Letras humanas

10 de febrero 2026 - 03:08

Aunque hubo una breve tregua en la mañana del domingo, la sucesión de temporales dejaba ver sus efectos en el bello patio renacentista de la Casa Pinelo, rezumante de humedad y verdinoso como un estanque. Más de treinta años después de que lo hiciera su padre, el también académico y gran historiador José Luis Comellas, su hija Mercedes le seguía los pasos y empezaba por ofrecer, en su excelente discurso de ingreso, un testimonio de piedad filial que abundaba en la idea de continuidad y lo hacía de manera doble, pues su tema se relacionaba directamente con el abordado por su progenitor en El papel de las academias en la crisis de la conciencia española –crisis de la que se diría que no salimos nunca– y atendía a la historia de la propia institución en la que ingresaba. En Luces que prendieron la llama romántica, título del discurso, contestado por Jacobo Cortines, la profesora Comellas trata en efecto de la Real de Buenas Letras de Sevilla y de un grupo de académicos –los Arjona, Lista, Reinoso, Blanco, Mármol, Núñez y Díaz– que lejos de ser epígonos del neoclasicismo, conforme a la imagen tradicional que de ellos se ha dado, habrían ejercido ya desde finales del Setecientos como “avanzadilla intelectual” o “vanguardia de entresiglos” para abrir el camino a la sensibilidad romántica. La mención a la efímera Academia Particular de Letras Humanas, a la que pertenecieron durante la última década del XVIII algunos de los renovadores citados, nos recuerda a otro de los autores estudiados por Mercedes, el granadino Baltasar de Céspedes y su Discurso de las letras humanas, datado en 1600, donde el yerno y heredero del Brocense propuso una paideia o educación desde los fundamentos que marcó un hito de la pedagogía preilustrada. Como dice la nueva académica, estas instituciones centenarias suelen ser asociadas a “una erudición anticuada y polvorienta”, pero en la sesión abierta del otro día la impresión de los oyentes era justo la contraria: las buenas letras o letras humanas lograban que aquellos viejos estudiosos de la Minerva Bética fueran por un momento nuestros contemporáneos. “Dichosas tertulias aquellas y dichosa edad, en que todos dejaban hablar a todos, en que cada cual esperaba el fin del razonamiento del otro para razonar a su vez en el mismo o en distinto sentido, en que se discutía sin levantar la voz…”, decía Clavijo y Fajardo en palabras citadas por Comellas padre. Y su hija, bendita la rama, acabó invocando ese mismo “espíritu libre, generosamente abierto” que sustenta el ideal académico, basado en el deseo de saber y el de compartirlo.

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