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Vienen tiempos oscuros para las democracias liberales y el libre comercio mundial, tiempos extraños donde han confluido la tesis que José Luis Rodríguez Zapatero venía defendiendo para Venezuela y la propuesta que la CIA presentó a Donald Trump y Marco Rubio: sustituir a Nicolás Maduro por Delcy Rodríguez, para que fuera ella quien liderase un desmontaje controlado del chavismo. Por crudo que se antoje, tanto la inteligencia norteamericana, como Zapatero y, en definitiva, todos quienes pisaban el terreno tenían a María Corina Machado como refractaria a cualquier concesión al chavismo, una mujer impetuosa, partidaria de la ruptura belicosa, no de las transacciones ni de los apaños que estas transiciones conllevan.
A Trump no le gustan los héroes nacionales como Zelenski y Machado, todos fuimos testigos televisivos de cómo humilló al líder ucraniano en un bochornoso encuentro en el que hasta se mofó de su vestimenta militar, hubiera preferido que aceptase la propuesta claudicante de Putin y pusiera el punto y final a la guerra. Fueron la CIA y dos sucesivos enviados de Trump a Venezuela quienes llegaron a la conclusión de que Machado podía ser otro Juan Guaidó o un Leopoldo López más, pero ha sido Trump quien ha añadido unas gotas de ese desprecio malsano al calificarla como una dirigente que no tiene ni “apoyo interno” ni el “respeto” de los venezolanos. La concesión del Nobel de la Paz a María Corina no fue la causa de la ruptura con la administración norteamericana, pero Trump sí se lo tomó como algo muy personal, tanto que la aludida ha querido retractarse de la aceptación del galardón de la Academia con un reparto del premio.
Nos queda la duda de qué hubiera pasado si María Corina Machado hubiese estado en Venezuela el pasado 3 de enero, qué habría ocurrido si se hubiese echado a la calle con sus seguidores las horas posteriores a la captura de Nicolás Maduro, lo que nos da a pensar que, incluso, su traslado a Oslo para recibir el Nobel fue una “extracción” del otro obstáculo.
Los hermanos Rodríguez –Delcy en la más alta magistratura del Estado y Jorge, en la segunda, al frente de la Asamblea legislativa– han sido finalmente los elegidos por Marco Rubio, probablemente el único interesado de la administración de Trump en llevar a Venezuela a una democracia.
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