La ciudad y los días
Carlos Colón
Sánchez representa la civilización
El próximo Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía debería celebrarse en las cocheras del tranvía. Un guiño a Jaén en forma de gabinete de crisis para demoler el eslogan 'Jaén está de moda' por uno más humilde, menos grandilocuente: 'Vamos a intentar arrancarlo'.
Quizá por inercia o mímesis, Sánchez, al comprobar ese grado de cercanía con los votantes de Juanma (que mañana, por cierto, irá a divertirse a El Hormiguero), anunciaría con el bombo de La Revuelta —es un decir— un Consejo de Ministros urgente en la estación de Renfe de Jaén. Dos escenarios, las cocheras y la estación de Renfe: dos estampas que nos definen.
Nos imaginamos un pique inversor entre Sanz y Puente en el tapete de juego de Jaén. Hagan sus apuestas, no va más. Con el poder que atesoran ambos, Jaén saldría de ese ostracismo inversor con solo una buena mano. Sería digno de ver; pagaríamos las rondas con tal de verlos redoblando apuestas para que quedara claro quién tiene más grande el presupuesto.
En el peor de los casos, si tampoco en esta ocasión hicieran reales las promesas con las que nos hacen matar el tiempo, sus presidentes podrían vender cantidades ingentes de sus respectivos manuales: el contrastado e infalible Manual de resistencia de Pedro Sánchez y el de convivencia de Moreno Bonilla. Este último escribe sus primeros capítulos con la amenaza de que VOX le tire el tintero sobre el texto y las nuevas ediciones sean ya sobre la rutina más pimpinesca, más de Los Roper (referencia viejuna esta donde las haya). La ganancia editorial está asegurada, decimos, porque nuestra fidelidad de votantes está contrastada: cambiamos de amo, rotamos, pero tenemos una devoción al altísimo que roza el paroxismo.
Nos entran calores al verlos; sufrimos de exaltación pasajera, agitación mística, delirios, al fin y al cabo. No es que nos pirre una foto con ellos, es que en un arrebato les pondríamos el piso a su nombre. Así nos va: vienen, nos quebramos de tanta genuflexión y, cuando los vemos alejarse en el coche oficial, nos preguntamos qué dijeron más allá de toda la farfolla que coge en un discurso.
Pero, para más inri, ya no necesitan ni dejarnos algún titular a plazo fijo; no requieren pararse ante los medios para explicarse, para mostrarnos el camino. Les basta su presencia corpórea para hechizarnos. Da igual la importancia del tema: a Rajoy le dimos lo suyo por su querencia al plasma y ahora, a Pedro, le basta un espejo para explicarse cuando le apetece.
En tierra dada a místicas devociones, a algunos les parecerá poca cosa la adhesión a nuestros líderes si la comparamos con el ayatolá americano. La imposición de manos de los pastores de aquellas tierras al sumo hacedor mundial es una imagen inclasificable, que da 'cosica' ajena; entre distópica y gilipollesca, a la par.
Y con esta devoción insana se nos nubla la vista, el juicio y las entendederas. Nos basta una palabra suya para convencernos. Aquí estamos, dispuestos al sacrificio.
También te puede interesar
La ciudad y los días
Carlos Colón
Sánchez representa la civilización
Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Teatro en las calles
Brindis al sol
Alberto González Troyano
Malos tiempos para la Política
El salón de los espejos
Stella Benot
Qué alegría da una conversación
Lo último