El último excéntrico
Primera infancia | Crítica
Periférica publica las valiosas memorias de niñez de Lord Berners, escritor, pintor y compositor inglés que combinó de modo muy notable el talento, el buen humor y la extravagancia
La ficha
Primera infancia. Lord Berners. Trad. Ángeles de los Santos. Periférica. Cáceres, 2026. 192 páginas. 18,50 euros
Las mil pintorescas anécdotas referidas a Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson, más conocido como Lord Berners, no deben ocultar que fue, por encima de sus caprichos y de su diletantismo, un hombre de genio, merecedor de una semblanza que supera el retrato de Lord Merlin –personaje por él inspirado– en la deliciosa novela de su amiga Nancy Miford, A la caza del amor. Es verdad que trató de cerca a otras muchas figuras importantes, baste citar a Evelyn Waugh, Harold Acton, Max Beerbohm, los hermanos Sitwell, Maurice Bowra, Gertrude Stein o Ronald Firbank, pero su rica personalidad no se reduce a sus cualidades como cómplice y anfitrión de celebridades. Pese a su aspecto poco agraciado, Berners fue un esteta de gustos exquisitos, abierto a las corrientes europeas y al día de las innovaciones del modernismo. Si como pintor apenas rebasó el estatuto de aficionado, su obra como compositor fue elogiada por Stravinsky y es reconocida como una de las más originales de su tiempo. También escribió narrativa, relatos satíricos y una novela en clave, Las chicas de Radcliff Hall (1932), jugando con el nombre de la autora casi homónima, donde aparecen retratados como colegialas él mismo –que firmó el libro con seudónimo– y su círculo de amigos gays. First Childhood (1934), el libro rescatado por Periférica en traducción de Ángeles de los Santos, es la primera parte de una tetralogía autobiográfica que recrearía el itinerario del hombre a quien su biógrafo Mark Amory definió como el último excéntrico.
“Mi padre era mundano, cínico, retrógrado, flemático y no toleraba ninguna clase de inferioridad. Mi madre era sensible, ingenua, impulsiva e indecisa, y en presencia de mi padre era cuando peor se sentía”. La caracterización que hace Berners de sus padres puede dar una idea de la precisión de su prosa afilada, nada complaciente. Si el primero era un oficial de la Marina que apenas paraba por casa, la segunda, volcada en sus aficiones, la equitación y la caza del zorro, tampoco echó mucha cuenta de un niño, hijo único, que fue criado por sus abuelas –la bondadosa señora Farmer y la oscura Lady Bourchier, una fanática– cuyas influencias se ceñían a los entornos respectivos, igualmente antagónicos: Arley, una enorme casa neogótica de finales del XVIII, asociada por el pequeño a la plenitud, y la sombría Stackwell. Hay otros personajes, dos tíos solteros, un ama de llaves que ejerció como Mamá Oca o la odiosa prima Emily, huérfana acogida y secreta artífice de una dominación pasiva. Y la más modesta casa de Althrey, donde el niño, que muestra una escandalosa preferencia por las muñecas, es instruido por un joven sacerdote y una institutriz suiza, antes de ingresar en Elmley. Los recuerdos ligados al primer año del colegio, en duro régimen de internado, aportan el otro escenario del memoir. Dirigida por un sádico –compararlo con el marqués, dice Berners, sería injusto para el aristócrata– que inspira en los alumnos un terror permanente, la institución impone una disciplina carcelaria que se le hace más gravosa por su escasa afición a los deportes. Una enfermera diagnostica que se trata de un niño excesivamente imaginativo. La atracción por un compañero mayor, Longworth, que en perspectiva adquiere un ingenuo pero inequívoco matiz sexual, conlleva el primer desengaño.
El memorialista hace gala de su reconocido ingenio y de una ironía depurada
La temprana conciencia de su diferencia y el deseo de escapar a la rigidez mental y la severa moralidad victoriana, con su insistencia en la virtud de la hombría, son para Berners, que reniega de “aquella odiosa masculinidad”, parte de lo peor de aquellos años que contienen sin embargo momentos luminosos, asociados a los paisajes queridos, el descubrimiento de la música o el amor por los pájaros. El memorialista hace gala de su reconocido ingenio y de una ironía depurada, pero también toca la fibra sensible del lector y se gana su admiración por su capacidad para retratar la psicología infantil. De un modo muy físico, vemos al niño que llevaba dentro. Respecto a la extravagancia, toda una autoridad en la materia, su amiga Edith Sitwell, dictaminó: “No soy una excéntrica. Lo que pasa es que estoy un poco más viva que la mayoría”. Refiriéndose a sí mismo, el propio Berners, en su epitafio, lo diría de otra manera: “Rara vez se aburría”.
Alas de colores
Berners fue un estudiante mediocre y un diplomático discreto –con destinos en Constantinopla y Roma– antes de heredar en 1918, de forma al parecer insospechada, la baronía de un tío lejano. El legado incluía la finca de Faringdon House, en Oxfordshire, que primero cedió a su madre y después, tras su muerte, habitó él mismo, convirtiéndola en retiro y lugar de encuentro. Además de abrirla a la visita de personajes ilustres, como los arriba citados y otros, entre ellos H. G. Wells, Cyril Connolly o Leigh Fermor, que dejaron constancia de sus impresiones, Berners celebró en ella veladas surrealistas que atrajeron a la bohemia elegante, particularmente en los años de anteguerra. Allí convivió abiertamente con su joven amante y futuro heredero, Robert Heber-Percy, a quien apodaban el Muchacho Loco (Mad Boy), para quien construyó una torre de treinta metros de altura, recuperando el uso dieciochesco de las estructuras inútiles. Por todas partes disponía carteles con leyendas cómicas o absurdas. La de Faringdon Folly decía: “Quienes se suiciden desde esta torre lo harán bajo su propio riesgo”. Tuvo como mascota una jirafa, se servía de una máscara de cerdo para asustar a los vecinos, incrustó un clavicordio en su Rolls-Royce, soltaba palomas con alas de colores. Una vez investido, sólo asistió una vez a la Cámara de los Lores, aclarando que no regresaría porque un obispo le había robado el paraguas.
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