El salón de los espejos
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¿Hay que poner reglas?
En la última mitad del pasado siglo cobró vida en Italia una generación, por llamarla así, de escritores que, quizás por vez primera desde el Renacimiento, desbordaron sus fronteras e influyeron de manera muy significativa en los restantes centros intelectuales de Occidente. Formalmente envolvieron sus nuevas ideas en logradas obras literarias que inundaron los escaparates de las librerías. Y por unas décadas se convirtieron en las referencias más solicitadas en las universidades y desplazaron a Paris como foco proveedor de modas y movimientos. Entre aquellos nombres, Umberto Eco consiguió colocar infinitos ejemplares de sus célebres novelas, e, incluso, creó, como semiólogo, una terminología precisa para descifrar las situaciones de crisis que, tras mayo del 68, sacudieron al mundo. Una de sus ocurrencias de mayor éxito, fue describir y dar nombre a los apremiantes dilemas que, por aquellos años, polarizaban la vida cultural y política. Al libro, en el que expuso sus brillantes análisis sociológicos, lo tituló Apocalípticos e integrados. Calificó como apocalípticas las voces que pregonaban que las sociedades establecidas estaban al borde del hundimiento y un cambio radical se avecinaba en casi todos los órdenes de convivencia. Mientras que, reservó el calificativo de integrados, para los que creían que se trataba de un fenómeno circunstancial, que debía ser asumido con naturalidad, sin caer en abismal pesimismo. Esta lógica interpretativa, extrema y binaria, caló en los lectores hasta el punto de servir también para explicar posturas ideológicas enfrentadas en otras disyuntivas posteriores. Tal como si las figuras del apocalíptico o del integrado tan bien perfiladas por Umberto Eco hubiesen sido concebidas para iluminar, desde entonces, todas esas situaciones conflictivas que parecen conducir al más negro de los abismos. Pero, conviene recordar, si se quiere recuperar bien lo explicado por Eco, que añadió otra consideración más a tener en cuenta: en situaciones políticas y bélicas tan graves como las que, en distintos horizontes, se padece, ahora, en estos días, lo peor no recae en la supuesta gravedad de las propias situaciones sino en las múltiples voces apocalípticas que, en lugar de promover un espíritu crítico, se sienten solo obligadas a difundir el más profundo y oscuro pesimismo.
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