Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Plumas y plumajes
En estos días, en el Teatro de la Zarzuela, en Madrid, han estrenado un espectáculo al que acompañan unas propuestas escénicas nada habituales. Por ello, y más allá de la calidad mostradas en las representaciones musicales, convendría destacar la audacia de sus planteamientos. No por cuestiones formales, con esos socorridos y frecuentes atrevimientos destinados a escandalizar. Ni tampoco por recuperar una ópera como Goyescas, de Granados, junto a una pieza tan maravillosa como el Retablo de Maese Pedro, de Falla; aunque estos dos rescates merecen, ya de por sí, la mejor acogida. Lo sorprendente reside en la intención, además, de recordar el clima artístico en que cobraron vida aquellas obras: una Edad de Plata, tan olvidada a pesar de haber transcurrido solo un siglo. Por una parte, Granados, el espléndido compositor catalán adentrándose, por elección propia y de manera apasionada, en la España popular y castiza tan bien representada en los cartones de Goya. Después, Falla ilustrando con sus notas, llenas de ironía y gracia, un llamativo episodio del Quijote. Y todo ello, dónde podía ser mejor aceptado y comprendido: en el París cosmopolita de los años veinte, tutelados por el pincel y las palabras de Zuloaga, de la bailarina Antonia Mercé la Argentina, de los aplausos de Stravinski y Paul Valery. Todo un montaje simbólico, de ensueño, en el que no cuenta tanto que eso hubiera sido cierto, sino la voluntad de recrear una convivencia que entonces pudo fraguar porque la presidía el misterio aglutinador del arte. Es difícil que, ante una visión así, de intercambios de ideas, de confluencias estéticas, de aceptación de lo nuevo y distinto, no se despierte, desde la perspectiva actual, nostalgia por aquellos mundos perdidos. ¿Sería hoy posible un encuentro tan fértil, abierto hacia otras geografías, otras lenguas, otras artes, con gente de gustos tan dispares? Por eso, esta reinvención teatral y musical, de aquella Edad de Plata, tiene el doble valor de la excelente música que muestra (Granados, Goya, Falla y Cervantes, cogidos de la mano con sus majos y toreros) y, además, la estimulante complicidad que pregonan unos artistas que han hecho de un París sin fronteras, su propia casa. Escenas así, no conviene olvidarlas, aunque tal vez nunca existieron.
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