La ciudad y los días
Carlos Colón
¿Diálogo con una dictadura fundamentalista?
Tengo un queridísimo amigo enfermo. Es, además, uno de los mejores lectores que conozco. Como una forma indirecta de seguir interesándome por su salud le pregunté si, aprovechando la convalecencia, estaba leyendo mucho. Y él, que no se queja jamás de nada, me dijo que no: que se cansaba y se dormía. Si lo conociesen, entenderían mucho mejor la preocupación que me entró. Aprovecho para pedirles oraciones, si son creyentes, o energía positiva, si no lo son, aunque el artículo vaya de otra cosa. Él añadió enseguida: “Pero a ti te leo, por supuesto”.
Sentí un temor reverencial. No hace falta que estén ustedes graves para que yo tema hacerles perder el tiempo; eso por descontado. Sé que su tiempo es oro y su atención, el nuevo petróleo; y que yo no sería digno de una cosa ni de otra si no me esforzase por devolverles el interés con intereses. El caso de mi amigo sencillamente ha acendrado mi vértigo.
Lo he pensado justo ahora que todo empuja a escribir un artículo sobre Irán. Pero la realidad es que yo de geopolítica sólo sé que no sé nada. Podría decir que me alegraría que hubiese una tiranía filoterrorista y machista menos en el mundo; y que me entristece que haya que derribarla desde fuera y a la fuerza. Hubiese preferido mil veces que los movimientos ciudadanos liderados por tantas mujeres heroicas hubiesen expulsado a los ayatolás. Y no sé más. Recuerdo que, en mis años de universitario, mientras que yo me concentraba en la poesía lírica, Ramón Pérez-Maura subrayaba y coleccionaba todas las noticias de la Guerra del Golfo en gruesas carpetas de recortes de prensa. ¡Hace treinta años! Él sí podrá escribir ahora con conocimiento de causa.
Yo me tengo que conformar con el deseo de que todo salga bien y con cierta envidia de los hombres del medievo, que se enteraban de las noticias con retraso suficiente para saber cómo acabaron las cosas. A toro pasado, todos podemos opinar de lujo.
Por ahora, sumaré mi energía positiva y mi oración por una paz justa, y remitiré a mis lectores a columnistas más autorizados. Ganaré así un tiempo precioso para leerlos, para esperar esperanzado cual campesino medieval y para preocuparme de mi amigo, al que desde aquí mando un saludo y, adosadas, todas las oraciones que, como quien no quiere la cosa, esta columna le haya podido conseguir.
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