Desde el Bautismo del Señor hasta que me como la primera torrija, el tiempo está vacío. Con esta frase bromeaba con mucha gracia un conocido a cuenta de los días que transcurren entre Navidad y Cuaresma. La Iglesia, que organiza el año en tiempos litúrgicos para celebrar los misterios de la vida de Cristo, a este espacio temporal que a tantos les resulta fútil, lo llama Tiempo Ordinario. La propia denominación nos puede hacer creer que es menos especial que los de Adviento, Navidad, Cuaresma o Pascua. Sin embargo, este tiempo que parece neutro, es en realidad el más desafiante, pues es el de la vida cristiana cotidiana, sin grandes solemnidades, con profundidad y constancia. Me paro a reflexionar sobre este asunto porque nos ha tocado existir en una época en la que se considera que si no llenas los días de experiencias altamente estimulantes, tu vida es anodina. Como si ser capaz de disfrutar, encontrar satisfacción en el día a día y no anhelar continuamente lo que está por venir fuera una insignificancia.
Hay un concepto psicológico que define esta forma de pensar y se llama Falacia de la llegada. Es la creencia de que la felicidad y la plenitud están siempre al otro lado del próximo logro, hito o acontecimiento. Un espejismo que nos mantiene en movimiento pero que nunca nos da la paz, pues en cuanto lo alcanzamos deja de interesarnos y surge inmediatamente un nuevo horizonte. Sevilla es maestra en el manejo de este concepto, pero moldeándolo a su forma. Aquí se desea con denuedo que llegue el evento que marcará una fecha señalada en el calendario (otra más). Si bien, hay que decir en nuestro abono que, para nosotros, este ciclo no tiene sabor a desilusión, sino muy al contrario. Por eso, cuando aún no ha nacido el Rey de reyes, ya soñamos con verlo montado en una burra bajando por la rampa salvadora de la felicidad. Locos por verle la espalda a Baltasar en la cabalgata con ganas irrefrenables de sentir el picor del olor a incienso en la nariz y agobiados desde el mismo Miércoles de Ceniza porque, sin que haya empezado, el sueño ya ha terminado. Las niñas planchan los volantes del traje de flamenca que van a estrenar mientras sueñan con el que se harán el año que viene. Este es el modo de vida de los hispalios que pertenecen al grupo que llamo “los del ansia viva”. Pero reconozcamos que no todos los sevillanos son alegres y jacarandosos, también existe la tribu de los tristones. Son los que tienen las mismas ganas de llegar al veraneo como de volver a la rutina (odio esa frase con toda mi alma). Estos seres desean escapar de la diversión aún más deprisa de lo que quieren llegar a ella. Tanto los unos como los otros tenemos siempre la mira puesta en un objetivo que perpetúa un ciclo interminable que, para los primeros es de ilusión y para los segundos, de insatisfacción. Queremos que todo pase para que todo llegue.
Yo me identifico claramente con los del ansia viva, y a ellos dedico este escrito que finalizo con una frase que arregla el estado de ánimo de cualquiera: Señores, esto ya está aquí.