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Rafael Sánchez Saus
Y ahora Marco Rubio
Estamos rodeados de cargos de confianza, que van desde los poderosos ministros nacionales o jefes de Policía a esas personas que más o menos en la sombra llevan las riendas de un ayuntamiento, una consejería autonómica o una delegación del Gobierno, con el principal y a veces único mérito de tener un padrino político. Más allá de cumplir los requisitos de formación o experiencia requeridos en cada caso, se distinguen del resto de sus iguales y acceden a esas cotas de poder gracias a la confianza depositada en ellos por algún cargo público, no siempre electo, porque a su vez también puede estar ahí por otra libre designación.
Si alguna vez se cuestiona uno de esos nombramientos, la respuesta siempre es la misma, que es un acto potestativo sometido solo al criterio de quien decide, que suele ser el político de turno. Pero cuando el cargo de confianza sale rana y se empiezan a conocer públicamente conductas reprobables y hasta delictivas nadie asume el error. Son cosas que pasan, a todos nos sorprenden o nos engañan, nos suelen decir. Esto empieza a ser un patrón en todo tipo de instancias, organismos o partidos políticos. Se sacuden las manos y se hacen los ofendidos y traicionados, hasta el punto de intentar aparecer como las víctimas de un enorme chasco.
Y es cierto, nos puede traicionar un amigo y hasta la pareja, pero porque el criterio que utilizamos para elegirlos es el amor, el cariño o cualquier motivación irracional. Los sentimientos se traicionan, sí, pero un cargo de confianza, con sueldo por encima de la media, con capacidad para decidir sobre asuntos sensibles de la vida pública y con poder sobre muchas personas, requiere otra responsabilidad a la hora de dar el dedazo. Casi haría falta algo de desconfianza.
No debería bastar con ser amigo (al contrario, tendría que contar en negativo), porque más a menudo de la cuenta se confunde confianza con compadrerío a la hora de elegir a alguien para un puesto cercano. Y tampoco debería valer el consabido “me lo metieron ahí”. Quien así lo hiciera, nombrar a alguien por afinidad personal o compromiso con otros, tendrá que saber que asume riesgos, porque lo que esa persona gestione o malverse es también parte de su responsabilidad y tendría que asumirla de forma automática. Aunque omitiéramos la culpa in vigilando –se entiende que no se puede estar en todo y además el que quiere delinquir se oculta–, existe la culpa in eligendo.
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