Luz de gas

26 de diciembre 2025 - 03:06

Me encanta cuando los títulos de pelis acaban dando nombre a cosas: las rebecas, las gildas –que, por lo visto, ahora no pueden faltar en su mesa–, y esa triquiñuela que denominan luz de gas. Por si usted estaba sabiamente a otra cosa mientras acuñaban dicha expresión, le diré que luz de gas (gaslighting para los amantes de los barbarismos) es el tradicional “¿Que yo te dije eso? ¡En la vida! Tú estás loca…”, tan útil para identificar a liantes y mandarlos ligerito adonde pican los pollos. Gente así, cuando más lejos y cuanto antes, mejor. Si les dejas poner huevos en la herida, capaces son de hacerte ver lo blanco negro. La expresión viene del film homónimo, en el que un malparido hace creer a su mujer que está tuturú a base de jugar con sus nervios y con la luz de la lámpara.

Nos están haciendo luz de gas quienes afirman que son solo impresiones infundadas esto de que, hace no tanto, las navidades en Sevilla fueran muy otra cosa. Esos que juran que no empiezan antes, ni hay más bulla, ni más comilonas cada vez más pantagruélicas, ni más altavoces, ni más luces, ni más consumismo… Todo es producto de nuestra imaginación triste y malaje. Las calles del centro como en un Domingo de Ramos eterno me las invento, como los papeles de envolver engollipando los contenedores esta mañana. Los elfos espurreando harina por la cocina están entre nosotros desde la infancia. La cabalgata duplicada –de heraldos y de reyes– y fractal –ni un barrio sin las suyas–, y los consecuentes carteles anunciadores de cada una de ellas, tampoco existen. Como tampoco las colas de gente, las listas de espera para encasquetarte unas pestañas que ni las que puso Arquillo, ni el chunda-chunda pastoril de la Pastori. Las navidades han sido así de toda la vida.

Pienso en ello cuando mi hermana me cuenta que no venía a Sevilla en navidades desde hace lo menos ocho años y que lo recordaba todo ambientado, sí, pero más sereno. “Igual he idealizado aquella visita”, dice, haciéndose luz de gas a sí misma. Pienso en ello cuando le digo que me ha costado encontrar para su hijo con autismo un regalo que no parezca salido de un delirium tremens. Este fenómeno es tan global como local; los síndromes que provoca a niños y adultos, también. Esta hiperexcitación, esta dispersión, este no poder perdernos ni una, esta puja por la atención y la distracción no anuncian tiempos mejores. Aunque, ya saben, nada de lo que digo existe más que en mi imaginación.

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