Vía Augusta
Alberto Grimaldi
23-F: más que una desclasificación
En Argel, en cierta ocasión, eché una tarde en un antiguo convento franciscano, que ahora alberga una institución española. (En Sevilla hay iglesias que fueron mezquitas y en Argel hay mezquitas y sedes oficiales que fueron iglesias). Me arrellané con mi racimo de dátiles en la sala capitular y me entretuve mirando la luz, que iba alumbrando una a una, como viñetas de un cómic, las vidrieras. En la primera cristalera estaba representada en vivos colores la Anunciación. “Alégrate, María”, exclama el bello arcángel con una mano al cielo y, en la otra, una enhiesta azucena. La Virgen y yo misma mirábamos, alegradas, aquel tallo. El paso del tiempo y del sol comenzó a apagar esta escena y a iluminar la siguiente vidriera, donde se representaba el Nacimiento. En primer plano, la Virgen y el niño y, un poco más atrás, San José, que en una mano portaba un hacha y, en la otra, ¡oh!, la enhiesta azucena. Por un destello me pareció que el santo se sonreía. Me acabé los dátiles sacando conclusiones acerca de aquel trasvase floral, posiblemente heréticas.
Con la retirada de las jarras de azucenas de la Giralda, me ha dado por mirar si éstas y las de aquella vidriera simbolizan lo mismo. Y sí. Representan la pureza de la Virgen y la Inmaculada Concepción, “que antes que Roma –canten conmigo– mi Sevilla proclamó”. Ítem, están en el escudo de la Catedral. Como pocas cosas me atraen más que el laberinto luminoso de los símbolos (incluidos los personales, aquellas metáforas íntimas a las que reconozco raíz y alas), pues alumbran la significación honda de las cosas y dan redondez a los días, he ido a mi diccionario favorito, el de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot. Dice que esta flor, signo de pureza, con frecuencia se representa erguida en un vaso o jarrón, símbolo a su vez del principio femenino.
Como Leonardo –ese díscolo– ha estrellado una jarra, y han bajado las demás, hemos podido admirar de cerca la preciosidad de jarrones y azucenas. Ahora solo quiero llenar de ellas mi casa. Producto de estos tiempos de tanta vida en prosa, donde los antiguos veían un atributo hoy vemos un adornillo. Vaya miopía. Más acá de la religión y el dogma, las azucenas en la jarra remiten a un poder arquetípico femenino vedado a las entendederas (o accesible en versión lite patriarcal) de quienes, como diría Unamuno, piensan no con la sangre, el tuétano de los huesos, el vientre, el corazón, la vida: solo con la cabeza.
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