José Chamorro
Sigue lloviendo
No recordaba un tiempo como este desde hace décadas. Cuando era niño y llovía, los días eran enteros de agua y lo veíamos con total normalidad. Ahora no solo nos resulta extraño, sino que nos volvemos hostiles cuando el tiempo no se ajusta a nuestras necesidades. Todos tenemos una idea de cómo deberían ser las cosas, todos creemos poseer la fórmula exacta, pero no queremos reconocer la única verdad que nos revela la realidad: somos vulnerables y la vida se nos escapa de las manos. La vida es mucho más que nuestra existencia limitada, por más que nos empeñemos en imponerle nuestro criterio o nuestro ritmo.
A pesar de todo, a pesar de nuestros pesares, sigue lloviendo y, sobre todo, lo hace dentro de cada corazón roto por una u otra tragedia. Ya sea la que tenemos cerca, donde vivimos, o la que está al otro lado del mundo y sólo nos llega inoculando temor. Hay personas que no encuentran consuelo para tantas lágrimas como derraman, porque acompañar en los envites duros de la vida se hace complejo cuando uno no ha experimentado nada similar. Pero consolar, colaborar en el alivio que otro necesita, es posible desde la escucha incondicional, el abrazo oportuno, la mirada amable.
Es curiosa la vida tal y como la experimenta el ser humano: parece necesitar de los extremos para abrir los ojos. Precisa de la sed para conocer el valor del agua, del hambre para valorar el alimento, de la fatiga para gustar del descanso… y de la pérdida para estimar la presencia. Pérdidas de todo tipo, incluso de aquello que ignoramos porque la rutina lo arrincona en algún lugar del olvido.
Estaría bien que entregáramos a otros lo que, en las mismas circunstancias, podríamos necesitar. No hacen falta grandes palabras ni exagerados gestos para llenar de bondad nuestro mundo, comenzando siempre por los aledaños de nuestro propio corazón, por aquello que sí podemos atender.
Actuar en lo cercano y concreto es la mejor manera de responsabilizarnos y ser el cambio que anhelamos.
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