Vericuetos
Raúl Cueto
El camino de Uclés
El pasado verano, que tras las últimas borrascas sufridas me parece que sucedió en otra vida, pude visitar el monasterio de Uclés, en la provincia de Cuenca. Cabeza de la Orden de Santiago, es ahora recinto cultural (muy caro, por cierto) y la meta de un camino que comienza en la madrileña plaza dedicada al santo que mataba moros, como ya quisiera cierto impresentable e iletrado tocayo suyo. Cosa que no digo yo, sino que es vox populi…
Por entonces comenzaba a sonar otro Uclés, de oficio escritor, que había publicado en tapa dura (que da caché) una novela sobre la Guerra Civil en clave de realismo mágico. Esa etiqueta comenzó a sonar como un mantra entre el público, supongo que ávido de nuevas experiencias literarias, sin caer en la cuenta de que ni la Guerra Civil ni el realismo mágico eran precisamente nuevas experiencias literarias… El caso es que durante 2025 su fama subió como la espuma y se ha ido llevando todos los galardones habidos y por haber, hasta el punto de sospechar que se ha llevado premios que ni siquiera existían antes que él, culminando su fugaz carrera hace tan solo unas semanas ganando el codiciado y prestigioso Nadal. La fiebre porque Uclés apareciera en el palmarés de cada certamen le ha hecho convertirse en la pluma nacional más condecorada de los últimos años, con el permiso de Irene Vallejo y su Infinito en un junco.
David es de Úbeda, como Joaquín y como Antonio. Supongo que algo hay de humanismo en el aire renacentista de sus calles y palacios… Yo, imbécil como soy por vocación y afición, no soporto la música de Sabina, lo reconozco; pero sí la literatura de Muñoz Molina, y espero que eso compense mi falta de criterio. De Uclés aún no lo sé, pero hay algo que me desconcierta en su meteórico camino y es precisamente esa urgencia generalizada por ensalzarlo al Parnaso de las letras españolas como heraldo de una forma poética y diferente de ver la realidad, que ya hemos dicho antes que no es tan diferente como se nos quiere hacer creer. Esa pulsión cuasi enfermiza por otorgarle premios a una misma persona resume muy bien la cultura pop en la que nos movemos en todos los ámbitos de nuestras vidas.
Supongo que todas las disciplinas necesitan ídolos elevados a los altares, convertidos en la personificación de esas mismas disciplinas. Es más fácil amar a una persona que a una abstracción y por eso siempre nos han gustado tanto las alegorías y las prosopopeyas. El problema surge, en mi opinión, cuando se ascienden generales por méritos de guerra y no por años de servicio (que por culpa de esto tuvimos cuarenta años de dictadura), pues esa fulgurante subida por la escalera de Jacob que supone el éxito, cuyos peldaños son tan frágiles como cada uno de los aplausos recibidos, hace que cada trofeo recogido con amplia y orgullosa sonrisa resulte banal e impostado, pasando de santo a profeta de forma milagrosa por obra y gracia del mercado editorial.
Pero el camino de Uclés, no el del monasterio, sino el del literato, tiene otro punto que me chirría y ese ha surgido esta misma semana, con su renuncia a participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil, esa misma que él ha diseccionado en su novela La península de las casas vacías, por el mero hecho de la asistencia de dos políticos que ni siquiera voy a nombrar, por el profundo rechazo que les tengo. Unas jornadas, organizadas por su ya declarado archienemigo Pérez Reverte, que finalmente han sido canceladas después del escándalo. Y aquí viene mi incomodidad, no con Uclés, que es libre de hacer lo que le plazca, sino con la politización pública de cada uno de nuestros actos. ¿Cuál era la ideología política de Cervantes, Shakespeare, Dostoyevski, Goethe, Homero, Hesíodo, Ovidio, Dante…? ¿Qué pensaban acerca de los problemas de sus respectivos países? ¿A qué eventos no asistieron por ser fieles a sí mismos? Posiblemente, sus contemporáneos sí conocieran estos matices personales y si escarbamos en la historia los encontraríamos, pero cuando lo universal trasciende lo cotidiano solo quedan las obras, dejando lo privado en el olvido del respeto. En cambio, ahora vivimos en un mundo donde nadie intenta trascender, sino que se deja arrastrar por la obligatoria fanfarria del posicionamiento con tal de huir del estigma de la equidistancia. Ya no hay entrega de premios sin arenga y personalmente me empieza a aburrir este cuento de nunca acabar. Y como a estas alturas ya no sé si me explico, mejor será terminar aquí, que a buen seguro usted ya ha apurado el café con el que empezó a leer estas líneas y le estoy empezando a incomodar por no llegar a ninguna conclusión. Esa será su tarea; aplíquese… Extraños y apresurados son los trabajos y los días, pero sobre todo los caminos. Elijan bien el suyo, aunque todos sabemos que en el fondo no hay camino…
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