Zapatos en una panadería

14 de enero 2026 - 03:07

En Informe Semanal, decano de los programas de Televisión Española, entrevistaban a David Uclés, que se ha ganado el corazón de los lectores con La península de las casas vacías y del jurado del Nadal con La ciudad de las luces muertas. De pronto, con el sesgo de la casa, empiezan a preguntarle por la vivienda, responde que con el dinero del Nadal no tendría ni para empezar. Y cotejan la entrevista con una manifestación en la que aparecen pancartas contra Ayuso; le preguntan al escritor por la sanidad y lógicamente ilustran sus reflexiones con imágenes del hospital de Torrejón, que nunca ha salido tantas veces este topónimo desde la visita de Eisenhower en 1959, y como colofón un repaso a la crisis de los cribados de cáncer de mama en Andalucía. Como es de Úbeda, viva Sierra Mágina.

No creo que nadie se ponga a escribir para tener una buena casa. Sería una forma de ayudar al presidente del Gobierno en su angustiosa cruzada contra la falta de viviendas. Nadie escribe para salir de pobre. Más bien al contrario. El húngaro Sándor Marai, en su deliciosa novela Último día en Budapest, cuenta la historia de Simbad el Marino, alias literario de un escritor de su país que tiene que salir bien temprano de su casa para conseguir dinero con el que pagar un vestido para su hija en la fiesta de la Virgen, la factura de la luz y la manteca y la cebolla que les prestó el tabernero para la cena.

Al antagonismo de Sánchez y Feijóo le han añadido como corolarios el de Motos y Broncano y ahora el de Uclés y Juan del Val, el Nadal y el Planeta. El compromiso social de los escritores es una pamema. En su biografía de Álvaro Cunqueiro, Antonio Rivero Taravillo reproduce la indignación del de Mondoñedo, que se preguntaba “por qué salen por ahí chinches reclamándome a mí la literatura comprometida y todas esas zarandajas. Es como pedir zapatos en una panadería”.

Cunqueiro también ganó el Nadal con la novela Un hombre que se parecía a Orestes. Y compartió la Fiesta del Albariño de Cambados con Carmen Laforet, ganadora del primer Nadal (Nada, 1944) y personaje de la premiada historia de Uclés. Cunqueiro y el marido de Laforet, Manuel Cerezales, fueron directores de El Faro de Vigo. Hice zapping en la tele y ya no sabía si el que estaba en la pantalla era José Mota imitando a David Uclés, si era David Uclés haciendo de José Mota o realmente era un hombre que se parecía a David Uclés que se había comprado una casa vacía con el dinero del Nadal.

“Los escritores son como los galgos”, escribía Sándor Marái, “que sólo corren bien si tienen hambre o son infelices”. El año que nació David Uclés fuimos a entrevistar a su paisano Antonio Muñoz Molina a Granada. Es como su pequeño saltamontes en esta literatura del compromiso. Zapatos en una panadería. En el escaparate de la pastelería Los Ángeles lucen las llamadas alpargatas, dulce de hojaldre relleno de chocolate con el tamaño similar al de un zapato. La realidad imita al arte. Como bien sabía el propio Cunqueiro, hay dos tipos de escritores: los muertos de hambre (los galgos de Márai) y los críticos gastronómicos. Y hay novelistas que además de novelas escriben pancartas.

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