José Luis Marín Weil
Una ciudad sin tascas
La bandera blanca y verde volvió a las calles como se vuelven las certezas que parecían perdidas. El 28 de febrero de 1980, Andalucía amaneció cubierta de telas agitadas por el viento y por una expectativa compartida: decidir cómo quería gobernarse a sí misma. En las ocho provincias, también en Jaén, miles de personas siguieron un escrutinio que empezó con euforia y terminó dejando un poso de incertidumbre, de celebración a medias, de preguntas abiertas.
Aquella noche, en el Casino de la Exposición de Sevilla, convertido en centro de seguimiento, los números fueron dibujando un mapa emocional. La normativa exigía superar el 50% del censo en cada provincia y, durante horas, el sueño andaluz pareció tropezar en territorios marcados por la emigración y los desajustes censales. Jaén y Almería aparecieron como los nombres que resistían en la pizarra, recordando que la historia rara vez avanza en línea recta.
Décadas más tarde, historiadores como el doctor Manuel Ruiz revisitan aquel proceso para matizar el relato simplificado que ha quedado en la memoria colectiva: el 28-F, sostienen, no fue el final de la historia, sino el momento en que comenzó la batalla política que terminaría definiendo el alcance real de la autonomía andaluza.
Ruiz explica a Jaén Hoy que el primer requisito del procedimiento del artículo 151 —el respaldo de los ayuntamientos— se superó “con absoluta normalidad” en la provincia jiennense. Sin embargo, el principal problema llegó con el censo. “Jaén es una provincia de mucha emigración y los censos no estaban actualizados. Mucha gente seguía empadronada, pero no podía votar”, señala sobre una situación que, a su juicio, condicionó el resultado de las votaciones.
La noche del referéndum, el Gobierno anunció que el proceso no se había superado en varias provincias, entre ellas Jaén. No obstante, los recursos presentados por partidos del espacio andalucista y de izquierdas en determinadas mesas —precisamente por esas deficiencias censales— permitieron revertir la situación. “Jaén finalmente lo superó. La única provincia que quedó fue Almería”, resume el investigador, que subraya que incluso allí el respaldo a la autonomía fue mayoritario.
Para Ruiz, la clave estuvo en la normativa que reguló la consulta. La ley exigía el voto afirmativo de la mitad más uno del censo electoral, un requisito especialmente difícil en territorios con fuerte emigración. “Todos los partidos se las prometían felices porque, sumando votos, el referéndum se hubiera superado. El problema fue la ley de referéndum”, sostiene.
El historiador recuerda que formaciones como el Partido Comunista y el Partido Andalucista plantearon enmiendas para permitir que, si una provincia no alcanzaba el requisito, las demás pudieran avanzar y esa provincia repetir la votación más adelante. Esa propuesta no prosperó en el contexto político del momento, marcado por el equilibrio entre PSOE y UCD.
En ese escenario, Andalucía terminó convirtiéndose en un asunto de alcance estatal. “Se lía tal problema de Estado que lo que estaba en juego era la credibilidad de la democracia y de la propia transición”, afirma Ruiz, que sitúa el proceso en un momento de gran inestabilidad política, con el Gobierno de Adolfo Suárez en declive y el ruido de fondo de los rumores de golpe de Estado.
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