Del Teatro El Norte al Cine Asuán: el sueño modernista de Jaén que el progreso devoró
Jaén Retro
El extraordinario hallazgo de la libreta íntima del periodista Tomás Moreno Bravo ofrece claves de una etapa histórica en la ciudad
El libreto personal de notas y recortes de Tomás Moreno Bravo, en imágenes
A finales del siglo XIX, los cronistas describían Jaén como una ciudad «encerrada en sí misma» y «prácticamente hermética a toda influencia exterior». Este aislamiento arraigado comenzó a resquebrajarse con la llegada del ferrocarril en 1881, marcando el inicio de un despertar hacia la modernidad. El nuevo eje urbano —el Paseo de la Estación, llamado entonces de Alfonso XIII—, trazado entre huertas y caminos polvorientos, simbolizaba las aspiraciones de una urbe que anhelaba subirse al tren del progreso.
Por allí desfilaba la Jaén que aspiraba a la modernidad: burgueses con sombrero de copa, mujeres con vestidos a la última, artistas bohemios y periodistas sedientos de contemporaneidad. Y en el corazón de este renacer, en el número 13 del paseo, se erigió desde 1910 un edificio que encapsularía durante medio siglo los anhelos culturales de toda una sociedad: el Teatro El Norte.
Su historia, recientemente iluminada por el extraordinario hallazgo de la libreta íntima del periodista Tomás Moreno Bravo, no es solo la crónica de un coliseo desaparecido. Es el relato de cómo Jaén quiso ser moderna desde un rincón excéntrico pero vibrante, y de cómo ese sueño fue finalmente devorado por una idea malentendida de progreso. Un legado que hoy resurge, intacto, gracias al descubrimiento fortuito de un documento excepcional.
Orígenes Modernistas: cervecería, tertulia y celuloide (1910-1917)
Inaugurado en julio de 1910 como anexo a la Cervecería El Norte, el local fue desde sus inicios un experimento social pionero. Concebido como salón de reuniones, atrajo a la élite jiennense con una innovación insólita: un cinematógrafo integrado en sus instalaciones. Junto al Teatro Cervantes, compartió el honor de introducir el séptimo arte en Jaén, aunque su programación fílmica se limitaba inicialmente a breves sesiones semanales.
Sin embargo, lo que realmente definía su carácter era su naturaleza poliédrica. Entre proyecciones esporádicas, acogía bulliciosos bailes populares —con especial auge durante la Feria de San Lucas— y modestas representaciones teatrales.
El valor del edificio trascendía su función. Su arquitectura era una rareza en el panorama urbano: una de las escasísimas manifestaciones de art nouveau en la ciudad. Aunque los archivos municipales ofrecen pocos datos, el análisis estilístico apunta al arquitecto municipal Antonio Merlo y García de Pruneda (activo entre 1904 y 1918) como su probable autor. Esta atribución se sustenta en detalles decorativos recurrentes, como los frisos vegetales de yeso presentes también en otras obras suyas —la actual sede del PSOE en la calle Hurtado o una desaparecida vivienda en la calle Bernabé Soriano—. Aquella fachada primigenia, con sus amplios ventanales acristalados y líneas arriesgadas, parecía desafiar el conservadurismo de una ciudad que aún respiraba tradición.
A pesar de su emplazamiento excéntrico —en una época en que el límite urbano se situaba en la calle Roldán y Marín—, el local se erigió en el epicentro de la vanguardia local. Entre sus paredes confluyeron deportistas de la Olímpica Jiennense, espíritus bohemios y personas de «ideas avanzadas». Fue escenario de fiestas para los obreros de la mina Óxidos Flores, propiedad del arquitecto y empresario Justino Flores, cuyos eventos organizaba el ingeniero inglés Mr. Albert Weight; sirvió como plataforma para el estreno de artistas noveles y, de manera significativa, se convirtió en 1914 en la primera sede institucional de la Asociación de la Prensa de Jaén. Con ello, consolidó para siempre su papel de crisol de la modernidad.
La Gran Transformación: Federico del Castillo y el teatro de verano (1917-1918)
El impulso definitivo llegó de la mano del polifacético doctor Federico del Castillo Extremera (1875-1936): médico, periodista, dramaturgo y una de las figuras públicas más prominentes de la Jaén de su tiempo. El mismo liderazgo que más tarde lo llevaría a presidir la Asociación de la Prensa, el Círculo Mercantil y la Diputación Provincial durante la Segunda República lo volcó en un ambicioso proyecto cívico y cultural.
En 1917, confió la materialización de su visión al arquitecto madrileño Manuel Mendoza y Sáez de Argandoña, a quien encargó la reconversión total del espacio en un moderno teatro de verano. Mendoza respondió con una fachada emblemática de mampostería vista, presidida por un monumental arco de doble vano que daba acceso a un cuerpo central realzado por una galería columnada en la primera planta. El conjunto, flanqueado por dos esbeltas torres, constituía un sofisticado ejercicio de eclecticismo tardío, con claras resonancias de la Secesión vienesa de finales del siglo XIX. De inmediato, se erigió como el nuevo icono arquitectónico del paseo.
En el interior, bajo la dirección artística del pintor Enrique Cañada, se configuró un versátil teatro-cine al aire libre. El recinto contaba con un amplio ambigú para el esparcimiento del público y un ingenioso sistema de pantalla móvil que, situada frente al escenario de madera, permitía alternar con fluidez funciones teatrales y proyecciones cinematográficas.
La inauguración solemne tuvo lugar el 24 de julio de 1918 con el estreno de una comedia del propio Castillo Extremera. Este acto marcó el pistoletazo de salida de una exitosa y longeva tradición de cine de verano que, como cita ineludible del ocio estival jiennense, perduraría hasta bien entrada la década de 1950.
La Edad de Oro: el epicentro cultural y el hallazgo de la libreta (años 20 y 30)
Convertido en el "local de moda" para primavera y verano, el Teatro El Norte vivió su época dorada. Su escenario lo acogió todo: conciertos, zarzuelas, operetas, varietés, comedias, cine, veladas de boxeo y mítines políticos. Pero fue la sociedad «Amigos del Arte» la que dio alma a su vibrante actividad cultural.
La historia del teatro adquiere una dimensión íntima y fascinante con un hallazgo excepcional: la libreta personal de Don Tomás Moreno Bravo (1909-1990), periodista del Diario JAÉN y junto con su hermano Juan socio de «Amigos del Arte». Este inédito documento revela que esta sociedad fue el verdadero motor cultural de la ciudad en los años 20 y 30, encargada de organizar una intensísima agenda tanto en el Teatro Cervantes como, muy especialmente, en el Norte.
La libreta, repleta de apuntes, programas, recortes y fotografías de la época, permite reconstruir con extraordinaria fidelidad la actividad de la entidad que movía los hilos de la cultura local. La primera velada de la sociedad «Amigos del Arte» en el Teatro El Norte tuvo lugar el 3 de agosto de 1921. El programa incluyó una sinfonía, el drama "El Pan de Piedra", de José Fola Igúrbide, y un cuadro musical que iba desde pasodobles hasta el intermedio de Cavalleria Rusticana. En sus páginas, el reparto, los músicos e incluso los precios —butacas a 1,60 pesetas, entrada general a 0,32— quedan inmortalizados en una tinta ya centenaria.
Pero los «Amigos del Arte» trascendían el mero espectáculo. Su agenda, meticulosamente registrada por Moreno, muestra un compromiso social y humanitario profundo:
· 6 de septiembre de 1921: La música cura heridas. Gala benéfica para los soldados de la Guerra de Melilla, bajo el manto de la Cruz Roja.
· 27 de febrero de 1922: El arte traspasa fronteras. Colecta «En favor de la Rusia hambrienta».
· Enero de 1924: Función para el «Aguinaldo del soldado». Moreno anota, con amarga decepción, el «verdadero fracaso» del evento debido a la ausencia de apoyo de «la clase pudiente».
La sociedad también fomentaba la vida lúdica, la fraternidad y la atención a los más pequeños y a la mujer:
· 27 de febrero de 1922: Conciertos de carnaval con una rondalla de más de 30 músicos dirigidos por Eduardo Alarcón.
· Fiestas del Niño y de Reyes (1922-1923): Organización de funciones especiales con reparto de juguetes —impulsadas por Luis González López en 1923— y caramelos para la infancia más desfavorecida.
· 1 de junio de 1922: «Ofrenda a la Mujer» con claveles rojos y perfumes.
· 1 de julio de 1923: La amistad como aventura. Excursión campestre al Puente de Jontoya, cuyo «orden del día» —anotado con gracia y humor— refleja la camaradería que unía a sus miembros.
Era, en definitiva, un espacio donde la incipiente clase media ilustrada y la alta sociedad trataban de construir una vida cultural propia y moderna, conscientes de su papel en la transformación de la ciudad.
Entre la escena viva y la sombra proyectada (años 20 y 30)
La década de 1920 marcó la cúspide del esplendor para el Teatro El Norte. Durante el verano de 1925, la compañía de Manuel B. Arroyo cosechó un clamoroso éxito sobre sus tablas. Sin embargo, el cine ya avanzaba imparable, y este teatro pronto se convirtió en símbolo de aquella transición histórica: en septiembre del mismo año, apenas terminadas las representaciones, la sala proyectó la película "La Casa de la Troya", adaptación de la obra que poco antes se había representado en su escenario. El cronista de la época, conocido como “El Niño de la Pilastra”, constataba así que el cine iba «adquiriendo carta de naturaleza como opción lúdica» en la sociedad jiennense.
Para salvaguardar la actividad cultural durante los meses de invierno, Federico del Castillo impulsó en 1930 la construcción de «El Saloncito del Norte», una sala cubierta con capacidad para cuatrocientas personas, erigida en un solar anexo. El proyecto fue confiado al arquitecto municipal Antonio María Sánchez y Sánchez —autor también de la emblemática fachada del Ayuntamiento de Jaén—. Su diseño exterior, de una sobriedad funcional en ladrillo visto, escondía una singularidad: una serie de arcos de herradura de clara inspiración hispanomusulmana. Este detalle, un guiño regionalista poco común en la arquitectura jiennense de la época, dotaba al edificio de una identidad única, situándolo en un fértil cruce de caminos entre la tradición escénica y la modernidad cinematográfica.
Ocaso, transformación y legado (años 40 en adelante)
Tras el trauma de la Guerra Civil y la muerte de Federico del Castillo en 1936, el teatro Norte inició una agonía lenta e irreversible. En la década de 1940, la propiedad pasó a manos de Juan Ramírez de Torres —dueño también del Teatro Cervantes—, quien intentó infructuosamente revitalizarlo mediante entradas más económicas y un uso esporádico durante la Feria de San Lucas.
A este intento le sucedieron varios proyectos de reforma que jamás se materializaron. El más ambicioso fue el de 1957, impulsado por Pablo Castillo García Negrete, hijo del fundador, quien soñaba con cubrir el patio de butacas al aire libre para convertir el espacio en un cine permanente. Sin embargo, al igual que todas las iniciativas anteriores, este último intento se truncó por los elevados costes.
Poco a poco, la vida fue abandonando el edificio. Primero cerró la cervecería; más tarde, el cine suspendió su actividad. Finalmente, quedó sumido en el abandono y en un silencio absoluto, resistiendo en pie únicamente como un espectro modernista, un mudo testigo de su pasado esplendor.
El final: demolición y sustitución (1966)
Aferrado a una idea malentendida de modernidad, el Jaén de los años sesenta emprendió la demolición sistemática del legado modernista del Paseo de la Estación. Así cayó para siempre el Teatro El Norte, una de las últimas joyas de aquella arquitectura pionera, cuyo estilo «extraño y llamativo» sucumbió al ímpetu de un progreso sin memoria.
En el solar resultante, el arquitecto Pablo del Castillo rescató el concepto de su frustrado proyecto de 1957 para materializar, en 1966, el nuevo Cine Asuán. De propiedad de Juan Ramírez, este coliseo —aunque más amplio y funcional— era la antítesis estética de su predecesor. Una fachada de líneas internacionales y un aforo para 1.100 espectadores lo convirtieron en el último cine construido ex novo en la ciudad durante el siglo XX, pero también en un espacio sin alma, despojado del carácter único que en su día definió el lugar.
Pero la fortuna tampoco sonrió a su sucesor. Tras su cierre en los años noventa, el Asuán corrió la misma suerte y fue derribado en 2001. Así, en el solar que albergó dos épocas distintas del ocio ciudadano, hoy solo queda la silueta impersonal de un edificio de oficinas con soportal: el Asuán Center.
Conclusión: un espacio poliédrico en la memoria de la ciudad
El Teatro El Norte fue mucho más que un simple local de espectáculos; fue la encarnación del sueño de una ciudad que aspiraba a trascender su propio letargo. A lo largo de su existencia, este espacio metamórfico encarnó sucesivas vanguardias: fue cervecería modernista, cine pionero, coliseo de verano, salón de mítines y lugar de beneficencia. Sirvió de punto de encuentro para deportistas, periodistas, intelectuales y artistas; fue crisol donde se forjaron estrenos de autores locales y plataforma para sociedades como los «Amigos del Arte». En su escenario, se vivió la transición tangible entre el mundo decimonónico y el cine moderno.
Su historia, rescatada del olvido por documentos como la libreta de Don Tomás Moreno Bravo, revela un Jaén de vibrante efervescencia asociativa y cultural, consciente de su identidad y ambicioso en sus proyectos. La desaparición del teatro —primero como coliseo y luego como cine— no fue solo la pérdida de un edificio, sino el cierre de un capítulo fundamental de la vida social y cultural de la ciudad.
Un capítulo donde, como bien resume la crónica, «el ladrillo, la butaca, el proyector y el telón escribieron, juntos, la memoria de una época». Su legado perdura no como una simple anécdota, sino como un testimonio elocuente de cuando Jaén quiso, y supo, ser moderna. Y aunque el edificio ya no existe, su eco resuena en cada documento rescatado, en cada fotografía desteñida, en cada memoria que se niega a olvidar que la cultura fue, es y será siempre el verdadero progreso.
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