de la Magdalena hasta su confluencia con el de San Juan— fue concebida con una premisa inapelable: la obsesión por el agua. En esta tierra sedienta, sus pobladores comprendieron antes que nadie que dominar el líquido era dominar la vida. Por eso, su sistema hidráulico no fue una mera infraestructura, sino la obra maestra de ingeniería que permitió el milagro de una ciudad opulenta en mitad de la aridez.

De aquella red monumental, dos acueductos se alzaban como sus mayores prodigios:

Arriba: Única imagen conservada del acueducto romano del Caño del Agua (o de La Magdalena). Abajo: El Acueducto del Carmen con sus 16 arcadas, fotografiado antes de que se demoliera en 1976 para construir la Avenida de los Escuderos.

El acueducto del caño del agua

El primero, el Acueducto del Caño del Agua —conocido también como de la Magdalena—, nacía en los manantiales de Santa Catalina para abastecer las termas públicas del siglo I. Su fisonomía, inmortalizada en fotografías de 1913, mostraba tres arcos monumentales de sillería que se erguían junto al solar donde hoy se levanta el Colegio Ruiz Jiménez. Durante siglos, aquellos arcos resistieron a terremotos y al lento mordisco de los siglos, pero sucumbieron ante la piqueta del "progreso".

En 1953, con motivo de la construcción del colegio, sus últimos vestigios fueron arrasados junto a un lienzo de la muralla de Jaén. Una visita al Archivo Municipal revela una verdad incómoda al revisar el proyecto original: no hubo registro fotográfico, ni estudio arqueológico, ni supervisión científica alguna. Solo quedaron escombros, polvo y la satisfacción burocrática por haber ganado unos metros cuadrados al pasado. Aquella demolición no fue un accidente, sino el primer ensayo de impunidad, un precedente siniestro que anticipaba todo lo que estaba por venir.

El acueducto del Carmen

La segunda y mayor tragedia —la que define la mezquindad de toda una época— fue la desaparición del Acueducto del Carmen. Sus dieciséis arcadas de medio punto, perfectamente conservadas, domaban el Barranco de los Escuderos transportando las aguas del Raudal de Santa María. Era la estampa más reconocible del Jaén antiguo, la imagen que aparece en la fotografía más antigua de la ciudad (1862) y que aún desafiaba el horizonte en instantáneas de los años cincuenta.

Había sobrevivido a godos, califatos, reyes cristianos y guerras civiles; resistió siglos de indiferencia, pero no pudo con la deliberada ceguera del siglo XX. En 1976, fue finalmente devorado por las obras de la nueva Avenida de los Escuderos. No encontró su fin con un estallido, sino con un lento y burocrático abandono: un asesinato por inanición y complicidad. Su desaparición se convirtió así en el símbolo definitivo de una época miope que prefirió borrar su memoria a integrarla en su futuro, que antepuso el asfalto a la piedra y la prisa a la permanencia.

Arriba: Fotografías de la Senda de los Huertos. Abajo: Lavanderas en el Puente de Santa Ana (La Poceta) y el Barranco de los Escuderos.

La Senda de los Huertos: del vergel al desierto de asfalto

Hubo un lugar en Jaén donde el tiempo transcurría de otro modo. No era una calle, ni una plaza, ni siquiera un jardín al uso: era la Senda de los Huertos, un corredor de vida que durante siglos cosió la ciudad alta con el valle. Un lugar donde el agua, la piedra y la memoria tejieron una de las estampas más hermosas que esta tierra dio jamás.

El nombre lo decía todo: huertos. Pero no huertos cualesquiera. Eran parcelas de cultivo que colgaban de la ladera como un tapiz infinito, sostenidas por muros de piedra seca que las generaciones fueron levantando con paciencia de artesanos. Moreras que aún recordaban el paso de los gusanos de seda, nogales que ofrecían su sombra generosa, limoneros que perfumaban el aire, parrales que formaban túneles de frescor donde el sol se filtraba tamizado. Era un vergel que vivía al compás de las estaciones, un organismo verde que respiraba con la ciudad.

Pero sobre todo era el agua. El agua lo gobernaba todo. Arriba, junto a lo que hoy es la Glorieta de Lola Torres, manaba el Raudal de Santa María. No era un manantial cualquiera: era el origen, la fuente que durante siglos dio de beber a la ciudad. Un caudal cristalino que nacía de las entrañas de la tierra y se despeñaba ladera abajo convertido en cascada, antes de encauzarse y proseguir su viaje por cauces abovedados hacia los huertos, hacia los lavaderos, hacia la sed de los jiennenses.

Descender por la senda era adentrarse en un mundo de sensaciones. El rumor del agua lo envolvía todo: el murmullo íntimo del arroyo, el gorjeo de las acequias repartiendo la vida entre las parcelas, el fragor lejano del Raudal precipitándose. La bruma de la mañana se enredaba en las palmeras y en los cipreses que flanqueaban el Camarín de Jesús, mientras el aire se volvía denso con el aroma de jazmines, azahares y tierra húmeda recién regada.

A mitad del camino, el arroyo de Valparaíso se remansaba en el lavadero de La Poceta. Allí, las mujeres pasaban horas enteras, con los brazos en el agua y el jabón entre las manos, en esa faena interminable que era lavar la ropa. El lavadero era también un lugar de conversación, de confidencias, de canciones. Un espacio femenino donde el trabajo se aliviaba con la palabra.

Frente a ellas, al otro lado del arroyo, los huertos se escalonaban en terrazas perfectas. Tras el verdor asomaban las galerías de las casas señoriales, con sus miradores de hierro forjado y sus celosías, desde donde los vecinos contemplaban aquel espectáculo cotidiano. Y arriba, siempre presentes, recortadas contra el cielo, las torres gemelas de la Catedral velaban por la ciudad.

La senda atesoraba además las huellas de quienes vinieron antes. El acueducto romano, con sus dieciséis arcadas de piedra, dialogaba en silencio con el Puente de la Alcantarilla, documentado ya en 1742. Las acequias de origen andalusí seguían repartiendo el agua como hacían siglos atrás. Todo convivía en armonía: la ingeniería de los antiguos, la agricultura de los medievales, el paseo de los modernos. Un palimpsesto donde cada época había escrito su página sin borrar la anterior.

Desde el siglo XVIII, la Senda de los Huertos fue el paseo preferido de los jiennenses. Al atardecer, las familias acudían a ver cómo la última luz doraba la piedra de la Catedral, cómo las arcadas del acueducto emergían entre la frondosidad, cómo el sol se ponía tras las tierras de la campiña. Era un ritual que se repetía generación tras generación, un modo de habitar el paisaje que formaba parte de la identidad de la ciudad.

En cualquier país con conciencia de su legado, aquel lugar habría merecido la más exquisita protección. Se habrían destinado recursos a su conservación, se habría limitado cualquier intervención, se habría enseñado en las escuelas como ejemplo de relación armónica entre el ser humano y su entorno. En Jaén, sin embargo, fue declarado simple «obstáculo» por la "Solución Sur". Así, el paisaje cultural vivo se transformó en zona de sacrificio. Y el susurro del agua, que hablaba desde hacía siglos, fue silenciado para siempre por el rugido del progreso.

Arriba: Plano del Plan Especial de Reforma Interior de la Senda de los Huertos y la calle de los Escuderos. En él se distingue el trazado del Barranco y la Senda de los Huertos, pero el Acueducto del Carmen no figura en la catalogación. Abajo: Lugar donde se levantaba el acueducto. A su alrededor todavía pueden apreciarse los restos de antiguas edificaciones.

El exterminio burocrático: la 'solución sur'

Este conjunto patrimonial fue declarado un simple "obstáculo" por la llamada "Solución Sur": un proyecto inmobiliario que, entre 1974 y 1976, sepultó el barranco bajo toneladas de escombros y arrasó sus históricas huertas.

Se embovedó el arroyo, se sepultó el barranco bajo toneladas de residuos y, sobre el Raudal de Santa María, se alzaron bloques de viviendas. El Acueducto del Carmen, que había desafiado el tiempo con la dignidad de sus arcadas, resistió hasta su demolición final, quedando sus arcos destruidos y sus cimientos sepultados bajo el asfalto de la nueva Avenida de los Escuderos.

Pero lo más elocuente de esta historia no es la destrucción, sino el silencio que la precedió y la acompañó. Un silencio administrativo, meticuloso, premeditado.

Hoy, el expediente municipal es un espectro. El acueducto no figura en los planos. No consta orden de demolición alguna. No existe un solo informe arqueológico que evalúe su pérdida. Los archivos, prolijos en otros asuntos, guardan aquí un mutismo absoluto. No fue olvido: fue estrategia.

Porque entonces, como ahora, existían mecanismos de protección. La Comisaría Nacional del Patrimonio Artístico, creada durante el franquismo para velar por los bienes de interés nacional, habría podido ampararlo. De haber sido incluido en el catálogo urbanístico, el acueducto habría tenido salvaguarda legal. Pero no se le dio la oportunidad. Su nombre fue omitido de los registros; su traza, borrada de los planos. Y lo que no existe en el papel puede demolerse sin permiso, sin escándalo, sin dejar huella.

Así se fraguó el expolio perfecto: lo no catalogado no existe, y lo que no existe puede desaparecer sin que nadie tenga que autorizarlo.

De este modo, el Acueducto del Carmen fue borrado tres veces: primero como infraestructura viva, luego como vestigio monumental y, por último, de la memoria oficial y del paisaje mismo. Y sin embargo, todos sabían. Los técnicos que dibujaron la rasante de la nueva avenida sabían lo que soterraban. Los arquitectos que firmaron los proyectos, los políticos que inauguraron las obras, los vecinos que vieron caer las piedras... toda Jaén lo sabía. Pero prevaleció una desmemoria planificada, una complicidad de no mirar atrás. Fue la victoria de la amnesia administrativa sobre la evidencia.

Hoy, el paisaje ha mudado su rostro por completo. Solo algunos nombres en el callejero recuerdan lo que hubo: la Ronda Sur discurre sobre el Puente de la Alcantarilla; la calle Senda de los Huertos sigue el trazado del viejo barranco. Y en la Plaza Donantes de Sangre, unos muros de piedra, antiguos cercados de huertas y casonas perdidas, permanecen en pie como testigos mudos. Son el último resto pétreo de un paisaje extinguido. La memoria, al menos, no ha sido aún asfaltada.

Un palimpsesto histórico: del convento al cine de verano

La vorágine histórica no se detuvo en lo romano. El destino del Acueducto del Carmen quedó indisolublemente ligado al del Convento de San José, fundado por los carmelitas descalzos en 1588 (de ahí viene su nombre). Tras la desamortización del siglo XIX, el viejo claustro se transformó en el palacio de los condes de Humanes (1848), y el ancestral arco fue engullido por la nueva arquitectura señorial, relegado a ser una excéntrica ruina bucólica dentro de los jardines aristocráticos. Desde una de sus terrazas, la reina Isabel II contempló en 1862 los fuegos artificiales que incendiaron el cielo en su honor.

Ya en el siglo XX, el enclave experimentó una nueva mutación. Los hermanos Ramírez de Torres instalaron sobre una porción de aquellos jardines el cine de verano Jardín Cinema, que abrió sus puertas en 1962. Durante once años, el imponente acueducto romano fungió como un monumental telón de fondo para las proyecciones nocturnas, creando un insólito maridaje entre la cultura del ocio y la ingeniería milenaria. El cine echó el cierre en 1973, pero la memoria de aquel diálogo entre la piedra antigua y la luz del celuloide aún perdura en el recuerdo de los jienenses.

Un patrimonio más amplio, una pérdida más profunda

Cerca del antiguo foro, bajo los adoquines de la actual Plaza de la Magdalena, yacían las termas públicas —documentadas desde el siglo XVIII por el Deán Mazas—, cuya estructura se perdió para siempre. La propia trama urbana romana, con su cardo y decumanus, y su red de alcantarillado, se fue difuminando bajo el asfalto de una ciudad que crecía sin mirar atrás..

Pero fue en la periferia donde la desmemoria se mecanizó. La expansión hacia Marroquíes Altos, iniciada en la década de 1950, operó como una máquina de olvido a escala industrial. Bajo el trazado de las calles Cristo Rey o Sagrada Familia, las excavadoras no encontraron ruinas, sino un obstáculo: trituraron sin pausa los restos de un complejo de villas romanas donde se encontró el magnífico mosaico de la diosa Tetis. Así se volatilizaron tesoros irrepetibles, cuyo valor y detalles se desvanecieron en el polvo levantado por unas excavaciones de urgencia más preocupadas por el ritmo de la obra que por el pulso de la historia.

Nada de esto fue fortuito. Fue el fruto amargo de un cóctel tóxico: la negligencia como norma, la opacidad administrativa como escudo y una idea miope de progreso que veía el pasado como un estorbo a remover. La conciencia colectiva era mínima; las administraciones, cómplices por acción u omisión. El resultado no fue una pérdida, sino una amputación irreversible de la memoria material de la Jaén romana. Una parte fundamental de su identidad no fue sepultada por el lento peso de los siglos, sino por la indiferencia activa de sus propios herederos.

Lo que pudo haber sido y lo que queda

Esta no es una crónica de piedras perdidas. Es la crónica de un olvido voluntario: el relato de una ciudad que renunció, piedra a piedra, a una parte de su alma. Hoy, Jaén podría contar con un parque arqueológico en Marroquíes Bajos, un centro de interpretación de ingeniería hidráulica en la Senda de los Huertos y un itinerario que siguiera las huellas de su esplendor como Municipium Flavium Aurgitanum. En lugar de ese futuro paralelo, solo persisten fotografías desvaídas, fragmentos huérfanos en vitrinas y el eco de una pregunta que atenaza: ¿en qué ciudad viviríamos, en qué destino cultural nos reconoceríamos, si hubiéramos elegido custodiar nuestro pasado?

Mientras Mérida se consagraba como Patrimonio de la Humanidad y Tarragona elevaba sus ruinas a la categoría de museo, Jaén trazó su propio rumbo: el de la amnesia estratégica, el del borrado administrativo. Así, la sombra de lo que pudo ser se alarga ahora, fantasmal y persistente, sobre el perfil de lo que es.

Hoy, al caminar por la anodina Avenida de los Escuderos o al pasar frente al Colegio Ruiz Jiménez, no deberíamos ver solo asfalto y ladrillo. Deberíamos oír el rumor del agua bajo las arcadas, vislumbrar la geometría del puente de la Alcantarilla, imaginar el fulgor de los mosaicos que alfombraban las villas. Todo ese paisaje duerme ahora bajo toneladas de hormigón, sepultado por una idea de progreso que no supo integrar la memoria.

La desaparición del patrimonio romano de Jaén no fue una casualidad. Fue una decisión reiterada, tomada año tras año, por quienes antepusieron el rédito inmediato al legado secular. Fue el triunfo de la miopía sobre la responsabilidad histórica. Jaén se amputó a sí misma un fragmento de su identidad, y esa cicatriz —esa ausencia tangible— sigue latiendo en el corazón de su trazado urbano, recordándonos que las únicas pérdidas irrevocables son las que infligimos a nuestra memoria colectiva.

El agua, testigo indómito, sigue fluyendo. La que un día cantó entre arcos romanos ahora discurre muda por tuberías bajo el asfalto. Es un recordatorio silencioso, una metáfora líquida y constante: lo que se destruye en nombre del futuro, se pierde para siempre en el pozo del olvido.

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