Marqueses de Leguineche
EN LA RESERVA
Farmacéuticos y mancebos deberían afanarse en buscar una fórmula magistral para la humildad. Una pastillita que nos recetaran para tomar en ayunas, antes de enfrentarnos a la caterva de patanes de cada día. Dirán, no sin razón, que algunos necesitarán una dosis más alta, en función de la bravuconería que gastan, bueno, pues dos pastillas para ellos.
Como sociedad también necesitamos un preparado conjunto para fortalecernos ante lo que viene, una lenta y segura decrepitud. Hará falta colágeno mental si es posible. En España llevamos tiempo sin atar a nuestros perros con longanizas, aunque creamos vivir en una opulencia que ya no es tal. Los mensajes grandilocuentes se cuelan en la sobremesa y nos provocan cierta vergüenza ajena, porque, más allá del cartón piedra, de la moqueta, la realidad está ahí para quien quiera verla. Sin embargo, como esos paniaguados de alta alcurnia venidos a menos, esos señoritos que exprimen su árbol genealógico intentando mantener sus privilegios como si aún fueran alguien, seguimos con eso que hoy se denomina postureo. Marqueses de Leguineche, con sus excentricidades intactas, viviendo los estertores de un tiempo que se desdibuja, pero ya no estamos en una película de Berlanga.
Hay muchos pilares que dimos por fijos que se tambalean: sanidad, educación, ascensor social, carreteras y, tristemente, una joya para nuestro país que aquí, en esta reserva, estamos lejos de catar: el AVE.
Será el comité de expertos y la Justicia tardía los que arrojen algo de luz a esta tragedia cercana y azarosa. La evidencia muestra que el sistema tiene achaques, vergüenzas, preguntas inexplicables, casuística ‘rara’ y una infalibilidad que no es tal.
Las palabras nos persiguen a todos, pero la hemeroteca debería atar en corto a nuestros líderes, aunque demuestran que son capaces de mudar de piel el día siguiente del titular. Fue tentar la suerte decir que el tren vivía en España el mejor momento de su historia, oído desde Jaén suena a mofa eterna. Aquí llevamos con horarios fuera del huso moderno desde hace lustros, las vías no tienen el mantenimiento requerido y la velocidad de los trenes tiene, necesariamente, que reducirse para no comprometer la seguridad. Eso está escrito y dicho por los técnicos ferroviarios desde hace tiempo sobre nuestros vetustos trazados.
Pero dimos por bueno que, tarde o temprano, las mejoras llegarían y las conexiones con territorios que no están olvidados en el mapa. Y, ahora, percibimos ya sin dobleces que a España le falta mantenimiento, nuestro Estado de Bienestar tiene mala cara y conviene una alta dosis de humildad y terapia de grupo para invertir en vías de agua, desconchones, humedades y en la carcoma que todo lo pudre. La aluminosis del sistema común lleva tiempo a la vista, pero seguíamos de fiesta. De hecho, la agenda grandilocuente no va por ahí, seguimos diezmando al Estado con corruptelas varias y pagando favores territoriales, no hay casa común que aguante tanta sisa.
Es tiempo de comer bellotas, como ya hicieron Don Quijote y Sancho Panza cuando tuvieron que ser acogidos por los cabreros: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados”.
Ese pequeño trozo de vía será principio o fin, causa o efecto, pero es ejemplo de la fatiga a la que está sometido el sistema. Esta vez, y que sirva de precedente, hubo un decoro mínimo por las víctimas y sus familias, para que el duelo en la opinión pública también tenga su espacio. Por lo anormal, se aplaude la coordinación entre administraciones, los discursos mesurados, medidos, sin el objetivo primigenio de sacar tajada política cuanto antes. Esa contención focaliza, además, la atención en lo fundamental que son las víctimas, sus penosas circunstancias y los hechos...
Del esplendor, del rancio abolengo, sólo nos queda lo rancio. Convendría tenerlo claro para comenzar la reconquista.
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