Hay cuestiones sobre las que no me gusta escribir, como es decir adiós a los amigos. En los últimos tiempos lo he hecho en varias ocasiones. Espero tardar tiempo en volver a hacerlo pero si la aciaga ocasión se presenta lo volverá a hacer como un acto de amor y esperanza. Amor hacia el amigo y esperanza de volver a encontrarnos en la eternidad. Hace unos día falleció en nuestra ciudad Enrique Cerdá Olmedo, el genético más relevante de España y Catedrático de Genética de la Universidad de Sevilla. En nuestra prensa local, los diferentes medios han recogido la noticia y han puesto de manifiesto su impresionante trayectoria científica, del que la ciudad y la Universidad de Sevilla, y las distintas Academias a las que pertenecía deben sentirse orgullosas. Por ello, en esta contribución a mi querido Diario de Sevilla no voy a incidir en estos temas ya que el propio diario, así como otros ya lo han hecho con justicia. Como en otras ocasiones voy a incidir en aspectos más personales que ponen de manifiesto la talla personal y humana de los amigos que nos dejan. Enrique Cerdá era un amigo, un buen amigo, no solo mío o de mi esposa, sino de mucha gente. Por ello estoy seguro, que para muchas personas la partida de Enrique deja un claro sentimiento de abandono, de soledad no deseada. Sí quiero destacar un aspecto sobre el que, a veces, cuando se destaca la labor de un científico, se describe un poco superficialmente. Era un excelente profesor. Fue mi profesor en el año 1973 y, desde entonces, aparte de colaborar científicamente, tuvimos el privilegio de disfrutar de su amistad mi esposa y yo. Son 52 años de disfrute de una persona de gran valor humano, cálida y de una vasta cultura. Como profesor me dejó una profunda huella en relación con su capacidad de transmisión de conocimiento y estilo didáctico. Junto con el profesor García Novo, que también nos ha dejado este año, fueron dos referentes de cómo transmitir conocimiento. De hecho, a mediados de los años setenta ambos profesores representaban para nosotros un tándem, se decía Fuco y Cerdá, de profesores progresistas (“progres”) a los que queríamos emular. Quiero recordar aquí, con cariño y agradecimiento porque así todos aprendíamos más, la peculiaridad de Enrique, sonrío al contarlo, de llevar la iniciativa en todos los diálogos. En nuestra casa, Teresa, mi esposa, y yo, tenemos una lámpara, de estilo de Granada. Enrique era granadino y este fue su regalo para nuestra boda, que nos lleva iluminando la casa 41 años. Todo un símbolo de amor y amistad de Enrique en nuestra casa. En estos años también he tenido ocasión de reunirme con Enrique y otros de sus amigos y disfrutar de su compañía y capacidad de transmisión de conocimiento. Recordaremos siempre los buenos ratos en su casa con él y con Mariquilla. Recibid nuestro cariño Mariquilla, Natalia y Arturo, sus seres más queridos. Querido Enrique, amigo del alma, nos veremos en la eternidad.