Los últimos nómadas de Jaén: "La trashumancia es muy sacrificada, cuando hay temporal acabas reventado"
Provincia
Los pastores de Santiago-Pontones, el único reducto ganadero de Jaén, viven una Navidad diferente tras desplazarse con las ovejas hasta Sierra Morena
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Jaén/En el nordeste de Jaén se encuentra un municipio que se diferencia del resto de la provincia con ese manto de olivos que se extienden por cada hectárea, aquí, la presencia es casi nula. Estos árboles no llegan a Santiago-Pontones, lo que se escucha en sus tierras la mitad del año, es el tintineo de los cencerros, convirtiéndose el pueblo y sus alrededores en prácticamente el único reducto de ganado del territorio jiennense.
Casi la otra mitad de los 12 meses los pastos se cubren solo del rocío helado o de una manta de nieve porque su altitud convierte los inviernos en paisajes blancos de temperaturas gélidas y obliga a la mayoría de ganaderos a hacer la trashumancia por los caminos que durante siglos se siguen conservando. Una herencia que el pueblo presume con orgullo y lucha por mantenerla a pesar de tener todo en contra.
“Nosotros tenemos ovejas, hay en torno a 200 explotaciones. Los pastores de Santiago-Pontones son gente que es su modo de vida, son los garantes de la conservación en el territorio dentro del Parque Natural de la Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas. Somos un tercio del parque y si no fuera por las ovejas la calidad de nuestro medio ambiente no sería igual a la que es “, expresa Antonio García, alcalde del municipio.
Su caso, también es peculiar, cuando su padre se iba a jubilar, Antonio trabajaba como enfermero en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital de Murcia, sin embargo, dejó todo y volvió al pueblo para quedarse con las ovejas descendientes de su abuelo. Como él, otros jóvenes de su generación han querido continuar con el legado de sus antepasados y dedicarse al pastoreo, a pesar de que sea un trabajo duro con cada vez menos relevo generacional.
“El censo de ganado en Santiago-Pontones durante un tiempo ha estado bajando y ahora llevamos unos años que va repuntando porque hay jóvenes que están dispuestos, que son hijos de pastores o que se dedicaban a otra profesión y han querido volver. Se está perdiendo el estigma y me alegro por eso, esa es mi lucha también, el estigma del pastor cateto que no sabe hacer otra cosa, nada más lejos de la realidad. Necesitas también una formación y una experiencia no reglada, pero que es necesaria para ser pastor”, cuenta García.
En el trabajo del pastoreo ha formado parte esencial a lo largo de la historia la trashumancia, declarada Patrimonio Inmaterial por la UNESCO el año pasado. Aproximadamente el 80 por ciento de los ganaderos del municipio la practican como se hacía durante milenios atrás, convirtiéndolos en los últimos nómadas de Jaén y prácticamente de España. El trayecto casi siempre suele ser el mismo.
Desde Santiago-Pontones conformado por un montón de aldeas y extensos campos, los pastores parten a finales de noviembre cuando las ovejas empiezan a tiritar hacia los pueblos de Sierra Morena, desde que empieza El Condado hasta Marmolejo. “No solo son gestores del territorio del Parque Natural y nuestro municipio, sino en gran parte de la provincia”. “También son los garantes de mantener esos pueblos y pastos durante la trashumancia”, destaca el alcalde.
El duro trayecto de 200 kilómetros
La Navidad es distinta para todos ellos, pues suelen pasarla lejos de sus familias y tras emprender el trayecto a pie desde las aldeas de Santiago-Pontones hasta pueblos como Baños de la Encina, separados por más de 140 kilómetros por carretera y más de 200 a por las vías pecuarias. Su vida se divide entre dos casas y el movimiento es parte de su forma de vida.
En noviembre Iván Nieto y Tomás Jiménez salen de El Cerezo y La Matea con las primeras heladas y el rebaño de ovejas para quedarse durante seis meses en la otra punta de la provincia y poder alimentar así a sus animales. “La primera trashumancia la hice con 13 años”, cuenta Iván, que recuerda cómo dormían en un saco de dormir o donde podían al raso. Normalmente, no hay refugios y cuando empiezan a adentrarse en El Condado el olivar predomina y tienen pocos lugares donde resguardarse.”Cuando llegas a la zona de la Sierra de Segura los termómetros bajan hasta los -5 grados y allí estás durmiendo a la intemperie”, señala.
“El primer año me pilló un temporal y recuerdo que al pasar a la altura de Los Campillos, me escurría el agua por todos sitios, me cogió la pobre mujer que había en un cortijo, me metió en la casa con la lumbre y me calentó y me dio un plato de comida”, rememora Iván que desde el año pasado cambió realizar la trashumancia a pie por el camión debido a la deficiencia de las vías pecuarias, corrales para encerrar los animales, la falta de refugios y la dificultad para encontrar personal con experiencia y dispuesta a este sacrificio.
Son días difíciles si el tiempo no acompaña. Tomás comenzó su trashumancia el día 23 de noviembre y no ha parado de hacerla desde los 14 años. Se despiertan cuando todavía el sol no ha aparecido por el horizonte y solo con la luz del fuego, desayunan y se ponen en marcha guiando a las ovejas hasta que paran a almorzar. Es cuando el sol se empieza a esconder cuando termina su jornada hasta el día siguiente repetir el mismo proceso y llegar a su destino. Así durante unos 20 kilómetros andando por caminos, carreteras, barro o nieve cuando se adelanta el frío y caen los primeros copos.
“Este año ha sido mejor, prácticamente de pícnic como se suele decir, porque los animales iban bien alimentados, el tiempo seco y muy buena temperatura y si los animales vienen bien nosotros igual. He pasado veredas de llover y de barro, si hay temporal son todo fatigas, hay problemas para encender la lumbre. Cada vereda es diferente, no hay dos iguales", explica Tomás.
Lo peor es cuando hay temporal porque no hay refugios y aunque se ha avanzado y ya hay tiendas de campañas, las mulas y caballos han sido cambiados por el coche donde cabe más alimento y facilidades, los días de lluvia son “duros”. “La trashumancia es muy sacrificada, cuando hay temporal, que está lloviendo acabas reventado y luego llega la noche y no puedes descansar porque si no tienes un refugio no tienes como taparte de toda la noche lloviendo. No puedes sacar el colchón porque se pone chorreando”, confiesa Iván.
"La trashumancia se lleva en la sangre, como los toreros"
En la vuelta a finales de mayo cuando el sol calienta los pastos, los pastores emprenden su viaje y el calor también hace estragos, el polvo se levanta y muchas veces las ovejas no tienen donde beber agua y hay que parar más a menudo porque los animales se cansan antes.
A pesar del esfuerzo y sacrificio a los dos les encanta su trabajo, lo han mamado desde pequeños y quieren seguir haciéndolo, aunque Tomás, por ejemplo, pasara los seis meses prácticamente solo en una finca de Baños de la Encina y echara de menos a su familia. Ahora, su hijo le acompaña, pero no sabe si seguirá el legado de su padre y abuelos.
“El futuro de la trashumancia andando lo veo muy corto porque si te puedes apañar solo es rentable, pero si tienes que buscar a gente y pagar un jornal y toda la briega que trae no y aunque el buen tiempo venga bien es más cómodo montar las ovejas en un camión”, expresa el pastor de La Matea.
Es el caso desde hace unos años de Iván, que igualmente no descarta volver a la trashumancia tradicional. “Yo vivo por los animales porque me gustan, sé que es duro. Vivo enamorado de mi trabajo, es lo que me gusta, es lo que he hecho desde pequeño, lo que he hecho toda mi vida. La trashumancia hay que llevarla como los toreros, en la sangre, si no, no te gusta. A mí me gusta ver como los animales están bien, ver como nacen los borregos, cuando llegan la primavera y están a gusto”, concluye.
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