La plaza de San Juan se abraza al fuego para abrir San Antón: "Volver después de 20 años es muy bonito"

La hoguera oficial congrega a familias, visitantes y mascotas en el inicio de la celebración con más tradición de Jaén

Lola Chiclana, una referente enamorada de la magia de la Carrera de San Antón

Arde la primera lumbre de San Antón en la plaza de San Juan / Esther Garrido y Teresa Del Sol

El ritual alrededor del fuego, con un calor que abriga, se repite cada año en la plaza de San Juan de Jaén. Subir las calles empedradas hasta integrarse en un gran círculo alrededor de la lumbre, es como retroceder en el tiempo a la costumbre más primitiva desde que el homo erectus hizo saltar la primera chispa, la sintonía de los melenchones envuelven a la multitud. San Antón, patrón de los animales, es una de las efemérides más especiales en el calendario de Jaén y por fin el fuego se abrió paso abriendo esta fiesta.

La tradición de quemar los ramones de los olivos tras la poda arraigada a esta tierra de un infinito más de olivos, no solo hace disfrutar a los vecinos del barrio, también abre la boca a los que vienen de fuera que no despegaron sus ojos del hipnótico fuego. No hubo este año el habitual pelele de cabeza de dragón coronando la hoguera. En su lugar, el fuego prendió el cartel con un mensaje directo y cargado de simbolismo en este enero: “El Ayuntamiento de Jaén acuerda ‘quemar’ los presupuestos municipales del año 2017”. Las llamas, prendidas por el alcalde de Jaén, Julio Millán, concejales y vecinos, hicieorn su trabajo entre comentarios en voz baja y algunos silbidos de concejales del PP en alusión al cartel, que se diluyeron pronto entre el crepitar de la leña y la música de los altavoces.

Mientras la hoguera crecía la plaza se llenó de ese calor que no solo se siente en la piel, sino también en la memoria de quienes lo viven por primera vez o quienes ya visten canas y ven en los ojos de los niños, que lanzan sin parar ramas más grandes que sus cuerpos, su infancia. El círculo se cerró poco a poco. Familias, vecinos del barrio, mascotas, niños y curiosos compartían rosetas, risas y una calma festiva que parecía ajena al paso del tiempo y al frío.

Entre quienes conocen bien el ritual estaba Fabiola De la Fuente, llegada desde Torredonjimeno. A su lado, sus animales observaban el fuego con la misma curiosidad que ella. “Llevamos viniendo cinco años. La gatita cumple seis y la primera vez vino recién nacida”, contaba mientras la lumbre iluminaba su rostro. Para Fabiola, San Antón es una cita imprescindible. “Ahora por la tarde se disfruta más. Venimos, comemos rosetas, estamos con las mascotas… es perfecto”. Habla de ellas con ternura: “Son mis niñas, son parte de la familia”.

A unos pasos, Luis García miraba la hoguera como quien se reencuentra con algo que había dejado atrás. Jiennense de nacimiento, llevaba veinte años fuera y esta era su primera lumbre en la plaza de San Juan. “Mi mujer sí conocía más la tradición”, explica, “pero volver a vivirla es muy bonito”.

La gente de aquí me ha enseñado Jaén, sus tradiciones. Que me inviten a vivir esto lo hace aún más bonito

La plaza también fue refugio para quienes han llegado desde otros lugares y han hecho de Jaén su hogar. Cynthia Mora, mexicana, vivía por primera vez la inauguración de San Antón. Lo hacía acompañada de su perra adoptada en Jaén. “Pensé que, si ella es jiennense, tenía que traerla a vivir la experiencia”, decía. Para Cynthia, estar allí tenía un significado especial. “La gente de aquí me ha enseñado Jaén, sus tradiciones. Que me inviten a vivir esto lo hace aún más bonito”, expresó.

El fuego seguía creciendo, alimentado por ramones que los más pequeños lanzaban con la fuerza que podían y que caían una tras otra. Mamen Torres, jiennense, recordaba cómo empezó a vivir las lumbres cuando ya era algo mayor, cuando salía con los amigos. “A la bendición de animales vengo por segundo año”, comentaba, integrada en una escena donde lo religioso y lo popular se dan la mano.

Al otro lado del fuego, Esther Rodríguez y su familia, lo viven cada año como antiguamente, con su nevera, comida y sillas. Observaba a sus hijos correr una y otra vez hacia la lengua de fuego. Recordaba otras hogueras de su infancia, los bailes, las rosetillas, y ahora quería que esa memoria siguiera viva. Alejandra, la pequeña, lo resumía con la naturalidad de quien solo piensa en el presente: “Me gusta bailar melenchones, tirar ramas al fuego y pasármelo muy bien”.

Entre humo y chispas, Luisa García mantenía viva una tradición heredada. “Vengo de familia de ganaderos. Para San Antón siempre se quemaban ramones”, recordaba. No había traído animales para bendecir, pero sí la costumbre intacta. “La tradición de mi padre era quemar leña. Y eso no se pierde”.

Cuando la noche terminó de cerrarse sobre el casco histórico, la lumbre de San Juan ardía con menos fuerza que otros años y Sin dragón, con un cartel convertido en ceniza, no exento de polémica, sin baile y con el fuego y los más pequeños como únicos protagonistaa, Jaén volvió a inaugurar San Antón alrededor de una hoguera que, año tras año, sigue uniendo a la ciudad en el mismo círculo ancestral.

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