Las borrascas y el papel higiénico

Un columpio, inundado.
Un columpio, inundado. / EFE

08 de febrero 2026 - 12:24

Aviso para navegantes: son estas apreciaciones banales, hechas desde Jaén, la baja Escocia o la quinta provincia galega, según se mire. Desde tierra de aire traicionero, de lluvia transversal y en la que estos días las ráfagas de viento nos dejan un zumbido invalidante, como si se nos hubiera alojado en el pabellón auricular el que silba en las películas del Lejano Oeste de Eastwood. Estamos, como aquel, con la mirada perdida en el horizonte, esperando, vigilantes y húmedos, calados hasta las trancas y con miradas furtivas a nuestro Puente de Madison más cercano por si se desbordan las emociones.  

Esta novedad empírica nos tiene aturdidos para los que somos de secano, de tierra adentro. De seguir así el pulpo, directamente, lo barearemos y para coger aceitunas echaremos las redes. ‘Stranger things’ o cosas veredes, amigo Sancho. El agua brota de los interruptores en Grazalema, los ríos de Jaén corren rojos, pero más raro fue aquel verano en el que no paró de nevar, como recuerda el vademécum sabinero.  

Los negacionistas andan buscando en las hemerotecas que por 1302 también llovía así y diles que no, diles que Gutenberg aún no estaba por impresionar. Los compadres del Apocalipsis serán los primeros en auparse a la barca, abandonar este Titanic sin capitán, a poco que el agua llegue a los tobillos, mahometano el último.  

De seguro que los terraplanistas tienen también una explicación ‘ad hoc’, evidente, cristalina, prístina para dar con la clave de este tren de borrascas, el único que llega a tiempo. Y siendo preocupante que te acechen unos para explicarte las estelas de los aviones, también lo es los que te muestran por enésima vez el mapa de las bajas presiones, adictos como están algunos a las isobaras. Y usted aguanta con figura estoica, porque es de Jaén y eso marca el carácter. Pero ellos, erre que erre, como si fueran Revilla, el cántabro, susurrándote al oído las bondades de las anchoiñas de Santoña. 

Pero no perdamos la brújula conceptual de este mensaje en la botella. Uno pensaba, ajeno a lo que peta en la meseta, que ese furor que arrasó lineales de supermercados durante la pandemia fue episódico e inexplicable. Pero este parcial confinamiento borrascoso hizo repetir comportamientos, patrones de supervivencia, llenar las neveras hasta los topes, como si el mundo fuera a desaguar en cualquier momento. Capitalismo de tetrabrik, cuanto más mejor

Pensamos que, si el mundo echaba la llave, en casa había que tener provisiones de cosas básicas. Y, de nuevo, un protagonista inesperado, una ventaja de esta civilización a la que no estamos dispuestos a renunciar, aunque truene: el papel higiénico, del bueno. En esto se pone de acuerdo todo el arco ideológico, de cabo a rabo, de izquierda a derecha. El papel de cuádruple hoja, como patrón de riqueza, el Ibex mundano.  

En su tiempo, el ilustre Quevedo ya ponderó con un tratado la importancia de esas partes nobles que, en su necesaria y académica función, entrañan el respeto por el trabajo bien hecho. “Gracias y desgracias del ojo del culo...”, obra no menor en su trayectoria, de gran calado dirán otros.  

Para el que quiera profundizar en semejante obra, accesible, fácil de leer que se dice ahora, de un tirón en el trono, adjuntamos la referencia completa por si le resulta de utilidad en estos días de enaguas y brasero, apunte: “Gracias y desgracias del ojo del culo, dirigidas a Doña Juana Mucha, montón de Carne, mujer gorda por arrobas. Escribiólas Juan Lamas, el del camisón cagado. Por Francisco de Quevedo”. Por si quiere tener un apunte histórico de nuestra querencia a valorar y cuidar semejantes partes. De nada.

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