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¿Qué hacía Cervantes en Jaén? La Posada de la Parra y la red de hospederías que lo acogieron

Jaén Retro

Posada del Santo Rostro (calle del Rastro).Tras los Pasos de Cervantes por las Posadas Jiennenses.

Imaginemos el Jaén de finales del siglo XVI. No la ciudad monumental que hoy conocemos, sino una encrucijada vital, un nudo en la telaraña de caminos de herradura que unían la Meseta con Andalucía. Por sus puertas, polvorientas en verano y embarradas en invierno, fluía un río humano de arrieros con sus bestias cargadas de aceite y grano, mercaderes de paños, soldados licenciados, clérigos itinerantes y funcionarios reales con prisas. Este tráfico imparable era la savia económica del reino, y su pausa, su descanso, ocurría en un entramado de edificios humildes pero esenciales: los mesones y posadas jiennenses.

Eran la infraestructura hotelera de la época, pero reducirlos a eso sería no entender su alma. Funcionaban como el ágora popular, la bolsa de noticias, el refugio del viajero y, en ocasiones, el escenario donde la Historia, con mayúscula, rozaba con el codo a la intrahistoria cotidiana. Como cuando, en la primavera de 1592, un comisario real de abastos llamado Miguel de Cervantes Saavedra pernoctó en la ciudad, dejando su firma en documentos oficiales y, seguramente, su sombra en el zaguán de alguna de estas posadas.

La anatomía de un refugio: Más allá de la cama y el pesebre

Un mesón típico jiennense no buscaba la elegancia, sino la utilidad. Su planta giraba en torno a un zaguán central, un espacio abierto y multifuncional donde se descargaban las mercancías, se cerraban tratos y, al anochecer, se colocaban largas mesas de tablones para la cena comunal. De él partían las puertas a las cuadras, el auténtico corazón económico del establecimiento. El bienestar de las mulas y los caballos —los motores de la época— era prioritario. Un arriero podía dormir sobre un saco, pero su bestia necesitaba paja seca y cebada.

Los dormitorios, cuando existían como tales, eran un lujo reservado a los viajeros más adinerados. La norma era el descanso colectivo: jergones o simples mantas extendidas en la paja del pajar, en una buhardilla o alrededor del gran hogar de la cocina. Un arancel expedido por el Cabildo Municipal de Jaén en 1627 ordenaba a los posaderos ofrecer "camas limpias" con colchón relleno de lana, dos sábanas, dos almohadas y un cobertor, pero la realidad era más espartana y pintoresca, tal y como dejaron escrito viajeros foráneos que aconsejaban llevar consigo su propia cama plegable. En estas estancias, el aire estaría cargado de olores a humedad, sudor de hombre y de bestia, guiso espeso y vino derramado.

La comida era un asunto flexible. En teoría, las posadas solo debían proporcionar sal, aceite, vinagre y fuego para que el viajero cocinara sus propias viandas. En la práctica, el posadero astuto siempre tenía una olla al fuego y un vino de la tierra para servir, creando un negocio paralelo que a menudo rozaba la especulación. El verdadero gourmet, sin embargo, buscaba los figones o bodegones cercanos, tabernas especializadas en comida.

Los dueños de la llave: Mesoneros, propietarios y un ecosistema de dependencia

Detrás del mesonero, el hombre público que recibía y regateaba, había toda una estructura de propiedad y poder. Raramente era dueño de las cuatro paredes que regentaba. Estas solían pertenecer a señores de alta alcurnia, instituciones eclesiásticas o burgueses adinerados. En Jaén, el Cabildo Catedralicio, el conde de Humanes o el mismo Don José Coello de Portugal y Serrano figuraban como propietarios de estos lucrativos inmuebles.

El mesonero era, pues, un arrendatario. Firmaba contratos que podían ser abusivos: además de una renta anual en metálico, a veces debía entregar gallinas en Navidad, ceder todos los beneficios de la venta del estiércol de las cuadras al dueño, o incluso pagar el sueldo del recaudador que este enviaba. Aun con estas cargas, un mesón bien situado –en la Plaza del Mercado, Fontanilla o en la calle Siete Puentes– era un pasaporte a una holgura relativa dentro del estamento popular.

A su servicio, trabajaba un reducido personal: mozos reclutados desde la infancia —a menudo parientes jóvenes que aprendían el oficio— y criadas, cuya presencia estaba prohibida por el mencionado arancel municipal de 1627. La norma buscaba evitar "escándalos" e impedir que la prostitución se ejerciera fuera de las casas de mancebía controladas por el municipio. Era un mundo familiar, áspero y rutinario, donde un niño entraba como mozo y, pocos años después, salía transformado en un hombre que conocía todos los tipos humanos de España.

El microcosmos vivo: donde convergían la noticia y la picaresca

El mesón era el gran escenario de la vida real. Allí llegaban los primeros ecos de los sucesos del reino: la derrota de una armada, la subida del precio del trigo o la aparición de un bandido famoso en Despeñaperros. También era un lugar de conflicto. Las actas municipales relatan pleitos por robos –como el del mercader valenciano desvalijado en un mesón de Bailén en 1615–, peleas entre soldados borrachos o las "demasías" cometidas contra las sirvientas.

Era el hábitat natural del pícaro, ese personaje literario que surgía de la observación directa de la sociedad. En el ir y venir de estos lugares, Cervantes y sus contemporáneos afilaron la mirada para crear a un Rinconete, a un Cortadillo o al propio Sancho Panza. El lenguaje de la posada –directo, matizado, lleno de refranes– es el que después inundaría las páginas de la novela moderna.

Cartel de la ya desaparecida Posada de la Parra, en la calle Cerón. Cortesía de Rótulos Chuléricos.

La huella de un genio: Cervantes en la posada de la Parra y la red de hospederías

La tradición hospitalaria de Jaén se remonta a sus orígenes como ciudad fronteriza. Ya en el siglo XIII, en tiempos del rey Fernando III el Santo, existían varios mesones o albergues. Este legado, auténtico tesoro del entorno urbano y del gremio hostelero, alcanzó su esplendor siglos después, creando el escenario perfecto para recibir a un huésped ilustre.

En este bullicioso y antiguo tapiz se inscribe la visita de Miguel de Cervantes, quien estuvo en Jaén allá por el mes de marzo de 1592, como queda reflejado en su firma, de puño y letra, en cuatro escrituras notariales conservadas en el Archivo Provincial. Su estancia no fue de placer, sino de obligación. Como comisario real, su misión era requisar aceite, trigo y cebada para la Armada, una tarea ingrata que lo enfrentaba con los pueblos y lo obligaba a viajar constantemente.

Pero Cervantes, el escritor, siempre viajaba con los ojos y los oídos abiertos. No solo cumplía con la burocracia; también absorbía el paisaje humano y devocional. Prueba de ello es que, en su última obra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, menciona dos hechos religiosos capitales del Santo Reino: el culto a la Santa Verónica de Jaén y la gran romería de la Virgen de la Cabeza. Estas referencias no son meras erudiciones; son el testimonio literario de un hombre que, muy probablemente, los presenció o, al menos, los escuchó narrar con detalle en las plazas y mesones durante su paso por la provincia.

Firma de Miguel de Cervantes Saavedra en un documento suscrito en la ciudad de Jaén, marzo de 1592. Archivo Histórico Provincial de Jaén.

¿Dónde se alojaría el genio en esta ciudad de posadas?

Contrariamente a la idea de un único alojamiento predilecto, la Jaén cervantina ofrecía una red extensa y variada de mesones, cada uno con su propia clientela y carácter. Si bien la tradición oral e histórica señala con fuerza a la Posada de la Parra –la más antigua de la ciudad, situada en la calle que por entonces llevaba su mismo nombre (hoy calle Cerón)– como un lugar donde pudo pernoctar Cervantes, este, en su calidad de funcionario real, dispondría de múltiples opciones según su necesidad y ubicación. La huella del genio, por tanto, no se limita a un solo lugar, sino que se diluye y respira en todo un entramado urbano de hospederías.

En el siglo XVI, gracias a las exenciones tributarias que fomentaban la hospedería, establecimientos como este proliferaron. La Parra, convertida en una acogedora posada de mercaderes y traficantes de diversos gremios, era el establecimiento principal, el de mayor tránsito de arrieros y, por tanto, el punto natural de información y contacto para un funcionario en misión.

Podemos imaginarlo, tras un día de tediosos trámites y firmas, compartiendo mesa en el zaguán de la Parra, escuchando las quejas de un tratante de aceite, las historias exageradas de un soldado o, quizás, las noticias sobre los milagros de la Verónica o los preparativos de la romería serrana. Allí, en ese ambiente, el oído del escritor se habría llenado de voces, y su mirada habría captado gestos y caracteres. No es descabellado pensar que el germen de alguna anécdota, de algún personaje secundario de sus novelas, o incluso la impresión de esas devociones jiennenses que luego plasmaría en el Persiles, naciera entre las paredes de yeso desconchado de esta posada, mientras el humo del hogar ascendía al techo.

Derribo de la Posada del Santo Rostro (calle del Rastro), donde aún puede apreciarse la hornacina. Año 1960.

Otras calles, otros candidatos: el Jaén de las hospederías

Sin embargo, el Jaén de la época ofrecía a un viajero como Cervantes un abanico de posibilidades más amplio. La creciente proliferación de estos establecimientos fortaleció notablemente el gremio de la hospedería, tejiendo una red de alojamientos por toda la ciudad.

Esta red no se desplegó al azar, sino que siguió la lógica urbana de una ciudad-puerta. Al urbanizarse la plaza del Mercado en el siglo XVI, en los espacios abiertos entre la muralla y la ermita de San Clemente fueron apareciendo una serie de mesones, paradores y posadas. En este característico paisaje mesonero, además de los ya mencionados, destacaban otros emplazamientos de relevancia:

· En la Puerta de Martos se alzaba el «Mesón de la Ciudad», heredero directo de la tradición hospedera medieval que se remontaba al siglo XIII.

· El «Mesón Nuevo», situado en la calle Maestra Baja, en la parte correspondiente a la colación de San Juan, era ya en 1620 propiedad del jurado Nicolás de Ribera.

· La calle Mesones, cuya propia toponimia (hoy calle Federico de Mendizábal) delata su función, concentraba desde mediados del siglo XVI una notable cantidad de aposentos. De estos mesones, el primero, lindando con los Siete Puentes, era el «Mesón de la Fontanilla» (1561) –originalmente en la esquina que hoy ocupa la tienda "Álvaro Moreno"–. Junto a él hubo otro, ya documentado en 1583, conocido como «Mesón del Toro», y otros de menor rango.

· En la calle del Arrastradero (actual Rastro) surgieron ya en 1500 casas de huéspedes de cierta importancia local, como el «Mesón de Mujeres» y el «Mesón Bajo». Pero sin duda, el establecimiento legendario de esta zona fue la «Posada del Santo Rostro» (1588). Su nombre procedía de una hornacina con la imagen de la Santa Faz que presidía su fachada, un detalle que la hacía inconfundible. Era una posada de singular encanto, de donde el último jueves de abril salían las cofradías marianas de Jaén y Colomera en fraternal cortejo romero para subir al Cabezo, en Sierra Morena, a honrar a la Virgen de la Cabeza. Perduró hasta su derribo en la década de 1960, y su renombre como alojamiento predilecto de cofradías y comerciantes la convierte en un candidato de primer orden para haber acogido también a un funcionario de paso como Miguel de Cervantes, cuando anduvo por aquí visitando la Cara de Dios y buscando bastimentos para la Real Armada.

Esta intrincada red conformaba el escenario vital que un comisario real, como lo era Cervantes en 1592, recorrería de manera natural en sus gestiones. La lógica de su misión —requisar aceite, trigo y cebada para la Armada— lo llevaría a buscar información, contactos y descanso en distintos puntos de la ciudad según las circunstancias. Podemos así imaginar al escritor no como un huésped fijo, sino como un espectador nómada que absorbía la esencia del Jaén del Siglo de Oro desde distintos zaguanes, recogiendo en cada uno retazos de conversación, perfiles de personajes y el ritmo de una vida cotidiana que luego transfiguraría en su obra.

Cervantes pudo, en efecto, caminar por estas calles cuyo nombre era sinónimo de hospitalidad. Hoy, aquellos edificios cargados de historia, como la propia Posada de la Parra, han desaparecido, llevándose consigo el eco directo de las conversaciones que pudieron alimentar la imaginación del autor. Sin embargo, su rastro perdura en la literatura: en las páginas del Persiles, donde el Santo Reino dejó una huella indeleble, fruto de un oído atento al rumoroso universo de las posadas jiennenses. La huella de Cervantes, por tanto, no está grabada en una sola piedra, sino en el eco colectivo de todas aquellas posadas desaparecidas.

Conclusión: El eco de una puerta que se cierra

Con la capital ya integrada en la prestigiosa Red de Ciudades Cervantinas —un hito que proyectará el nombre del Santo Reino al mundo—, este logro no solo mira al futuro, sino que arroja una luz más cruda sobre una ausencia del pasado. La desaparición física de sus posadas —especialmente la demoledora pérdida de la Posada del Santo Rostro— no fue solo la caída de unas viejas paredes. Fue el silenciamiento de un espacio social único, la pérdida del escenario tangible donde la España del Siglo de Oro no solo dormía, sino que vivía, comerciaba, se quejaba y soñaba.

Recordar las posadas de Jaén es, por ello, un acto de justicia histórica. Es comprender que la verdadera grandeza de una tierra no reside únicamente en la piedra solemne de sus catedrales, sino también en el suelo gastado de lo cotidiano: en aquellos lugares donde el pueblo llano —y, a veces, un genio oculto entre la multitud— descansaba los pies polvorientos, partía el pan, escuchaba las noticias del reino y, sin pretenderlo, tejía la trama viva de la historia que luego un escritor inmortalizaría.

Hoy, en el vacío que dejaron la Posada de la Parra y la del Santo Rostro, aún parece resonar un eco lejano. Ya no son palabras discernibles, sino el rumor del tránsito, el roce de la loza y el susurro de conversaciones ahogadas por los siglos. Y entre esos sonidos fantasmales, tal vez, se pueda distinguir uno aún más tenue: el leve rasgar de una pluma. La de Cervantes, anotando en la intimidad de su imaginación —entre requisas, devociones locales y charlas de mesón— el próximo capítulo.

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