No hablaré de Trasíbulo ni de la Ley 46/1977. Tampoco de la ONG que internacionalizó el término. Y mucho menos de la actualidad española. Ya tienen ustedes Wikipedia para hacerse los interesantes… En cambio, les hablaré del significado de la palabra que da título a este artículo y, a continuación, intentaré plantearles un reto.

Amnestía (con el tiempo se cambió la e por la i) significa literalmente «olvido». Es decir, un «aquí no ha pasado nada». Con ella se perdona el delito; en cambio, con un indulto se perdona la pena, pero el delito se sigue reconociendo. Una amnestía implica, por naturaleza, pasar página y mirar al futuro, dejando sin mácula a quienes hicieran lo que fuese que hicieran alguna vez.

¿Cuántas veces habrán amnistiado ustedes a alguien? ¿Y, sin embargo, cuántas veces habrán dicho la expresión lapidaria de «yo perdono, pero no olvido»? Todos hemos perdido amistades por cosas que ni siquiera recordamos… Y es que la memoria es la llave de la felicidad o del martirio, según se mire. Ojalá olvidáramos detalles que nunca debimos presenciar; otras veces, nos lamentamos por no aprender de los errores cometidos… Y así, en este continuo vaivén de paradojas, nos vamos manejando día y noche sin saber nunca cómo actuar. Vida le llamamos a todo esto.

Y aquí va el reto: reflexionen acerca de si ustedes merecen una amnestía. Analicen sus acciones pasadas, sus secretos más inconfesables, sus pensamientos más oscuros y profundos; piensen en todo aquello que nadie sabe de ustedes, en sus miedos, sus envidias, sus miserias y bajezas… Reconozcan su condena, declárense culpables y ahora levanten la cabeza y busquen entre el jurado de su existencia (es decir, entre sus seres queridos y personas más cercanas) a quienes serían capaces de amnistiarles sin condiciones, como debe ser una amnestía… Se darán cuenta en el acto de que siempre habrá personas capaces de olvidarlo todo con tal de que el mundo no se derrumbe a su alrededor. No hablamos de justicia, sino de continuidad. No hablamos de reparación, sino de silencio. No hablamos de excepción, sino de rutina… Vivimos olvidando y siendo olvidados, mirando a menudo a otro lado para soportar la realidad. Y esto, señoras y señores, nos pasa a diario. ¡Cómo no va a pasar en política!

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