Juana González
El culpable está claro
El otro día leí que la gran diferencia entre el hombre y el resto de los mamíferos es que ningún otro animal permite que los guíe el más torpe de la manada. O algo parecido. Me hizo gracia, pero enseguida se me congeló la sonrisa porque, bien pensado, es para echarse a llorar. Lo he dicho en otras ocasiones, ¿en manos de quién estamos? No se trata de sembrar desconfianza generalizada en nuestros gobernantes, pero sí que da un poco de yuyu. Y con el desgraciado accidente de Adamuz lo estamos reviviendo estos días, con un señor ministro de Transportes y, por extensión, con un Gobierno que no sabe estar a la altura ni por asomo. No lo digo yo, lo han dicho los familiares de las víctimas, negándose en redondo a participar en el funeral de Estado que, como es lógico, no se va a poder celebrar.
Sucede que tenemos un responsable de las infraestructuras en este país que no siente la más mínima sombra de remordimiento cuando mueren 45 personas por supuestas deficiencias en la soldadura de una vía del tren que, que yo sepa, es una infraestructura. Después de los días de duelo toca centrarse en depurar las causas y actuar en consecuencia y, ya les adelanto, que el culpable va a estar clarísimo. Cristalino. Igual que en el accidente de Angrois se ha absuelto a todos los altos mandos y el único culpable ha sido el maquinista, aquí no va a ser diferente. En Adamuz el único responsable será el soldador. Si no, al tiempo. Faltan meses y meses, incluso años, pero ya verán como después de investigaciones y juicios, ese será el veredicto político y jurídico. Dan arcadas solo de pensarlo. Pero a esa altura moral han llegado quienes se supone que están guiando la manada. A esos socialistas de bien que hay,- que sí, que los hay-, les pediría que reflexionen cómo es posible que voten a quienes votan. Porque es inexplicable. Cómo se puede seguir sosteniendo lo insostenible. Un Gobierno incapaz de aprobar unos presupuestos y, en consecuencia, de invertir todo lo que es mínimamente necesario para que nuestras infraestructuras no sean una trampa mortal. No solo ferroviaria, porque de carreteras en mal estado ya hablaremos otro día. O de pantanos. Si no se mantiene, todo se viene abajo.
Mientras nos quieren distraer con discusiones lingüísticas sobre términos como “renovación integral”, (que ahora no significa toda la vía, sino solo algunas partes) la Audiencia Nacional ha abierto diligencias contra el ministro de Transportes por homicidio imprudente. Aunque, poco recorrido tendrá, porque al ser aforado debe ser juzgado, en todo caso, por el Supremo. Por eso no dimite, claro, y porque el poder tiene un pegamento indestructible al sillón. Para eso tendría que ser una persona que está en la política a servir, no para servirse, y que si no sirve, se va. Valga la redundancia o como quiera que se llame este juego de palabras.
Ahora bien, tampoco es de recibo que el PP quiera sacar rédito político del dolor, comparando la gestión de la otra gran catástrofe reciente de este país como fue la dana de Valencia con la del accidente de Adamuz. No todo vale, señores. Aunque las mejoras en la infraestructura que causó la dana dependieran del Gobierno central. Y nos estamos acostumbrando (mal) a tragar con todo como si en política valiesen cualquier cosa y cualquier persona. Y no.
Hay un dicho muy gallego que define todo esto a la perfección y que no necesita traducción: “¿Con qué xente vou a o mar?”. Y es que para embarcarse no vale cualquiera, porque puede poner el peligro la vida de toda la tripulación. Por no hablar de que si el barco no pesca, el armador manda al patrón a la p. calle. Tomen nota, socialistas de bien.
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