¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Y ahora, ‘¡tachán!’, el 23-F
Afinales de año, en diciembre, se conmemorará el centenario de la muerte de Rilke –parece increíble que sólo haya pasado un siglo– y sería buen momento para acercarse de nuevo a una obra que recordamos haber leído a esa edad demasiado temprana en la que ciertos libros no son siempre o del todo entendidos, pero a pesar de ello dejan su rastro y contribuyen a forjar –así fue en nuestro caso– un imaginario que tiene que ver también con la actitud. Más allá de las interpretaciones eruditas, Rilke es el poeta de la música y el misterio y para apreciar eso, el hechizo del canto, no es obligado descifrar el fondo hermético de una parte de su poesía, el complejo sistema de símbolos que la sustenta y su mitología particular, que apenas remite a un repertorio prefijado o lo hace de una manera personalísima. En varios sentidos, como heredero de ese afán –de esa sed– de absoluto que todavía entonces podía enlazar con las aspiraciones románticas, Rilke fue un superviviente del tiempo viejo, que encarnó hasta en sus aspectos más pintorescos. Pero en realidad está claro que habitaba, por su carácter solitario y su famosa incapacidad para la vida, un mundo puramente interior. Dejando aparte sus complejos heredados y su esnobismo aristocratizante, hay en su desarraigo –en su insatisfacción, en su incesante búsqueda– algo parecido a una profesión de extranjería, un exilio que lo es también de la edad desacralizada que le tocó vivir. Definido por Adam Zagajewski, que le dedicó un librito ineludible, como “un elegante signo de interrogación en el margen de la historia”, Rilke es un decidido antimoderno, ajeno a la era de la técnica que condujo al desencantamiento. La idea del poeta como vidente, el culto a la Belleza con mayúscula, la dedicación a la poesía como un oficio sagrado, son y eran ya entonces rasgos de otro tiempo. Desde el escepticismo, la ironía y la desconfianza de las alturas inaccesibles, la modernidad se burla o caricaturiza al artista puro, más si como Rilke combina la abnegación y una cierta indolencia, un genuino deseo de elevación y la costumbre de halagar los oídos de sus protectoras. Su figura, enfermiza y obstinada, resulta de un insólito contraste entre la indigencia y la suntuosidad, el desvalimiento y la fortaleza. El poeta austriaco ha proyectado un influjo muy hondo y a la vez casi secreto, limitado a una tradición cada vez más esotérica. Si en su obra dejó un réquiem anticipado por la civilización europea, su radical inadaptación nos habla de una heroica voluntad de resistencia.
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