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El brillo que resistió al tiempo: 'Prematuro', el último limpiabotas de Jaén

Jaén Retro

El autor escribe una semblanza histórica de un personaje histórico de la ciudad

«Prematuro» El último limpiabotas de Jaén. / Cedida por la familia

Hubo una época en la que el brillo de unos zapatos era mucho más que un signo de aseo. En la España de la posguerra, marcada por el hambre y la penuria, mantener el calzado impoluto se convirtió en un gesto de dignidad casi revolucionario, un acto de decoro al alcance incluso de quienes apenas tenían para comer. En plazas, estaciones y cafés de cualquier rincón del país, la figura del limpiabotas —con su caja de madera gastada por el uso, sus betunes olorosos y sus trapos hábiles— se convirtió en testigo silencioso de la vida que bullía a ras de suelo. Era un oficio nacido de la necesidad más apremiante, sí, pero ejercido con una destreza casi artesanal que lograba convertir la subsistencia en orgullo.

A partir de los años setenta, con el despegue económico y la transformación de las costumbres, aquel ritual callejero comenzó a desvanecerse de nuestras aceras. El progreso, con su prisa y sus zapatos de sport, fue arrinconando a sus protagonistas. Sin embargo, en el corazón de Jaén, un hombre se empeñó en desafiar al olvido y mantuvo viva la llama de este oficio hasta bien entrado el siglo XXI. Su nombre era Juan García Moya, pero para toda la ciudad fue, y siempre será, simplemente «Prematuro».

El nacimiento de un apodo para toda la vida

Su hija, Raquel García, custodia con celo y emoción la memoria de su padre. Nos cuenta que Juan vino al mundo el 11 de junio de 1932 y que vivió en una casa de la calle La Cuna, muy cerca de los Baños Árabes. Nació tan «Prematuro», tan diminuto, que nadie le daba esperanzas de vida. Pero sobrevivió. Y de aquel comienzo milagroso le llegó el apodo que lo definiría para siempre. Su madre, Catalina Moya Hidalgo, era natural de Mancha Real, y su padre, José García Aranda, completaba los ingresos familiares comprando décimos de lotería y vendiendo participaciones.

A lo largo de los años, Juan desempeñó muchos oficios para sacar adelante a los suyos. Raquel no recuerda con exactitud en qué edificio trabajó como portero —un lapsus que, más que olvido, delata lo mucho que su padre tuvo que bregar en aquellos tiempos difíciles—. Más tarde pasó por la desaparecida Imprenta Gutenberg, por los grandes almacenes Simago, donde hizo de limpiador y vigilante, y por el Instituto Virgen del Carmen. Después lo reclamaron para repartir el Diario Jaén, tarea que compatibilizó con otros trabajos hasta su jubilación. Pero, como repite su hija una y otra vez, su primer y último oficio, su verdadera vocación, fue el de limpiabotas. A su modesto puesto, con ese humor digno que lo caracterizaba, lo llamaba sencillamente «mi industria».

El legendario limpiabotas "Prematuro" en plena faena, lustrando los zapatos de Joaquín Sánchez Estrella. 1996. / Cedida

Un ritual de oficio y elegancia

Con su característica bata azul marino, su imagen era inconfundible. Cada jornada constituía un ritual exacto, casi sagrado. Con delicadeza, colocaba cartones para proteger los calcetines, espantaba el polvo con mimo de cirujano y extendía la anilina al agua como quien pinta sobre un lienzo diminuto. El broche de oro lo ponía la crema Sanz, frotada con enérgica paciencia hasta arrancarle al calzado un brillo de espejo. «Tengo la profesión más brillante del mundo», repetía socarrón, con un Farias danzando en la comisura de los labios.

Su taller fue la ciudad. Nómada de esquinas, se instaló en los lugares donde latía el pulso urbano: el Gran Salón Italia —luego Manila—, un local en San Clemente, la puerta del Café-Bar Casablanca, en la plaza de Las Palmeras (hoy Constitución), y, por último, el Café-Bar Baviera, en Virgen de la Capilla. Allí donde posaba su caja echaba raíces. Cada rincón fue, durante años, su oficio, su tertulia y su privilegiado mirador.

Limpiabotas (betuneros) trabajando delante de Almacenes Antón, años 50. En la imagen, el Café-Bar Baviera, en Virgen de la Capilla, uno de los lugares donde solía ubicarse "Prematuro".

Más que un oficio: un cronista de la ciudad

Prematuro no solo limpiaba zapatos; pulía historias. Arrodillado a los pies de sus clientes, se convirtió en un confidente accidental de generaciones enteras. Con su trato amable y su verbo fluido, conectaba por igual con todos, especialmente con los vecinos del barrio de La Magdalena, donde residía. Con orgullo, relataba a quien quisiera escuchar las anécdotas que acumulaban polvo en el calzado ajeno. «Al ministro Joaquín Ruiz-Giménez le di lustre», presumía, y también a los toreros el Choni y Paquito Muñoz. Como todos los de su gremio, fue un notario discreto de los rumores, las alegrías y las penas de una ciudad en transformación.

Una de sus batallas más célebres tuvo lugar en el desaparecido Hotel Rosario, frente al Reloj de Sol de la Catedral. Un día, se plantó ante él un capitán de Caballería con unas botas y polainas que parecían haber cabalgado por media España. Todo un desafío. Pero Prematuro no se amilanó. Desplegó su arsenal secreto —limones, tintes, cremas— y se entregó a una lucha épica de una hora entera, «dale que te pego», hasta que el cuero militar refulgió «como los chorros del oro».

Satisfecho, el capitán le tendió tres pesetas. Prematuro, mirando a la autoridad con la seriedad de un comerciante que hace números, le espetó: «¿Cómo, mi capitán, que tres pesetas? Si solo los limones, un kilo entero, me han costado cuatro en la Plaza de Abastos». Y lo sabía bien, porque su madre los vendía allí. Ella iba a los huertos de otros a trabajar y le pagaban con las hortalizas sobrantes, que después vendía. Así que, de paso, hacía doble negocio: para él y para su madre. La anécdota, contada y recontada, resumía a la perfección su carácter: orgullo de artesano, sentido del negocio y una chispa de atrevimiento que le granjeaba el respeto de todos.

Su personalidad desbordaba el marco de su caja. Era muy aficionado a componer versos y recitarlos a los clientes, que eran, al fin y al cabo, a quienes debía convencer para que se dejaran limpiar los zapatos. Su pasión por el Real Jaén era tan inmensa que en el Estadio de la Victoria llegó a ser «portero», aunque no en el sentido futbolístico: vigilaba que los aficionados no se colaran en las gradas más caras. Su jerga pintoresca, cargada de humor y sabiduría popular, lo convertían en un personaje inolvidable.

El útimo reflejo de una era

Juan «Prematuro» García Moya falleció el 22 de noviembre de 2017, a los 85 años. Pasó sus últimos años en Mancha Real, el pueblo de su madre, hasta que finalmente se apagó su existencia. Con él no se fue solo una vida, sino el último eco de un oficio que fue arte, servicio de proximidad y una lección de resistencia. Su historia es la de toda una época: la lucha por la subsistencia en la posguerra, la dignidad del pluriempleo para sacar adelante a una familia, la profesionalidad en la tarea bien hecha y la silenciosa desaparición ante un mundo que cambió de ritmo y de calzado.

Hoy, cuando el oficio de limpiabotas ha quedado relegado al recuerdo, evocar a Prematuro es rescatar la memoria de un trabajo honrado. Es recordar a aquellos hombres que, desde la humildad más absoluta, mantuvieron no solo el brillo del calzado, sino el de la dignidad personal en tiempos difíciles. Juan García Moya, «Prematuro», lustró con su oficio y su vida la propia historia de su gente, dejando un legado de orgullo y humanidad que sigue brillando en el recuerdo colectivo de Jaén.

Su hija Raquel lo sabe. Por eso guarda su fecha exacta, sus lugares, sus silencios. Porque mientras alguien en Jaén recuerde al hombre de la bata azul que sacaba brillo a los zapatos y a la vida, Prematuro seguirá lustrando, desde alguna nube de betún y tabaco, los pasos de su ciudad.

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