Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Secretos a voces
El buen tiempo de los días pasados nos ha confortado de los fríos y las lluvias y, aunque no ha terminado el invierno, ya podemos ver los primeros botones del azahar. Se acerca el tiempo en que las fiestas tradicionales sevillanas se anuncian con toda su fuerza. Principalmente me refiero a la Semana Santa, porque por encima de todas las demás, creo que es la que más nos define. Y no sé muy bien por qué, pero me sigue preocupando, como ya he escrito, la hipertrofia de las procesiones, como manifestación externa de creencias y tradiciones, y el cambio evidente de la relación del público en general con los desfiles procesionales y con la ciudad. Será porque dentro de mí sigue viviendo un niño y adolescente que admiraba la Semana Santa. Después la estudié en sus formas y me pareció un gran logro, el equilibrio de todo tipo que se conseguía, las transformaciones permanentes para que todo fuera igual, hasta la convivencia formal de lo apolíneo y lo dionisiaco, entre el orden y la forma y la fuerza vital. Equilibrio que se daba en las tragedias griegas y que Nietzsche admiraba.
Pensé durante estos últimos años que las cofradías eran capaces de autorregularse y poner equilibrio y mesura en todo lo que les concierne, pero empiezo a dudarlo. Como se ha visto en meses pasados con la imagen de la Macarena, hay decisiones de unos pocos que afectan a muchos. Tanto si la consideramos un símbolo de fe, como si la entendemos patrimonio material e inmaterial ¿unos pocos, aunque fueran unos miles, pueden decidir por todos los demás?
Quizás sea necesario un crepúsculo, un fin de ciclo para que todo pueda renacer, como en la ópera El crepúsculo de los dioses de Richard Wagner, donde se anunciaba el fin de una era de esplendor y el colapso de personas y entidades que se creían invencibles y todopoderosas, pero cuya caída no terminaba en la nada, sino en una fase de transición y renacimiento. Por cierto, siempre me ha llamado la atención lo poco que se aprecia, o al menos me lo parece, la obra wagneriana entre nosotros. Pero su trascendencia en las artes musicales, escénicas y visuales del siglo XX es de la mayor importancia.
Volvamos a la cuestión. El crepúsculo como metáfora social en realidad nos cuenta un proceso mucho más complejo que un declive o final. Tan gradual que es difícil de percibir en una imagen fija. A menudo anunciado por un esplendor formal y estético y por un gran fulgor que da paso a la noche y la reflexión. Un camino a la introspección, al origen, que está entre nosotros. Pensemos, por ejemplo, en el Vía Crucis de la Hermandad de Santa Marta en la parroquia de San Andrés la pasada semana. Para los que buscan devoción y sentimiento. Para los que buscan sobriedad y éxtasis estético. Su recorrido silencioso nos permite anunciar un renacer. En un posible amanecer de las tradiciones.
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