El pueblo no; el Estado

09 de febrero 2026 - 03:07

El magnífico ejemplo que nos ha dado el pueblo de Adamuz en la tragedia ferroviaria nos certifica que no vivimos en una sociedad deshumanizada aunque a veces los algoritmos de las redes sociales así nos lo muestren. Lamentablemente, hemos tenido esta semana otra prueba de la importancia de la implicación ciudadana, con toda Ronda volcada con Grazalema y muchos vecinos acogiendo a otros que eran desalojados de sus casas, ayudando a sacar animales en peligro o prestándose material de obra para picar las paredes y ayudar al agua a salir.

Pero es mentira eso de que el pueblo salva al pueblo. Quien nos está salvando a todos es el Estado. Así, con mayúsculas. Estado son los voluntarios de las agrupaciones municipales de Protección Civil, los policías municipales (o el único que había hasta ahora en algunos pueblos) y también los militares de la UME que tienen un equipamiento impresionante que pagamos todos con nuestros impuestos.

Porque son los sanitarios los que curaron a los heridos de Adamuz en el momento del accidente y los que siguen haciéndolo con todos los ingresados en alguno de los hospitales. Son los forenses andaluces los que han acelerado todo lo que han podido las autopsias a los fallecidos y los trámites legales para dar garantías jurídicas a sus familias en un trance tan complicado. Y ha sido la Guardia Civil con sus zódiacs quien se ha jugado la vida buscando a la mujer desaparecida en Sayalonga y quien han sacado a los vecinos de las pedanías de Jerez hasta arriba de agua.

Pero no solo ellos. También un buen número de cargos políticos, sí, políticos, de todas las administraciones y partidos que tienen la responsabilidad de gestionar estas situaciones de emergencia; de la Junta pero también del Gobierno central. Que llevan semanas sentados en las mismas mesas y coordinando cómo tienen que trabajar los equipos sobre el terreno. Distribuyendo el trabajo y decidiendo el número exacto de los que tienen que intervenir.

Es su obligación, por supuesto, y los contribuyentes se la pagamos religiosamente, pero también es de recibo agradecerles su trabajo y su implicación. Sobre todo porque ya hemos visto lo que pasa cuando quien tiene el mando no lo usa. O no sabe cómo hacerlo, lo que es peor.

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