La tribuna

Manzanilla y miel

Manzanilla y miel

Miembro Del Consejo De La Asociación Española Contra El Cáncer

Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverum reverteris.

EMPEZÓ la Cuaresma, hay que prepararse. Hemos vuelto al que, para muchos, es punto de partida. Pasó el año como pasa una puesta de sol en La Jara, en tres minutos que son como una vida. Conforme me hago grande, siento que el tiempo corre, vuela y se pulveriza. Para rebajar esa velocidad he ido adquiriendo una consciencia superior de cada instante y cada día que vivo. Estoy más atenta a lo que soy y a lo que puedo llegar a ser. A lo que se espera de mí y a lo que debo hacer. Y lo que se espera de mí y debo hacer justo en este momento son torrijas. Organización lo primero, no se podrá realizar la maravilla si no prevengo cómo voy a disponer del tiempo necesario. Los asuntos de Dios no se despachan en un momento y este dulce cuaresmal es cosa del Altísimo. El pan es su cuerpo y el vino su sangre. Por este motivo no deben ser de leche, que es cosa de franceses. (Emplazo la polémica que ineludiblemente se va a desatar para más adelante). Una vez decidido cuál será mi día de hacer torrijas, calculo qué cantidad voy a ejecutar, sabiendo de antemano que, seguramente, será ingente. Las tradiciones son sistemas regulatorios de la conducta y a mí, la de cocinar torrijas me vertebra el año, y la de regalarlas embellece mi vida, porque la sencillez de este dulce lo convierte en un gesto de solera, paciencia y cariño.

Para que se haga la magia tengo que ir a por la miel Montes de Aznalcóllar de Antonio M. Montes, que es un apicultor del pueblo que ya está dicho, a por el pan del Horno de San Roque, en la calle Recaredo y la manzanilla de la Cooperativa Vitivinícola Sanluqueña (Covisan), que es la que se bebe ahora en casa en virtud de las decisiones de mi padre.

Avanti con la polémica: ¿Cuántos habrán leído la lista de ingredientes que acabo de compartir y se les ha levantado una ampolla porque en sus casas no se hacen así? Y es que hay tantas formas de elaborar torrijas como familias en el mundo. Podría decirse que sucede igual que con el gazpacho, pero no, porque aquí estamos hablando de un dulce emocional. Las torrijas duelen. Cuando alguien me dice que no le gustan las mías por ser de manzanilla y miel, me araña el corazón. No me aflige por mí, ni siquiera por mi madre, sino por mi abuela. Estas recetas se saltan una generación. No pasan de madres a hijos, sino de abuelas a nietos. Son patrimonio familiar, la herencia de un bien inmaterial, que al contrario que el dinero o las fincas, no rompe familias, sino que las une. Un legado que hace de catalizador del amor, el que sentía por su gente esa abuela que te enseñó a enmelar la vida. Si la tuya las hacía de leche, azúcar y canela, así sean. Si te enseñó a usar vino dulce, ve ahora mismo a comprar el mejor moscatel de Chipiona. Y si había pocos posibles y no se podía endulzar con miel sino con agua y azúcar, ponte ya a hacer el almíbar. Sea como sea, el sabor de nuestras torrijas detiene el tiempo y dulcifica la memoria.

También te puede interesar

Lo último

stats