El hombre que nunca abandonó el monte: “La sierra no ha sido mi trabajo, ha sido mi casa”
Tras 42 años como vigilante forestal, Narciso García abandona la caseta de Caballo Torraso, pero no su vínculo con el entorno natural
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Durante más de cuatro décadas, Narciso García no ha vigilado la sierra, sino que ha convivido con ella. Nació en un cortijo, en El Puntal, se crió entre pinos y barrancos y, casi sin darse cuenta, convirtió ese paisaje en su lugar de trabajo y en su forma de vida. Recién casado, con una hija recién nacida y el monte como único horizonte posible, comenzó en 1983 como vigilante forestal y, hasta este 2025, la caseta de Caballo Torraso (JV-303), en pleno corazón de la Sierra de las Villas, ha sido su segunda casa.
Habla de la sierra como quien habla de alguien cercano. La conoce porque la ha recorrido entera, porque la ha observado de día y de noche, cuando en aquel entonces el trabajo exigía presencia permanente las veinticuatro horas. Primero como vigilante, después con la llegada de nuevas empresas y responsabilidades, ampliando meses, funciones y territorios. Especialista forestal, marcó pinos, trabajó en líneas eléctricas, previno incendios y cuidó un entorno que, asegura, “es el pulmón de todos”. Un paraje natural único que, si se pierde, advierte, deja tras de sí solo desierto.
En ese tiempo, también se fue tejiendo una familia con la que no comparte sangre. Compañeros conocidos primero a través del walkie y las ondas para, posteriormente, ponerles cara en cada curso que tenían que realizar. El exguarda forestal no puede evitar emocionarse y se le quiebra la voz al recordar alguna anécdota durante 42 años. Tanto es así que reconoce a Jaén Hoy que en un principio dudó en hablar con esta Redacción, pero que fueron los propios compañeros quienes le animaron a hacerlo: "Es muchísimo tiempo y, que te digan que lo hagas, que la gente te quiere, emociona".
Tal es el cariño que le profesa su segunda familia que este periódico ha podido ser testigo de ello. Su compañero Manuel Rubio lo definió como "una persona de bien, sencilla, un gran profesional y magnífico conocedor de la sierra". "Es una persona maravillosa, en mayúsculas", sentenció.
Desde la ventana de su caseta, Narciso aprendió a leer el lenguaje de la fauna. Los avisos casi imperceptibles de los animales, especialmente las cabras montesas y los chotos, cuando algo no encaja: “Ellos saben distinguir cuándo hay peligro y cuándo no”. Recuerda como, a medida que subía por la montaña, emitían una especie de pitido, pero mucho más corto y leve que para avisar de un depredador. "Era una forma de decir que ya estábamos por allí, pero con la tranquilidad de que no íbamos a hacerles daño", precisa.
Ahora, con la jubilación, llega otra etapa muy distinta, "más tranquila". "Como tengo olivar, pues me entretendré con eso mientras pueda", precisa entre risas. Sin embargo, para una persona que nació y creció en ese entorno natural privilegiado, la sierra nunca se podrá ir del todo: “Ha sido toda mi vida”. Con su marcha, García deja un mensaje claro para quienes continúan: que el relevo no rompa la cadena, que el cuidado del monte no se abandone, que la savia joven tome el testigo. Narciso se marcha de la caseta, pero no del paisaje. Porque hay vidas que no se jubilan, simplemente se funden con el lugar al que han pertenecido siempre.
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