Envío
Rafael Sánchez Saus
Venezuela y la lección de Irak
Pasaron los Reyes Magos, terminaron los cultos del Gran Poder, abrimos un nuevo almanaque. Se nos fue un año más, que cada cual recordará según sus vivencias. Las mías en 2025 fueron estupendas. Y, sin embargo, la vida sigue, con el inexorable transcurrir de los días de enero, que han comenzado fríos y lluviosos, como de otros tiempos. Cada mañana miles de personas se levantan con la incógnita de un nuevo día. Las primeras horas en Sevilla transcurren con una cierta soledad en las calles, con la aurora despeinando sombras, con los comercios cerrados (aquí abren más tarde que en los demás países europeos), con una sensación de que los sueños tardan en convertirse en vida real. Y, al mirar hacia el horizonte, pensamos que esos fríos de enero se irán disipando para desembocar en una nueva Cuaresma.
Empezará la novena a Jesús de la Pasión, que es la segunda piedra espiritual que se coloca para acercarnos al tiempo de la penitencia. Empezarán los cultos en San Vicente a Jesús de las Penas. El Nazareno con la cruz a cuestas empieza a cargar el peso del año en Sevilla, siguiendo la estela luminosa que nos dejó el Señor en su basílica de la plaza de San Lorenzo. El año terminó con las Esperanzas de María y con la nostalgia de los villancicos, que nos evocaron el canto de los ausentes, de la Nochebuena que viene y se va. Y entendemos, con T.S. Eliot, que “sólo a través del tiempo se vence al tiempo”. El tiempo ha vuelto a ponerse una túnica morada, con unos bordados que le coserán todas las mañanas de Sevilla, para desembocar en otra Cuaresma, cuando los ocasos que describió Romero Murube nos dejen su vira desde los cielos del Aljarafe y nos digan que ya se acerca el tiempo de Jesús Nazareno, aunque en realidad aquí dura todo el año.
Dicen que la Cuaresma ya se intuye cuando vemos la espalda de Baltasar. O quizás, con tantas procesiones extraordinarias, se empieza a intuir en la tarde del Domingo de Resurrección, cuando el paseíllo en la plaza de toros culmina la consagración de otra primavera. Pero el preludio de la Semana Santa se oye entre los fríos y las lluvias de enero, cuando el estruendo de los fuegos artificiales de Nochevieja forma parte de los recuerdos, y cuando en la función del Señor el arzobispo dice: “Podéis ir en paz”.
Ningún presente existe hasta que no se vive. Ningún futuro deja de ser una promesa, o un sueño por cumplir, hasta que no llega y pasa. Sólo el frío alienta el calor de saber que respiramos en un valle de lágrimas, y que pueden ser de dolor o de alegría, probablemente de esperanza.
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