Sánchez y las viejas banderas

05 de marzo 2026 - 03:09

Desde los tiempos de la guerra del Vietnam, cuyos estertores coincidieron en España con la descomposición de la dictadura de Franco, la oposición a Estados Unidos ha sido una de las señas de identidad de nuestra izquierda. Un antiamericanismo primario –yanquis no, bases fuera– que ha servido como palanca de propaganda a todos los partidos desde el PSOE –OTAN: de entrada, no– al último grupúsculo de la izquierda más radical. Es una especie de identidad corporativa que se fraguó en tiempos de la guerra fría cuando la Unión Soviética ejercía una especie de patronazgo izquierdista en todo el mundo. Desde Moscú se alentaba ese rechazo a Estados Unidos como un ejercicio básico de eso que ahora se ha dado en llamar la guerra híbrida y que entonces se llamaba agitprop. Derrotado el comunismo en el mundo y asentada la democracia en España, esa oposición a Washington no solo no ha disminuido, sino que se ha convertido en una eficaz arma política para esgrimir en los momentos adecuados.

Pocas operaciones electorales han sido tan bien diseñadas como la del No a la guerra (de Estados Unidos contra Irak) que llevó a la Moncloa a José Luis Rodríguez Zapatero en 2004 en la que se le dio una patada a Aznar y Rajoy y que se completó, tras la matanza del 11 de marzo, con el “nos merecemos un Gobierno que no nos mienta” del inolvidable Alfredo Pérez Rubalcaba.

Pedro Sánchez, que posiblemente no sea el presidente más inteligente de la democracia española, pero sí el más listo, sabe que no puede dejar pasar la oportunidad que le ha puesto por delante Donald Trump. Con la grosería que es marca de la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos demuestra cada vez que tiene ocasión que le ha cogido manía a Sánchez y Sánchez se trabaja a fondo que esa manía crezca hasta el infinito. Alguna crónica de la prensa de Madrid ha contado que el martes por la tarde, cuando Trump se cansó de lanzar exabruptos contra el Gobierno español y amenazó con un embargo comercial, los aplausos se podían escuchar en los despachos más principales de la Moncloa. No cuesta trabajo imaginarlo.

Con el PSOE desarticulado y sus socios en desbandada, Sánchez ha visto el cielo abierto. Volver a levantar la bandera del no a la guerra es una de las pocas cartas que puede jugar con ciertas garantías de éxito. Y si a él le gusta algo es envolverse en las viejas banderas.

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