Viva Franco (Battiato)
Javier González-Cotta
¿Días tristes?
El sistema de turnos implantado en el periodo de la Restauración trajo consigo la creación del cesante, figura genuina del escenario español de la época, en relación con el empleado público que perdía su empleo (cesaba) en cuanto la facción contraria accedía al gobierno de la nación, produciéndose situaciones de hondo patetismo al pasar aquel, en un suspiro, de llevar una vida holgada a quedar casi a la intemperie.
Quién nos iba a decir que, más de un siglo después, en el mundo de nuestras queridas hermandades y cofradías nos íbamos a encontrar con otra modalidad de cesante. La historia es conocida: Hermandad con dos corrientes de opinión claramente enfrentadas se miden en una suerte de competición electoral y, por caprichos del voto, una de ellas, que además aglutina las posiciones contrarias la tendencia dominante, resulta vencedora, accediendo a su gobernanza no dejando ni rastro de la etapa anterior. De inmediato, se empiezan a tomar decisiones, las cuales tienen como su incómoda consecuencia el cese en su puesto de hermanos de toda condición, que hasta ahora lo venían desempeñando con todo su cariño y dedicación. El cesante cofradiero no tiene la connotación económica de aquellos galdosianos del Madrid decimonónico, pero a juzgar por los lamentos escuchados estos días en los audios del twitter, el impacto emocional no parece muy distinto.
Lo ocurrido la semana pasada a cuenta de la sustitución de capataces y (muchos) costaleros en La Macarena no es un problema exclusivo de esta cofradía ni es la primera vez que ocurre, pero precisamente por su posición e influencia ha de llamarnos, a todos, a la reflexión. Porque una hermandad no es un partido político, ni siquiera una asociación al uso. El empleo de técnicas propias de la lucha partidista que se ve en tantos procedimientos electorales, más ahora enfatizados por la amplia repercusión que dan las redes sociales, conlleva sin embargo la devolución de favores que, mal gestionados, pueden llevarse por delante las más elementales normas de convivencia. En tiempos de secularización, mal harían las hermandes en esconderse detrás del cómodo parapeto de la religiosidad popular, en lugar de afanarse por presentarse como asociaciones comprometidas con el mundo… y con sus hermanos. Y quizá la primera medida sea, con San Agustín, aplicar la prudencia a sus decisiones.
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