Fueron los años de ocaso del segundo milenio, los de mi descubrimiento personal del novelista Arturo Pérez-Reverte. Una figura a la que hasta entonces sólo valoraba por su faceta de esforzado profesional del periodismo.
En su vertiente de escritor de ficción me introdujo una mujer que estaba tan próxima a mí en lo privado como distante en lo ideológico, simpatizante ella de aquel primer experimento neocomunista llamado Izquierda Unida, mucho antes de la existencia futura de Podemos o Sumar.
No deja de tener su gracia el asunto cuando, desde ese extremo del arco político, hay quienes tratan de atribuir a dicho autor complicidad con el fascismo de hoy, tan mentado como dudosamente real. El detonante, su polémica con David Uclés, artífice –quizás involuntariamente– de un boicot a las jornadas que preparaba en Sevilla junto a Jesús Vigorra, con motivo del nonagésimo aniversario de la Guerra Civil.
De Uclés poco voy a decir, dado mi gran desconocimiento de la trayectoria de este prometedor joven y de su producción aún escasa. Pero sí puedo pronunciarme sobre unas palabras suyas, en contestación a reciente entrevista, mediante las que afirmaba, para sustentar sus discrepancias con Pérez-Reverte, que para él el conflicto fratricida acabó en 1975 y no en 1939.
No precisaba en su respuesta si el hito concreto que a sus ojos determina el cierre de la tragedia colectiva es la muerte de Franco, los fusilamientos previos o la coronación de Juan Carlos I. Sospechando que se refería al primero, cabría oponer que el franquismo sobrevivió a su fundador algún tiempo y que hay acontecimientos posteriores más útiles para certificar su defunción: en 1977 la publicación de la Ley para la Reforma Política y la elección del nuevo parlamento pluripartidista, y en 1978 la aprobación y entrada en vigor de la Constitución. O, incluso adentrándonos en enfoques más subjetivos, podríamos prorrogar su último eco a la intempestiva asonada de 1981, con el asalto de Tejero al Congreso y los tanques recorriendo Valencia de noche.
Puestos a aventurar cronologías alternativas, también a algunos resulta factible anticipar el comienzo de nuestro cruel duelo a garrotazos a octubre de 1934, agosto de 1932 o abril de 1931. Momentos respectivos de la fracasada insurrección de socialistas y separatistas catalanes contra el gobierno de la República, del primer ensayo de reacción armada monárquica y de la propia implantación del régimen a partir del ambiguo balance de unos comicios municipales que no justificaba, en principio, tan brusco cambio de los destinos de una nación.
Pese a tanta creatividad, toda una tradición historiográfica coincide con razón en datar el estallido y final de la Guerra Civil en dos fechas sobradamente conocidas. Por un lado, el 18 de julio de 1936, día en que se extiende a la Península la rebelión, en la víspera, de las fuerzas militares del Protectorado de Marruecos. Y por otro, el 1 de abril de 1939, con la emisión del último parte bélico. Lo demás son inventos.