Este extraño título no significará nada raro para todos aquellos que conozcan los valores táctiles de la escultura como contemplamos en El ciego de Gambazzo, cuadro de Ribera, posible alegoría del sentido del tacto. Sin embargo, resulta ser la denominación de un original, didáctico y ameno libro, dedicado a comentar la arquitectura, las artes plásticas, los oficios, el patrimonio artístico, es decir, en pocas palabras, el arte en general, reciente publicación de Miguel Sobrino, dibujante, escultor, profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid.
Libro dedicado “A mis alumnos. A mis maestros”, que asombra desde el comienzo de su lectura ya que el autor observa esas pequeñas irregularidades o, tal vez, imperfecciones que, paradójicamente, contribuyen a la perfección de la obra de arte aunque la belleza sea el resultado de actuar con precisión, porque “lo bello es la consecuencia de lo justo”. Desde la cocina del arte, las bibliotecas y librerías o la vajilla de Benvenuto Cellini nos introducen en la escultura de la miguelangelesca Pietà Rondanini y aquellas artistas de la Antigüedad, “hijas de Minerva”, citadas por Plinio o las otras medievales como la Sabine Von Steinbach de la catedral de Estrasburgo, además de la maestra Mari Rodríguez, directora del taller de vidrieras de la catedral de Cuenca en el siglo XVI, culminando con la genial Luisa Roldán, por no mencionar más nombres. Miguel Sobrino se encuentra como pez en las claras aguas del Renacimiento pero también nos introduce de mano maestra en nuestro Siglo de Oro con Velázquez y lo mejor de la arquitectura hispánica.
El capítulo dedicado a las casas de los artistas bien podría figurar en un buen programa de Historia general del arte así como aquellos dedicados al paisaje español, a veces, tan maltratado por la vida moderna y las rutas turísticas. Por otra parte, qué difícil salvar nuestros pueblos de la destrucción del entorno con plantas fotovoltaicas y generadores de 200 metros de altura (dos veces la Giralda) como en el caso del macroproyecto de una empresa danesa que amenaza el paisaje del Maestrazgo turolense a cambio de unos cuantos millones repartidos a los ayuntamientos de la comarca. En este sentido, el autor imagina lo que podría ser un Ministerio de Patrimonio Histórico y Medio Ambiente, encargado de preservar lo que nos queda.
Los extraordinarios viajes de los artistas y sus consecuencias así como los de las piedras que viajan desde lejanas canteras para convertirse en catedrales; la música y la jardinería, la arquitectura y la escultura clásicas, constituyen las páginas de este breve tratado de estética al alcance de todos, escrito por un artista que sabe escribir cuyo epílogo es una carta abierta a un cantero donde se expresa la defensa del trabajo a mano frente a la invasión de la máquina. Como decía Rodin, lo que se hace con tiempo, lo respetará el tiempo.