Ernesto, 90 años de memoria de La Puerta de Segura: “Comíamos hierba hervida porque no había pan”
El jiennense sorprende con un testimonio desgarrador de una infancia marcada por la pobreza, la desigualdad y la supervivencia en el campo
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El programa de Canal Sur 'La tarde, aquí y ahora', conducido por Juan y Medio, se ha convertido en un confesionario de vidas de andaluces que parecen increíbles de tan solo escucharlas. Historias que sorprenden, conmueven y muestran cómo la memoria de generaciones anteriores guarda lecciones de resistencia, sacrificio y dignidad.
Entre tantos jiennenses que han pasado por el programa se encuentra Ernesto, un hombre de 90 años de La Puerta de Segura. Durante su visita al programa cautivó la fuerza de su testimonio y su impecable estado físico a sus nueve décadas de vida. Allí, bajo los focos del plató de televisión, compartió recuerdos de una infancia marcada por la escasez, la desigualdad y la responsabilidad temprana.
Criado junto a varios hermanos, no conoció a su padre hasta los dos años y medio, ya que este se encontraba en la guerra. La familia vivía en extrema precariedad: su madre, empleada del hogar, y su padre, campesino, apenas tenían algo que llevarse a la boca. "Recuerdo pedirle pan a mi padre o a mi madre y que te dijeran que no teníamos", relató. La falta de recursos les obligaba a comer hierba hervida, pues todo era tan caro que “un jornal y medio apenas alcanzaba para comprar un kilo de pan”.
Ernesto no dudó en reflejar también la desigualdad social de su pueblo: "Allí en La Puerta, había ricos que tenían muchísimo trigo almacenado y muchas olivas y otros pasando hambre". Además, también señaló episodios en donde fueron despreciados por sus propios vecinos. El valor que tiene que tener una persona bien vestida, bien calzada y bien comida, llegar los gorrinos al pueblo y no ver al porquero. Salid a buscarlo, ¿no? Pues no fue nadie", reprochó. Durante su infancia, dormía en una cuadra en invierno y al raso en verano, hiciera aire o no, bajo la dureza de un día a día que forjaba carácter y resistencia.
Con apenas cuatro años, comenzó a cuidar el ganado, regresando a casa cada quince días solo para lavar la ropa y volver al campo. Su relato, desgarrador y lleno de dignidad, se convierte en un testimonio vivo de resiliencia y de las penurias de quienes crecieron en tiempos difíciles, un espejo que invita a reflexionar sobre el valor de lo cotidiano y la lucha por sobrevivir.
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