Obra maestra

Fran G. Matute

Sobre la disciplina de los sentimientos

27 de febrero 2026 - 03:08

No son pocos los debates que incluso superados, al menos intelectualmente hablando, siguen sin verse resueltos en la práctica. Uno de ellos es el que trata de contraponer la baja (como se la llamaba antes) y la alta (como se la sigue llamando) cultura. Sobre el hecho de que sean conceptos diferentes, qué duda cabe; pero el aceptar que uno pueda estar por encima del otro resulta más problemático. Muchos pensadores han dedicado su tiempo a esta cuestión. Recuerdo a la un tanto insoportable Susan Sontag, quien afirmaría aquello de que: “Si entendemos el arte como una forma de disciplinar los sentimientos y programar las sensaciones, el sentimiento (o sensación) que produce una pintura de Rauschenberg sería similar al que produce una canción de las Supremes”. La idea, en cualquier caso, tenía algo de trampa, pues tanto Robert Rauschenberg como las Supremes pertenecen a la cultura pop norteamericana, donde tantas cosas se confunden. Afortunadamente.

Pero hay algo de cierto en ello, claro está, por no decir que da en el clavo. Y eso que la frase sonaba a boutade entonces cuando se dijo, a mediados de los años 60, aunque siendo realistas quizás suene más a boutade ahora, lo que demuestra que el camino recorrido ha sido corto por no decir inverso. No es una queja, que conste. Habrá quien argumente que el peso cultural del artista tejano no es el mismo que el del grupo soul liderado por Diana Ross, y puede que tenga razón, aunque probablemente no. Ni antes ni ahora ha tenido el arte contemporáneo una conexión tan estrecha con su público como la que ha contado siempre la música popular. La masa, en este caso parece hacer las veces de disolvente universal. Hay otras causas, pero no es ahora el momento de abordarlas.

La cultura popular es lo que tiene: complejos. Se queja de su mala fama sin saber cómo reivindicarse, siendo como es la tierra madre de la que nacen todos los experimentalismos. Un mundo visto, escuchado o leído sin tener en cuenta el sustrato de su cultura popular es un mundo incompleto. Y lo peor: más aburrido. Hay grandes críticos, a los que admiramos, que son incapaces de apearse de sus atalayas. Obvian por sistema las subculturas, las vanguardias y las contraculturas, lo underground y lo alternativo, cualquier desviación de la norma y las buenas costumbres. Para ellos, lo que es (o no) una obra maestra viene dado por la Historia. No queremos que sea ese nuestro caso. Aquí lo debatiremos.

stats