EN LA RESERVA
José Manuel Serrano
Política de betún de Judea
En la ciudad sin nombre de aquel Albanio que desde su exilio en tierras y tiempos oscuros recordaba cuánto le gustaba “ir al atardecer a la catedral, cuando la gran nave armoniosa, honda y resonante, se adormecía tendidos sus brazos en cruz”, un devoto quiso entrar en otro gran templo, que antiguamente fue el segundo de la ciudad en belleza e importancia, para rezar ante la imagen de su devoción que esos días celebraba sus cultos. Mucho habían cambiado las cosas desde los tiempos de Albanio y para acceder gratuitamente al templo, al igual que sucedía con la catedral, había que identificarse como nativo mostrando el carnet de identidad. Desafortunadamente, lo había olvidado. Tras él, carnet en mano, se hallaba un vecino que lo identificó como natural de la ciudad sin nombre. No sirvió de nada, y tuvo que irse para volver en la única hora en la que se podía entrar gratuitamente sin identificación.
Dos días antes de que esto sucediera, León XIV había celebrado la Epifanía en la Basílica de San Pedro, cerrando tras la ceremonia la Puerta Santa. En su homilía dijo: “Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año Jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad?... Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado… Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros. En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor”.
El ciudadano de la ciudad sin nombre de Albanio en la que Ocnos trenza interminablemente sus juncos para que su asno se los coma, lo recordaba mientras bajaba los escalones del templo en el que no pudo entrar, repitiéndose: “si no reducimos nuestras iglesias a monumentos…”.
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