Y Trump dice que ganó la San Antón

EN LA RESERVA

Donal Trump.
Donal Trump. / Will Oliver/EFE

San Antón, como patrón de los animales que es, bendijo a las bestias, pequeñas y grandes, incluso a las que tienen los colmillos afilados y mirada turbada, desafiante. Todas criaturas de Dios para los muy cafeteros. Luego estamos los pecadores de la pradera que, una vez identificados los hijos de mil putas (en referencia culta del súmmum del insulto argentino), no tenemos tan buenos sentimientos para los que consagran sus días a aquello de joder al prójimo.  

El pelele de Trump, ese narciso de pelo y tez inclasificables, está empeñado en acabar con esta achacosa civilización y que regresemos a las cavernas, a la Edad de Piedra. Por ahí, por semejante pedrusco se pasa el derecho internacional, convenciones, acuerdos e, incluso, la vergüenza torera de no caer cada día en un nuevo y personal ridículo. Ya tiene su medallica del Nobel, hala, contento, hasta el siguiente berrinche. Tienen más decoro los parvularios en las guarderías, aunque vayan cagados hasta las trancas. 

Este nuevo emperador está en pelota, se le agasaja porque su vanidad sin límite es voraz y así se le piropea lo bien que le queda el traje y él, ufano, cree que baila. Sufre de indigencia moral y, de momento, sale indemne de los atropellos cometidos en suelo patrio y de los cometidos en su jardín, el resto del mundo. Incluso, aquí, en esta España asimétrica, hay quienes engolan su voz para ponderar sobre este líder mundial, sobre su respaldo democrático y otras virtudes indetectables al olfato. Como si no tuviéramos presidentes históricos y presentes con el aval de las urnas y al borde del frenopático. Pero en el nuevo orden mundial hay tontos de capirote que opositan para una plaza fija.  

Las continuas genuflexiones de nuestros líderes de saldo son pecados originales por nuestra indolencia, por querer vivir como suizos, neutrales a los atropellos y esgrimir banderas ideológicas en función de la causa. Pero sin grandes alardes, sin marcharnos el traje, sólo campañas televisivas de fogueo. Sean honestos, póngale un lazo a Groenlandia y canten como aquellos ‘zombies’, aunque sea mentira: “Y yo te buscaré en Groenlandia/ En Perú, en el Tíbet/ En Japón, en la isla de Pascua...” 

En Venezuela, aunque quede a trasmano, se conjugan hoy una enciclopedia de despropósitos, sólo así puede entenderse que Delcy Rodríguez, la Barbie dictadora, franquita si se quiere, cuadre por igual al ‘ejecutivo’ de Trump, loco por trincar, y a nuestro Gobierno... 

Quizá algún día, unas memorias de Zapatero o unas confesiones carcelarias de algún ministro caído en desgracia nos ayuden a comprender mejor claves geopolíticas que se nos escapan al común de los mortales.  

Mientras tanto, y por aquello de sobrevivir dos días más antes de la hecatombe, mi dorsal, la mochilica y la medalla por adelantado, se las regalé a Donald. Lo demás es su historia: dice que ganó la San Antón de calle, con un tiempazo. Dile que no a la criatura.  

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