Alto y claro
José Antonio Carrizosa
Una película de nazis en el telediario
Cada vez es mayor la presión que los populismos, a ambos extremos del espectro político, ejercen sobre las democracias liberales con el objetivo de derribarlas, manipularlas o cuando menos, desnaturalizarlas hasta convertirlas en un mero atrezo que justifique su orden autocrático e iliberal. Unos y otros utilizan las mismas herramientas: se apropian del pueblo, siempre honrado y puro, para enfrentarlo a las élites que presentan como corruptas y podridas; apelan a las emociones, desprecian la razón y aportan, si lo hacen, soluciones pueriles a problemas complejos mientras crean otros inexistentes con el único fin de justificar sus propuestas.
Sus liderazgos son grandilocuentes, excesivos y teatrales, pero vacíos. Se creen providenciales aunque sean, como todos, meramente contingentes. Manipulan las emociones recurriendo al miedo, la ira y al orgullo de nación o clase, que dicen pisoteados, para generar esperanzas en un futuro que presentan como idílico, aunque única y exclusivamente para los suyos. En su mundo no caben disonancias. Unos mitifican la patria y la raza y otros la clase social trabajadora, pero ambos siguen idéntica estrategia: demoler las normas de convivencia, sobrepasar cualquier límite ético previamente consensuado socialmente, pervertir el lenguaje como arma de convicción, deshumanizar al adversario y convertir en enemigo a quien piensa distinto. No admiten contrincantes y desprecian, no ya el diálogo, sino hasta el debate. Aspiran, tan sólo, a la imposición total y absoluta de sus ideas. No permiten discrepancias, ni matices. Quien no asume las decisiones del líder queda condenado al olvido y al ostracismo porque su mundo se divide entre nosotros y ellos, fieles y traidores, amigos y enemigos. Esa estrategia de polarización incita a las más bajas pasiones de sus seguidores, erosiona la estabilidad social y el exabrupto de los líderes da alas a que sus huestes más violentas los imiten.
Su obsesión es convertirse en el centro del debate político, convencer a la ciudadanía de que se les combate porque son la solución a todos los problemas del país y así, presentarse como necesarios, cuando no imprescindibles, para resolverlos de un plumazo. Es triste ver cómo convivimos con este peligro y aún hay muchos que no quieren verlo pues quizá, como escribió T.S. Eliot en Burnt Norton, el primero de sus Cuatro cuartetos: “la Humanidad no puede soportar demasiada realidad”.
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