Vericuetos
Raúl Cueto
El hartazgo
Dar la opinión propia sobre cualquier tema siempre molesta. En realidad esa molestia la provoca el hecho de tener criterio propio y la valentía de argumentarlo en público, de forma que lo sencillo pasa por repetir la opinión de otra persona porque así uno no se expone. Si se acierta es mérito de uno, porque sabe elegir bien las fuentes; si se falla, es el otro el que lo hace y asunto resuelto. Pase lo que pase todo son ganancias. Al final, en lugar de aportar nuevas perspectivas que enriquezcan el debate, lo que se busca es el beneplácito de quien escucha, el aliado fácil de nuestra forma de ver el mundo, el corporativismo entre quienes enarbolan una misma bandera. Y, por supuesto, la identificación del contrario.
Desde hace un tiempo vengo observando cómo se está acentuando esta situación en mi entorno más cercano. Personas que compran el mejor argumento que convenga a su realidad y lo defienden a ultranza sin prestar la más mínima atención a su conciencia, esa que otorga el libre albedrío y la libertad de pensamiento. Por eso cada vez me cuesta más intervenir en las conversaciones típicas de desayuno, ya sea porque mis palabras tienden a rebatir ciertas posturas que considero erróneas o porque siempre hay alguien más vehemente que yo y con un volumen más elevado que el mío con el que impide intervención alguna.
Sinceramente, cada vez me cansa más opinar en una conversación abierta. Me he acostumbrado a hacerlo por escrito y el mero hecho de abrir la boca me agota, porque sé que es un esfuerzo en vano a la par que peligroso. No percibo en la sociedad ningún atisbo de objetividad, sino un impulso latente por sacar a relucir el prejuicio simplón, aprovechando el Pisuerga, como si los demás no nos diéramos cuenta de tan burda manipulación, por muy sutil que esta parezca. Se pervierte constantemente el diálogo en busca de la defensa a ultranza o la oposición feroz a lo que sea con tal de satisfacer los intereses propios, así como para justificar lo que cada cual estime oportuno en cada momento. No existen planteamientos que trasciendan lo subjetivo y solo nos queda elegir entre la polarización o la equidistancia como nuevas palabras de moda y como etiquetas ramplonas e injustas a la hora de definirnos.
Pero que me canse opinar ni significa que no tenga opinión, a ver si nos enteramos. Lo que estoy es harto de tener que bregar con borregos que solo hablan de temas que no me interesan lo más mínimo y que los utilicen para generar discordia y culpar a alguien de todos los males. Siempre culpar, siempre señalar con el dedo… Estoy harto de Guerra Civil, de izquierdas, de derechas, de fachas y de rojos, de inmigrantes y españoles; estoy muy harto de que se me juzgue, haga lo que haga y diga lo que diga; harto de ser observado y controlado; harto de que se me considere una propiedad; harto de tener que posicionarme a cada instante; harto de tener que decir siempre algo interesante; harto de usted y harto, sobre todo, de mí mismo. Así que hagamos el favor de dejarnos en paz mutuamente; quizá entonces dejemos de exigirnos y empecemos a entendernos...
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