La tribuna

Valiosas crónicas sevillanas

Valiosas crónicas sevillanas
Antonio Montero Alcaide
- Escritor

El presentismo, como inconveniente, inoportuna y poca juiciosa proyección de los valores del presente en el pasado, no solo interviene en el tiempo contemporáneo, sino en casi todos los presentes con respecto a sus tiempos pretéritos, pues la historia no queda a salvo ni de las subjetividades de la memoria sin sustento historiográfico, ni tampoco a destiempo de los juicios y las valoraciones que menoscaban la historicidad. Los historiadores, además, se suceden en el tiempo a partir de los primeros humanistas, que relataron crónicas como materia de la propia historia. Y en el elenco de los cronistas sevillanos figura, así, el también periodista Justino Matute y Gaviria (1764-1830), que completó, con referencias de 1700 a 1800, los Anales Eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, metrópoli de Andalucía. Fueron estos iniciados por Diego Ortiz de Zúñiga (1633-1680), con lo acontecido durante más de cuatro siglos, entre 1246 y 1671. Y Antonio María Espinosa y Cárcel, muerto en 1800, los amplió hasta 1700. Gran valor tiene esta obra cronística, ya que ofrece constancia de hechos y acontecimientos singulares. Valga como muestra la epidemia que causó gran mortandad en la Sevilla de 1709, contada por Justino Matute. Durante los dos años anteriores, muchas lluvias y arriadas “dispusieron la naturaleza á padecer enfermedades”, y una plaga de langostas devoró los campos, por lo que el precio del pan “se tenía á gran fortuna poderlo alcanzar”. En marzo de 1709, las calenturas y las fiebres “principiaron á malignarse, y pareció necesario recurrir á la divina misericordia”. Más de veinte mil personas, detalla Matute, se reunían diariamente, en las Gradas y en el Palacio Arzobispal, para recibir las limosnas que el arzobispo y el Cabildo Eclesiástico distribuían entre gentes “faltas de alimento, de ropas y de aseo; de modo que era intolerable el hedor que exhalaban sus cuerpos”. Hasta finales de junio de ese año 1709, la mortandad hizo estragos entre las personas de “las primeras clases”, pero los pobres lo tuvieron bastante peor –nada nuevo–: “De diez mil que entraron á curarse en el hospital del Amor de Dios, murieron mil; y setecientos en el hospital de la Sangre, en que habian entrado seis mil. En el Sagrario se enterraron con copia y noticia hasta dos mil, y otros tantos en Santa Ana de Triana. Sólo la hermandad de la Caridad condujo á la sepultura dos mil pobres; habiendo llegado el número de muertos, segun el cálculo jurídico que se formó, á trece mil personas”. La Gran Peste de 1649 fue todavía más severa y, por eso, a estas fiebres de comienzos del XVIII un médico sevillano, Salvador Leonardo de Flores, las consideró, en un opúsculo que publicó en 1710, Crisis epidémica. Detalle de interés, uno de los muchos canónigos que fallecieron fue Gaspar Esteban Murillo, el 1 de mayo de 1709, “hijo del célebre pintor de su apellido”. Valiosas crónicas sevillanas.

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