Mono

21 de febrero 2026 - 08:00

Hay personas que caen mal; por el motivo que sea. Por mucho que intenten agradar no lo consiguen. Llevan la letra escarlata en el hombro y provocan un rechazo generalizado de difícil solución y fácil insulto. Pero a menudo esa lepra se contrarresta con una admiración acérrima por parte de quienes consideran a esas mismas personas como ejemplos a seguir. No dejar a nadie indiferente forma parte de su personaje público y, por supuesto, de su cuenta privada… Ese es el precio a pagar.

No podemos negar que nosotros mismos caemos bien o mal según a qué semejantes y en qué momentos. Caemos bien si hay un vínculo afectivo duradero; también al comienzo de una relación de amistad o de trabajo; incluso caemos bien si nuestra comunicación verbal y no verbal es afable y moderada; hasta se cae bien por contar con una imagen agraciada. Esto último siempre me ha dado envidia cochina… En cambio, caemos mal cuando nos comportamos de forma tosca, soberbia, pedante o maleducada; también cuando las relaciones comienzan a enturbiarse por malentendidos y prejuicios; cuando dejamos en evidencia las carencias del prójimo o cuando nuestros propios actos hieren o decepcionan al otro. No se preocupe, porque lo normal es decepcionar; y la culpa no suele ser suya, sino de las expectativas que se tienen sobre nosotros y que no podemos controlar. Así que tranquilícese y no asuma más culpas de las necesarias. Quizá solo sea feo...

Lo que está claro es que, cuando comenzamos a caer mal, el otro se frustra porque no termina de entender que exista alguien capaz de ponerle nervioso con su sola presencia. Unas veces por celos, otras por despecho y las más por mediocridad personal, el caso es que a uno le desean todo mal y eso se nota en la mirada… Pero donde más desfoga el fracasado es en la mofa física, en el mote humillante, en la ofensa personal… Y claro, con semejante bajeza uno solo demuestra la propia y la nula altura moral de quien lanza el improperio en cuestión.

A Uclés le llaman Macario por sus boinas; a Sánchez le ladran Perro; a Vinicius, mono… Y ese último baldón es el que ha provocado este artículo, que en realidad trata del odio visceral que sale como bilis negra de la boca de energúmenos con derecho a voto. Quizá habría que revisar eso del sufragio universal, viendo las lindezas de algunos conciudadanos, porque no creo que ande muy bien de la cabeza alguien que para denigrar a otro le llame mono por el color de su piel.

Vinicius puede caer mal. Ya he dicho más arriba que es un sentimiento natural; lo mismo que caer bien. Pero solo debería hacerlo por su comportamiento puntual, que posiblemente sea fruto de no saber canalizar de forma adecuada la presión. En cambio, quien utiliza el escarnio racista debería caer siempre mal, sin distinciones ni atenuantes, porque ese acto no es transitorio sino definitorio. Lo que pasa es que somos tan militantes con los nuestros que nos solemos olvidar que no solo insulta quien lo hace, sino también quien lo acepta, jalea y sonríe al escucharlo. Y ese es usted, que mientras lee estas líneas recuerda perfectamente las veces que se ha reído a costa de un insulto racista, machista, homófobo y, en términos generales, denigrante. Sí, nos hemos reído todos; reconozcámoslo… Somos así de mediocres. Pero eso nos pasa por ir a estadios, ya sea para ver un partido o un mitin. Mejor nos iría si fuésemos más a las bibliotecas…

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