El Guadalbullón baja cargado de memoria y de inquietud para los vecinos de Puente Tablas

Entre el puente y el bar, el barrio sigue cada movimiento del agua, rememora antiguas inundaciones y confía en la vigilancia policial

Dos vecinos observan la crecida del río.
Dos vecinos observan la crecida del río. / Nuria Fernández
Nuria Fernández

Jaén, 05 de febrero 2026 - 06:00

El Guadalbullón avanza con paso firme por Puente Tablas, cargado de agua y de memoria. El río baja crecido, tanto que los pilares del puente de acceso al barrio apenas se intuyen bajo la corriente turbia, y el nivel se queda a solo unos metros de alcanzar la carretera. A lo largo de la vía, la presencia de la Policía Local, la Policía Autonómica y la Guardia Civil acompaña la escena, con patrullas detenidas y miradas atentas al cauce.

Junto al puente, al otro lado del río, el bar Puente Tablas se ha convertido en el refugio natural de la tarde. Vecinos que entran y salen, conversaciones a media voz y silencios prolongados mientras todos vuelven la vista, una y otra vez, hacia el agua. Allí, cerca de la policía y con el río siempre delante, muchos dicen sentirse algo más tranquilos.

Vecinos, en el bar Puente Tablas.
Vecinos, en el bar Puente Tablas.

Antonia Martínez ha comido en el bar y no deja de caminar del interior al puente. Observa el río, regresa al bar y vuelve a salir. Lleva veinte años viviendo en Puente Tablas y recuerda bien las inundaciones de 1996. No ve ahora una crecida como aquella, aunque reconoce que el río baja “muy lleno”, con un aspecto que impone respeto.

En el aparcamiento, junto a la valla del bar, Antonio González charla con otros dos vecinos sin apartar los ojos del agua. Cuenta que anoche decidieron subir a Jaén, conscientes de que el día sería complicado, aunque las casas, los animales y los recuerdos siguen abajo, en el barrio. Desde primera hora de la mañana está allí, siguiendo una crecida irregular que sube y baja, generando una inquietud constante ante la posibilidad de que el agua alcance las viviendas. Vive en la zona desde hace nueve años y recuerda otra crecida importante, hace seis o siete, que terminó en desalojo. Este invierno, explica, está siendo distinto, más largo y más tenso, con semanas de preocupación acumulada y la espera constante de noticias que confirmen que el nivel empieza a bajar.

Dentro del bar, a la izquierda, una mesa junto a la chimenea reúne a cinco vecinos que aguardan información. Ana María Valenzuela es una de ellas. La noche del martes, cuenta, fue tranquila, aunque marcada por el viento y por la vigilancia continua. Recuerda haber visto pasar a los servicios de emergencia alrededor de las dos de la madrugada. Vive en la calle Huelva y asegura que esta mañana el río estaba algo mejor que ahora. En su caso, su preocupación se centra en sus animales: quince gatos que hacen muy difícil una evacuación precipitada. Según comenta, su memoria vuelve inevitablemente a 1996, cuando el puente se atascó, el río arrastraba lavadoras y frigoríficos y los vecinos tuvieron que marcharse del barrio.

A su lado, Luis González escucha y asiente. Vive en el barrio desde 1992 y estas escenas le devuelven recuerdos duros de las grandes inundaciones. Reconoce que durante años se sintieron abandonados, aunque ahora percibe más atención institucional y, sobre todo, más respaldo policial. Aun así, señala que persisten problemas como la limpieza de los cauces o sistemas de evacuación que no terminan de funcionar. Valora que esta vez hayan recibido avisos en el teléfono móvil, algo impensable años atrás, y agradece la labor de los cuerpos de seguridad. Con familias y niños, la preocupación sigue presente, aunque en el bar, compartiendo una cerveza y la información que llega de la policía, el ambiente es de calma contenida, incluso con espacio para alguna broma mientras el río continúa creciendo.

La crecida del río.
La crecida del río.

Entre una orilla y otra se encuentra Víctor Manuel López, que va y viene sin descanso. Al otro lado del río está su casa, aunque el acceso a su calle permanece cortado por una cinta policial. Vive en la zona desde 2008 y explica que estas situaciones se repiten cada vez que el río se desborda, aunque ahora se vive con mayor tensión ante la posibilidad de desalojos. Señala la falta de limpieza del cauce y la acumulación de vegetación como factores que aumentan el temor. A eso se suma otra preocupación: las casas vacías. Con una calle desalojada, teme que algunos aprovechen la situación para entrar a robar. Mientras la policía permanece, dice, hay tranquilidad; cuando se marchan, las viviendas quedan expuestas. Por eso se mantiene atento, vigilando no solo el río, sino todo lo que ocurre a su alrededor.

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