El parqué
Temores sobre la IA
Toda persona que se acerca a la sabiduría, lo hace por el camino del error y el descubrimiento hacia la verdad, siempre relativa, siempre diferente para todos. Para los que aprenden, investigan y descubren, llaman “escribir un ensayo” a poner, blanco sobre negro, lo vivido en ese proceso para que otros puedan recorrer a su manera, la misma senda hacia la verdad.
Agudicen ustedes el oído. En estos días, se oye en el despacho del jefe de la empresa: “Fulano tiene ensayo de costaleros”. En ese bar de confianza donde apuramos el último plato antes de volver al trabajo –siempre entre semana Casa González, de Mely y Manolo y Eloy– escucho a Salva decir: “Este año voy en el equipo de capataces de mi Virgen… tengo ensayo ese día”. Y toda la ciudad se convierte en simposio de saberes y experiencias bajo los pasos, porque las calles y las plazas, los barrios y los polígonos, a las horas en las que lo permite la autoridad competente, se tornan en lugar de ensayo para nuestras cuadrillas.
Y uno se imagina bajo los pasos una masa de pensadores y filósofos, poetas e historiadores (muchos de ellos lo son, y hasta doctores en su materia), que hacen del ensayo de la cuadrilla una reflexión sobre la vida, que se extiende a la cerveza posterior y, muchas veces, a la excusa piadosa a la familia o la pareja: “Hoy tocaba ensayo”, y ya entonces la indulgencia y la comprensión ponen de su parte para que el ensayo prosiga, más allá de la trabajadera, como modo de vida toda la cuaresma. Ensayista y costalero, capataz, aguaor o contraguía: va por ustedes.
Porque cada noche de febrero, cada sábado de marzo, cada vez que os juntáis en torno a las parihuelas, gana Sevilla un congreso inigualable de sabiduría.
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