Mujeres que hicieron historia y marcan Jaén hoy: "Antes pensábamos que solo servíamos para parir, pero es mentira"
Desde la política y la justicia hasta la gastronomía y la Guardia Civil, ellas transformaron su entorno y abren caminos para las generaciones futuras
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Para correr hizo falta andar, para que hoy las mujeres ocupen puestos de poder, estén en espacios en los que estuvieron siempre los hombres, las hubo que tuvieron que luchar un poco más por que no pesara sobre ella una mirada diferente, por que no tuvieran que demostrar más y por ver en ellas sus únicas referentes, porque lo que no se ve, a veces es más difícil de imaginar. La historia de Jaén también está escrita por mujeres. Desde la antigua Aurgi romana hasta nuestros días, distintas generaciones de mujeres han desafiado y siguen haciendo los límites de su tiempo.
Estas mujeres construyeron, gobernaron, defendieron, cocinaron, estudiaron o lucharon por ocupar un lugar que durante mucho tiempo les fue negado. Sus trayectorias no solo hablan de ellas, sino del camino colectivo de muchas otras que, paso a paso, fueron ensanchando el espacio de la libertad y la igualdad.
Sempronia Fusca Vibia Anicila, mujer de poder en la Jaén romana
En la Jaén romana del siglo II, en la próspera ciudad de Aurgi, actual Jaén, nació Sempronia Fusca Vibia Anicila, única hija de Cayo Sempronio Semproniano, un destacado administrador local y sacerdote perpetuo.
Un epígrafe conservado en el Museo Provincial de Jaén revela que Cayo Sempronio y su hija Sempronia Fusca financiaron la construcción de unas termas públicas, incluyendo su abastecimiento de agua y un bosque de 37 hectáreas destinado a la calefacción. Esta donación, la segunda evergésia más importante documentada en la provincia, muestra que las mujeres podían estar vinculadas a grandes proyectos cívicos, incluso cuando no manejaban directamente el patrimonio.
La inscripción deja claro que Sempronia era parte de la memoria y el legado familiar, un símbolo del papel activo de las mujeres en la sociedad romana. Según arqueólogos locales y la descripción de restos de un posible acueducto citados por el cronista Cazabán, las termas podrían situarse en el Barrio de la Magdalena, detrás del Convento de Santa Úrsula y del colegio Ruiz Jiménez.
En Marmolejo votaron por primera vez las mujeres
El municipio de Marmolejo vivió el 26 de marzo de 1933 una jornada electoral que, aunque limitada, constituye un episodio significativo en la historia del sufragio femenino en España. Tal y como recuerda el historiador Manuel Perales Solís en su artículo “El voto femenino en las Elecciones a Juez Municipal de Marzo de 1933”, este proceso marcó uno de los primeros casos en que mujeres pudieron ejercer su derecho al voto en el país, antes de la generalización del sufragio femenino en las elecciones generales de noviembre de ese mismo año.
Aunque la Constitución de la Segunda República Española de 1931 reconocía el derecho de las mujeres a participar en los comicios, su aplicación efectiva se produjo de manera escalonada. Las elecciones locales para juez municipal en Marmolejo sirvieron como un “ensayo” temprano para observar cómo se incorporaban las mujeres al sistema electoral en España, porque las mujeres de marmolejo fueron de las priemras en votar.
Entre las vecinas que acudieron a las urnas aquel día se encontraban mujeres afiliadas al Centro Instructivo Obrero, organización vinculada al movimiento socialista y a la formación obrera del municipio. Según relata el periodista José Gutiérrez Alcalá en su crónica publicada en el diario La Voz de Córdoba, destacaron especialmente Clara Martínez Garrido, esposa del socialista Antonio Perín Ramos, y Alfonsa Rodríguez Robles, esposa del concejal socialista Antonio Molina Torralbo. Estas mujeres participaron activamente, ejerciendo su derecho de manera consciente y en consonancia con la movilización obrera y política de la época.
Durante los debates parlamentarios de 1931, figuras como Clara Campoamor defendieron el sufragio femenino como un derecho democrático fundamental, mientras que otras, como Victoria Kent, abogaban por aplazarlo ante el temor de que la influencia social y religiosa de la época pudiera orientar el voto hacia la derecha.
La jornada de Marmolejo fue recogida por diversos medios con diferentes enfoques. El Socialista resaltó el carácter histórico del voto femenino, interpretando la participación de las mujeres como un respaldo a los candidatos socialistas y enfatizando el papel activo de las votantes. Otros periódicos, como La Libertad, subrayaron que el voto femenino en Marmolejo y en Santa Amalia (Badajoz) no había producido un triunfo conservador, sino que había favorecido a candidatos socialistas, desafiando las expectativas de la derecha.
Encarnación Anguita, primera alcaldesa de la democracia en Jaén
Ya había decidido que no se casaría y tenía una vida sencilla dando clases a los pequeños cuando le propusieron encabezar la lista para ser alcaldesa en Frailes, su pueblo, en las primeras elecciones de la democracia. Encarnación Anguita salió victoriosa y dio un golpe en la mesa de una mirada todavía machista que no entendía que una mujer pudiera dar órdenes.
"Algunos pensaban que iban a ganar y no ganaron y les cayó como una bomba. Y encima una mujer, aquello es que eso no se concebía que gobernara una mujer, eso de que una mandara, eso no se digería. Y entonces en el ayuntamiento, cuando tenía que firmar un papel, pues me ponían el alcalde. No me ponía ni siquiera la alcaldesa", cuenta a sus 94 años Anguita con una gran clarividencia.
Encarnación nació en 1932, vivió desde pequeña la crudeza de la guerra civil, el miedo que entonces no comprendía. Tenía cuatro años, pero lo recuerda perfectamente. Fue muy duro porque el pueblo estaba en línea de fuego y los evacuaban a los cortijos y todas las casas se quedaban vacías.
En este pequeño municipio de casas blancas y calles empinadas Encarna creció con una vocación innata, ayudar a los demás. Fue maestra y catequista antes de conquistar las urnas y también un ejemplo de independencia y libertad porque si hoy se cuestiona la soledad elegida antes te señalaban con el dedo. “Yo soy una persona muy independiente y yo creo que el matrimonio para mí era una cosa complicada. Yo no iba a ser subordinada a lo que dijera el señor. Yo eso no lo soporté. Yo vivo mi vida, a mí que me dejen en paz. Eso lo decidí y nunca me ha entrado en mi cabeza”, sentencia Anguita.
A los 48 años, Encarna dio un paso histórico, convertirse en alcaldesa de Frailes. Su decisión de presentarse surgió del compromiso con sus vecinos: “Yo decidí decir que sí porque me pareció que era un acto de servicio al pueblo y quería hacer algo por el pueblo. Es lo único que me movió, el servicio al pueblo. Así que esa fue la razón”.
Cuando anunció su candidatura, aunque su padre ya no vivía, su madre la apoyó sin miramientos porque aunque, explica que es tímida, los miedos no la comían, a pesar de venir de una dictadura: "Sabía lo que me podía ocurrir. Y naciendo una mujer en aquella época, que parcipara además en la política era impensable. Pero yo no he tenido nunca miedo. No le tenía miedo a lo que pudiera decir la gente, a lo que me pudiera ocurrir, porque yo lo tenía muy claro qué es lo que quería. Quería hacer el bien al pueblo. A lo mejor las cosas que he hecho, pues la gente no las entendía, pero después me han entendido”.
Uno de sus mayores logros fue garantizar el suministro de agua. “Impulsé la instalación de los contadores de agua. Eso fue una guerra, como yo le llamo. El pueblo se me volvió, se me volvió entero. Fue bastante difícil pero necesario. Al fin y al cabo, me sentí bastante satisfecha porque todo el mundo llegó a tener agua. Y hasta ahora no le ha faltado a nadie agua. Es que a los sitios altos naturalmente no llegaba, no llegaba porque había que, tuvimos que poner un depósito para que pudiera llegar. Eso lo hicimos con un fondo”.
Además, se encontró con algunas zancadillas y alguno que se lo puso más complicado. "Tuve que ser muy fuerte". "Porque además, lo que querían era que dimitiera sin más. Ellos me buscaban bastante problemas para que dimitiera. Ah, pero yo decía no. Hasta aquí hemos llegado”, dice. Aunque se queda con el recuerdo de muchas compañeras, que también eran vecinas y eran como hermanas. Cuando la gente tenía un problema no solo iban al ayuntamiento, también tenía abiertas las puertas de su casa.
“Bueno, para mí, mi mayor logro como alcaldesa fue conseguir que el agua llegara a todas partes. Yo me sentía feliz cada vez que la gente pues veía que tenía agua y trabajo, que se sentían mejor, que no había tanta pobreza… Hubo muchos momentos en que me sentí bien. Y gente que venía a preguntarme o a pedirme algo, y yo cada vez que veía a la gente satisfecha, yo me sentía feliz”.
Cuando ni siquiera en su pueblo se mencionaba la palabra feminismo, ella encarnaba cada letra, sin saberlo, estaba siendo un ejemplo, no solo por lograr un hito, sino por su forma de pensar y vivir. "Yo creo que he sido feminista siempre sin darme cuenta. Yo me preguntaba: ¿Yo por qué no puedo estudiar? ¿Y yo por qué no puedo hacer lo que hace un hombre? ¿Y por qué va a ser un hombre más listo que yo? Somos exactamente iguales. Yo no entendía eso. Y que la mujer tuviera que estar subordinada, yo eso no lo entendí en mi vida. Es que ya digo, yo siempre he sido, sin darme cuenta, claro que sí", expresa sin atisvo de duda en su voz.
Ahora que repasa su vida y también mira al frente ve como el Ayuntamiento de su pueblo está formado la mayoría por mujeres "que además lo están haciendo muy bien": "Es que antes pensábamos que las mujeres que no servíamos para nada, servíamos nada más que para parir. Y eso es mentira. Las mujeres también sirven para mandar”.
Y al mirar así hacia atrás, su legado en esta vida, por lo que le gustaría que la recordaran es por ser una buena persona, por una mujer entregada a su pueblo, a sus vecinos: “Alguna vez habré herido, habré molestado y habré dicho, entonces, si alguna cosa ha hecho mal, de eso me arrepiento. Pero, y además, creo que es lo único que queda en la vida: hacer el bien y sentirte con la conciencia tranquila es lo único que queda, lo demás es nada”.
Manuela Gassó, primera fiscal de Jaén
Durante décadas, los pasillos de los tribunales españoles estuvieron dominados por hombres, de hecho, no fue hasta 1966 cuando se derogó la prohibición de que las mujeres ejercieran funciones judiciales. Las cátedras universitarias, los altos cargos judiciales y gran parte de las instituciones jurídicas reflejaban una estructura social en la que la presencia femenina apenas comenzaba a abrirse paso. En ese contexto llegó a la Fiscalía de Jaén Manuela Gassó, una jurista que acabaría convirtiéndose en la primera mujer fiscal y también la primera teniente fiscal de la provincia. Una trayectoria profesional marcada por el servicio público, el sacrificio personal y el avance silencioso de las mujeres dentro de la justicia española.
Cuando hoy se observa la presencia femenina en la carrera judicial o fiscal, cada vez más numerosa, resulta fácil olvidar que hace apenas unas décadas cada paso suponía abrir una puerta que antes había permanecido cerrada.
Manuela Gassó pertenece precisamente a ese momento de transición. Su vocación por el Derecho apareció al terminar el bachillerato. Había elegido la rama de letras y pronto descubrió que le atraían especialmente las profesiones vinculadas al servicio público. “Todas las ramas del Derecho tienen algo de servicio a la comunidad”, recuerda.
En 1969, con apenas 17 años, se marchó a estudiar a la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada. Era una época en la que las aulas comenzaban a llenarse también de mujeres, aunque la mayoría de profesores seguían siendo hombres. “Nosotras ya éramos muchas”. “Otras mujeres habían empezado a romper el techo de cristal antes afortunadamente algunas promociones anteriores”, cuenta.
Aquella generación fue, en cierto modo, una bisagra entre dos épocas, la de las primeras mujeres que lograron acceder a los estudios jurídicos y la de quienes comenzarían a ocupar puestos de responsabilidad dentro del sistema judicial. Tras terminar la carrera en 1974, Manuela Gassó decidió preparar oposiciones a fiscal.
Durante ese periodo de preparación su vida quedó prácticamente suspendida. Las oposiciones exigían un ritmo férreo, estudiar mañana y tarde de lunes a sábado, memorizar un temario extenso y renunciar a buena parte de la vida social. “Mi pandilla de amigos lo entendía perfectamente. Sabían que yo llamaría cuando pudiera”, recuerda.
Aprobó las oposiciones con apenas 25 años y en 1977 tomó posesión como fiscal. Su primer destino fue Barcelona, donde juró el cargo en la Audiencia. Más tarde pasó por Badajoz y, finalmente, en 1980 llegó a Jaén, la provincia en la que desarrollaría prácticamente toda su carrera profesional. Manuela Gassó se convirtió en la primera mujer fiscal que ejerció en la Audiencia de Jaén y, con el tiempo, también en la primera mujer en ocupar la tenencia fiscal en la provincia.
Con el cuarto hijo tuve que llevarlo a la guardería antes de que cumpliera los tres meses
“Luego llegaron varias compañeras de golpe”, recuerda. Con el paso de los años la situación cambió hasta el punto de que hoy, en la Fiscalía de Jaén, las mujeres superan en número a los hombres. Aun así, los comienzos reflejaban todavía la estructura tradicional de la sociedad española. La conciliación familiar era prácticamente inexistente.
En ese terreno, explica Gassó, es donde ha percibido uno de los cambios más profundos a lo largo de su carrera. Madre de cuatro hijos, recuerda que cuando tuvo a los primeros apenas existían permisos de maternidad. La baja se limitaba a unos cien días y, si se empezaba antes del parto, ese tiempo también contaba dentro del periodo. “Con el cuarto tuve que llevarlo a la guardería antes de que cumpliera los tres meses”, recuerda.
La conciliación, tal como se entiende hoy, simplemente no existía. El permiso de lactancia tampoco estaba garantizado, y muchas familias dependían de la ayuda de familiares o de reorganizarse como podían para compatibilizar la crianza con el trabajo. La evolución legislativa ha cambiado notablemente ese escenario, permisos de paternidad, bajas más amplias y mayor protección para la maternidad han transformado la situación de las nuevas generaciones de juristas.
También en los inicios de la atención judicial a los casos de violencia de género, un campo que con el tiempo se convertiría en una de las áreas clave del sistema judicial español. “Fue un avance muy importante”, señala, recordando que se trata de un problema social que todavía hoy sigue presente.
Su trabajo fue reconocido con la Cruz de San Raimundo de Peñafort, una de las distinciones más importantes dentro del ámbito jurídico español. El reconocimiento tuvo para ella un valor especialmente emocional porque fueron sus propios compañeros quienes promovieron la concesión del galardón junto con la asociación de mujeres juristas de la provincia. “Para mí fue un orgullo inmenso”, admite.
Tras más de cuatro décadas de carrera, y ya jubilada,Manuela Gassó reconoce que sigue echando de menos el trabajo diario en la Fiscalía, las conversaciones con los compañeros, los casos, el contacto con los ciudadanos que acudían a su despacho buscando soluciones. Su trayectoria forma parte de una generación de mujeres juristas que, paso a paso, transformaron la justicia española. Mujeres que llegaron a los tribunales cuando todavía eran minoría y que, sin discursos, fueron abriendo el camino para las que vendrían después.
Lucía Pérez, pionera en la primera promoción de mujeres guardias civiles en la Acadamia de Baeza
Durante más de un siglo, la Guardia Civil fue un cuerpo exclusivamente masculino. En cuarteles, academias y patrullas no había espacio para las mujeres, salvo en la figura de las antiguas “matronas”, un puesto muy distinto del trabajo operativo de los agentes. Sin embargo, a finales de los años ochenta una vez entrada España en democracia, esa realidad para siempre cabió y por primera vez se abrían las puertas del cuerpo a mujeres que podrían formarse como guardias civiles.
A la Academia de Guardias de Baeza llegaba en 1988 una jovencísima Lucía Pérez, tenía 18 años y venía de Ssalamanca. Ingresó en la primera promoción femenina de la academia y entonces no era del todo consciente de que estaba entrando en la historia. Hoy, décadas después, sí lo sabe. “Ahora lo vemos claro: somos historia”, dice con una sonrisa al recordar a sus compañeras.
A Lucía Pérez, la idea de ser guardia civil surgió casi por casualidad. Ni su familia pertenecía al cuerpo ni había imaginado nunca esa posibilidad. De hecho, cuando estaba terminando COU, todavía no tenía claro qué estudiar. Solía preparar los exámenes de Selectividad con una amiga cuyo padre sí era guardia civil. Fue él quien les enseñó una revista del cuerpo en la que se anunciaba algo inédito, la convocatoria de la primera promoción de mujeres guardias civiles.
Las dos jóvenes se miraron sorprendidas. Aquella opción, hasta entonces inexistente, despertó de inmediato su interés. “Nos miramos como diciendo, esto sí que nos llama la atención”, recuerda Pérez. Ambas presentaron la solicitud para las pruebas de acceso. Lucía lo hizo sin decírselo siquiera a sus padres.
Solo cuando llegó la fecha del examen empezó a contarlo poco a poco. No era una conversación sencilla. Era la mayor de cuatro hermanos y la única mujer, pero finalmente sus padres lo aceptaron con naturalidad. Se presentó a las pruebas de acceso con solo 17 años, realizó la prueba para entrar en la Guardia Civil un domingo y al día siguiente tenía el examen de selectividad. Las aprobó todas y el 1 de septiembre de 1988, Lucía Pérez cruzó por primera vez las puertas de la Academia de Guardias de Baeza. Tenía 18 años y apenas había salido de Salamanca.
La academia imponía una disciplina estricta. La imagen debía ser impecable con el cabello perfectamente recogido, nada de anillos ni adornos, uniforme siempre perfecto. Para muchas de ellas, que venían de entornos civiles sin contacto previo con la vida militar, aquellas normas resultaban chocantes. Algunas sanciones hoy parecen anecdóticas: no poder salir del recinto por haber llevado un anillo o por un pequeño descuido con el uniforme.
Además, los mandos tampoco sabían muy bien cómo tratar a aquella primera generación de mujeres. Algunos eran excesivamente duros, como si quisieran demostrar que ellas debían ganarse el puesto con más exigencia. Otros, en cambio, adoptaban una actitud paternalista. “Había quien pensaba: estas son mujeres, se van a enterar y eran excesivamente rectos. Y otros decían: pobrecitas. El término medio estaba un poco por definir”.
La promoción entera mantiene un fuerte vínculo. Organizan encuentros, comidas y celebraciones periódicas. La experiencia compartida de haber sido las primeras creó una unión especial. En aquel momento no eran plenamente conscientes de su papel histórico. Pero con el paso del tiempo lo entendieron mejor. Tanto que el grupo de WhatsApp que comparten hoy se llama “Somos historia”.
Tras terminar el periodo académico en Baeza, Lucía Pérez obtuvo su primer destino en la provincia de Girona. Allí comenzó realizando labores de seguridad ciudadana. Poco después se especializó en Policía Judicial, el ámbito que marcaría gran parte de su carrera profesional. Tras pasar por un destino en San Sebastián, en años especialmente duros por el terrorismo de ETA, fue destinada a la comandancia de Madrid para trabajar en equipos de investigación. Más adelante desarrolló también una larga etapa en el Servicio de Criminalística, dentro del departamento de balística. A lo largo de su trayectoria, Lucía Pérez también pasó por el Grupo de Reserva y Seguridad (GRS) y actualmente se encuentra en el Servicio de Logística y Apoyo del Servicio de Telecomunicaciones
Cuando Pérez ingresó en la Guardia Civil no existían uniformes adaptados al embarazo ni protocolos específicos para mujeres. Muchas situaciones se resolvían improvisando. Hoy el panorama es completamente distinto, existen normas, protocolos y equipamiento adaptado. Para ella, ese cambio refleja la evolución natural de una institución que ha aprendido a integrar la presencia femenina.
Patricia Díaz, mujeres en la alta gastronomía
En la provincia de Jaén, las cuatro estrellas de la Guía Michelin tienen nombre propio de hombres y se sobra es conocido que la élite de los chefs mundial la copan también los hombres. Sin embargo, en las cocinas de la capital y de la provincia hay mujeres con trayectorias sólidas, talento y creatividad que avanzan en un camino mucho más complejo y difícil. No por falta de capacidad y talento, sino porque la estructura de la alta gastronomía, sus horarios, su exigencia y sus sacrificios personales, sigue chocando de frente con la conciliación. La historia de Patricia Díaz, chef del restaurante Ajhito- Izakaya Gastronómica Jaenponesa, una cocinera que ha recorrido media España aprendiendo en las mejores cocinas como las de Dani García, es el cristal de una realidad compartida por muchas profesionales, el talento femenino existe, pero se ve obligado a ponerlo en pausa para poder conciliar.
Aunque su restaurante es todavía un proyecto joven, Patricia Díaz ha recibido ya varios reconocimientos que avalan su propuesta gastronómica. Entre ellos destacan el Premio Mejor Chef Degusta Jaén 2025, el primer premio del Concurso Nacional “La Mejor Tapa de Jaén”, que ha logrado en dos ediciones consecutivas, el Concurso de Tapas de Mahou, el reconocimiento gastronómico o El Gorro Rojo por el uso de productos de calidad; y el Premio Constitución 2024.
Sin embargo, la historia de Patricia Díaz no empieza en los premios ni en los restaurantes. Su vocación llegó tarde, y casi por casualidad. Durante años creyó que estudiar no era lo suyo. En el colegio y en el instituto acumulaba frustraciones sin saber que detrás de esas dificultades había una dislexia que nunca fue detectada. Aquella sensación de fracaso académico la acompañó durante mucho tiempo, hasta que un golpe personal cambió su forma de mirar el futuro.
Siempre había tenido facilidad para los trabajos manuales. Había trabajado incluso en una fábrica de cinturones y cualquier tarea que implicara habilidad manual se le daba bien. Un día escuchó por la radio un anuncio de la Escuela de Hostelería Gambrinus de Jaén y algo hizo clic. Tenía ya unos 25 años, más edad que muchos de los estudiantes que empezaban su formación, pero decidió intentarlo. Sabía que estudiar iba a ser difícil, pero también que necesitaba una formación profesional si quería dedicarse a la cocina.
"Sacarse el curso fue un esfuerzo abismal”, recuerda. Pero la motivación pudo más que las dificultades. “Tenía tanto empeño en conseguirlo que fui a por todas”, explica Díaz. El resultado fue que terminó siendo la mejor alumna de su promoción. Su bisabuela había sido cocinera del gobernador de Jaén, una mujer analfabeta, pero extraordinariamente creativa en los fogones. Según le contaba su madre, preparaba platos que en aquella época resultaban completamente inusuales. “Siempre me gusta pensar que algo de eso me viene en los genes”, dice.
Tras terminar la escuela, su carrera empezó a despegar con rapidez. Consiguió realizar prácticas con el chef Dani García en Marbella, y durante su estancia, el restaurante consiguió su estrella Michelin. “Yo lo viví como si me hubiera tocado la lotería”, cuenta.
Después llegaron años de aprendizaje y de movimiento constante. La chef trabajó en distintos restaurantes de alto nivel en ciudades como Girona, Madrid, Sevilla o Tenerife. También comprobó una realidad habitual en el sector: en la mayoría de cocinas profesionales, el equipo estaba formado principalmente por hombres. “Casi siempre era la única mujer”, explica. No habla de discriminación directa, asegura que en los restaurantes donde trabajó siempre la trataron con respeto, pero sí de una desigualdad numérica evidente que todavía se repite en muchas cocinas.
Tras años trabajando fuera de Jaén, el nacimiento de su hijo la obligó a replantearse el ritmo de vida que llevaba. Las largas jornadas y la distancia con la familia hicieron que finalmente decidiera regresar a su tierra. Así nació Ajhito, una cocina que fusiona gastronomía japonesa y producto jiennense.
Pero detrás de ese proyecto hay también una decisión consciente, la de construir un restaurante que pueda gestionar sin renunciar completamente a su vida familiar. Porque, según explica Patricia Díaz, ahí está una de las claves que explican por qué hay menos mujeres en la élite de la gastronomía. Alcanzar los niveles más altos de reconocimiento, como las estrellas Michelin, exige un grado de dedicación que a menudo implica jornadas de doce o catorce horas, turnos partidos y una presencia constante en el restaurante.
Hay muchísimo talento femenino en la cocina, pero muchas estamos contenidas por la conciliación
“Esa excelencia tiene un precio muy alto”, afirma. Y muchas mujeres, dice, no están dispuestas a pagar ese precio cuando implica renunciar a ver crecer a sus hijos. Según explica, muchas de las grandes chefs que han alcanzado el máximo reconocimiento lo han hecho en etapas más tardías de su vida, cuando la carga familiar es menor. Mientras tanto, muchas cocineras permanecen en una especie de pausa profesional, desarrollando su talento a un ritmo diferente.
“Hay muchísimo talento femenino en la cocina, pero muchas estamos contenidas por la conciliación”, cuenta. Ella misma reconoce que su proyecto gastronómico todavía no refleja todo lo que podría llegar a hacer. “Cuando mi hijo no me necesite tanto, me encantaría que el restaurante desplegara sus alas de verdad. Se va a saber entonces quien es Patricia”, sentencia.
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