Retrocedamos en el tiempo y acerquémonos a unas puertas donde numerosos reyes juraron los privilegios de Sevilla antes de acceder a ella, centrándonos en algunas entradas principales. Cuenta la tradición que Fernando III y su séquito lo hacen el 22 de diciembre de 1248 por la Puerta de Goles tras la rendición almohade un mes antes y un desalojo casi total que pudo completarse semanas después, mientras que Felipe II la atraviesa el 1 de mayo de 1570 y se conoce desde entonces hasta su demolición como Puerta Real. Una comitiva de Felipe V ingresa en la capital andaluza en febrero de 1729 por la desaparecida Puerta de Triana, manteniendo la corte hasta 1733 en el conocido como Lustro Real hispalense. La Puerta de Macarena ha vivido el paso de diversos cortejos reales a la antigua calle Maestra, llamada Real desde 1533 y San Luis desde 1845: Alfonso XI de Castilla y León la elige en 1327 para su primera entrada a la ciudad; Isabel I de Castilla la traspasa en 1477, tres años después de ser proclamada sucesora de su hermanastro Enrique IV y cuando aún guerreaba con los partidarios de Juana la Beltraneja; Fernando II de Aragón y V de Castilla atraviesa el arco en 1508 acompañado de su segunda esposa, Germana de Foix, cuatro años después de fallecer la reina Isabel; Felipe IV la cruza en 1624 para una corta visita.
Dejamos para el final la rememoranza de la comitiva con mayor expectación popular: la que acompaña a Isabel de Portugal y llega el 3 de marzo de 1526 a la Puerta de Macarena, discurriendo bajo siete arcos triunfales hasta la Catedral y el Alcázar para aguardar al futuro esposo Carlos I, quien ya lo era por poderes. El rey llega por fin el 11 de marzo (Sábado de Pasión) y los siete arcos lo conducen finalmente al Salón de Embajadores para la celebración del matrimonio religioso ese mismo día, horas después de conocerse los cónyuges: “Y dende a pocos días la Cesárea Majestad vino a la dicha cibdad y no menos fue recibido. Y esa noche que llegó se desposó y antes que amaneciese se veló... y así se hicieron muchas fiestas y alegrías” (Francesillo de Zúñiga, bufón imperial). La boda se efectúa en una fecha extraña, en Cuaresma y estando el rey afectado por la muerte de su hermana Isabel, debido a lo cual se celebra en la intimidad del Alcázar y se posterga el comienzo de los festejos nupciales hasta abril. La joven pareja permanece de luna de miel en Sevilla hasta mediados de mayo, saliendo por la Puerta de Carmona hacia Córdoba y Granada. En el próximo mes se cumple el V Centenario de esta fabulosa boda de raíz económica en principio, pues la hermosa contrayente aportaba como dote la elevada cantidad de novecientas mil doblas de oro frente a las trescientas mil que donaba el esposo en concepto de arras, aunque el amor entre los dos primos hermanos surge al instante y se acrecienta hasta la muerte de la reina en un parto a la temprana edad de treinta y cinco años, sin que el desamparado emperador volviera a casarse.